Lírica española en los Siglos de Oro

Dejo por aquí una presentación con los contenidos y algunos poemas.

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Palabras-clave.- literatura, lírica, poesía, renacimiento, barroco, siglo XVI, siglo XVII, Garcilaso, Fray Luis, San Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora, Lope de Vega.

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La literatura española en los Siglos de Oro: planteamiento general

Dejo a continuación una primera presentación de la literatura española de los Siglos de Oro. En ella puede encontrarse un acercamiento general a la época y algunos textos que ilustran los temas principales.

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Palabras-clave.- literatura, siglos de oro, renacimiento, barroco.

Poesía satírica y burlesca en los Siglos de Oro

los_borrachos_y_un_servidor2Una de las manifestaciones más características de la poesía española de los Siglo de Oro es la que se llena de humor e ironía para criticar costumbres sociales o personas concretas. Si desea leer algunas de estas composiciones, pulse sobre el siguiente enlace:

Palabras clave: Góngora, Quevedo, Lope de Vega, sátira, burla, poesía, lírica, literatura, España, siglo XVI, siglo XVII, Renacimiento, Barroco.

Las ruinas eternas

foro-romanoDe 1558 data el libro que Joachim Du Bellay dedicara a las ruinas de la antigua Roma. Se trata de un conjunto de poemas mediante los cuales el poeta francés pretendía mostrar el efecto del tiempo sobre el poderío y avisar de sus consecuencias. El primer cuarteto del tercer soneto coloca al lector en suerte:

Viajero que buscas a Roma en Roma,
Y nada de Roma en Roma percibes,
Estos viejos palacios, estos viejos arcos que ves,
Y estos viejos muros, es lo que Roma se llama.

(Traducción de Jerónimo Fernández Cuadrado)

En línea con Du Bellay, la moda de la poesía sobre ruinas se extiende a lo largo y ancho de los siglos XVI y XVII en Francia, en Inglaterra y, por supuesto, en esta España nuestra que en breve tiempo se vio precipitar de la hegemonía y grandeza de los primeros Austria a la decadencia del XVII. Recordemos la optimista -y hasta chulesca perspectiva, si me lo permiten- de un Hernando de Acuña, orgulloso caballero del emperador Carlos:

Ya se acerca, señor, o ya es llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.

Ya tan alto principio, en tal jornada,
os muestra el fin de nuestro santo celo
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un Monarca, un Imperio y una Espada.

Ya el orbe de la tierra siente en parte
y espera en todo vuestra monarquía,
conquistada por vos en justa guerra.

Que a quien ha dado Cristo su estandarte,
dará el segundo más dichoso día
en que, vencido el mar, venza la tierra.

Comparemos el sentimiento que subyace en los versos anteriores con la amargura del arranque del famoso soneto de Quevedo:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

O con los tres primeros versos de la “Oda a las ruinas de Itálica“, de Rodrigo Caro:

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.

Los ideales de progreso burgués que llegaron con la Ilustración, la posterior Revolución Industrial y el triunfo del modelo capitalista relegaron el tema de las ruinas en los siguientes siglos. De cuando en cuando afloraba el horror del tiempo proyectado en el destrozo de las construcciones humanas; pero, a menudo, como símbolo de la ruina moral del individuo en un mundo en avance aparentemente constante. En ciertas ocasiones, las recesiones económicas recurrentes obligaban a los poetas a plantarse de cara a la realidad, como pudo ser el caso del Federico García Lorca de Poeta en Nueva York:

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

packardSin embargo, después de los desastres económicos, sociales o bélicos el mundo occidental se reinventaba gracias a un New Deal o un Plan Marshall que pronto hacían olvidar los rigores del devenir temporal. Nadie se acordaba ya de los poetas que habían cantado la decadencia y la quiebra de las estructuras sociales, que habían avisado -como el Du Bellay del siglo XVI- de la inevitable fractura de la gloria humana.

Ahora que nos vemos inmersos de nuevo en una crisis que amenaza el mundo que con tanto esfuerzo y buenos rendimientos económicos ha construido Occidente, los artistas volverán a dejar constancia de la decadencia. Las ruinas del Foro Romano que impactaron a Du Bellay serán sustituidas en estos tiempos por los polígonos industriales abandonados y los mastodónticos y desiertos edificios de oficinas. Los elocuentes ejemplos de la Roma imperial o la ciudad abandonada de Itálica serán reemplazados por espacios más cercanos, como esa orgullosa Detroit, meca del capitalismo y la industrialización en la década de los sesenta, convertida en ciudad fantasma y pesadilla de la modernidad.

Pero -esperemos- la crisis será superada y, como en tantas ocasiones anteriores, olvidaremos los avisos, nos concentraremos en las bonanzas de los indicadores eocnómicos y nos maravillaremos ante el poderío humano capaz de elevar hasta el mismísimo cielo la creatividad hecha de cristal y acero. Bienvenidos a la fiesta.

Nuevas luces en torno a la imitatio: el caso Camoes-Quevedo

El 10 de junio de 1580 moría en Lisboa el poeta Luis Vaz de Camoes. Sus esfuerzos nos dejaron una azarosa vida, una buena colección de versos líricos, la imprescindible narración Os Lusíadas y un misterio. Su existencia ha sido glosada por eminentes biógrafos y su obra analizada con detenimiento por especialistas procedentes de los cuatro puntos cardinales. Sabemos de las dificultades de sus últimos años y del estado de penuria en que vivía en el tiempo en que vio la luz su eterno relato de la hazaña lusitana. La obra lírica del poeta le fue robada en vida y solamente después de su muerte pudieron ver la luz los encendidos versos amatorios que escribiera en noches sin sueño.

Son, precisamente, estos versos los que encierran el mayor misterio que acompaña al poeta portugués. En uno de ellos, Camoes acomete la difícil y tópica tarea de definir la pasión amorosa. No encuentra mejor medio que recurrir al contraste y convertir la técnica en leit motiv que cohesiona el cerrado y escueto molde del soneto.

Amor é fogo que arde sem se ver;
É ferida que dói e não se sente;
É um contentamento descontente
É dor que desatina sem doer;

É um não querer mais que bem querer;
É solitário andar por entre a gente;
É nunca contentar-se de contente;
É cuidar que se ganha em se perder;

É querer estar preso por vontade;
É servir a quem vence, o vencedor;
É ter com quem nos mata lealdade.

Mas como causar pode seu favor
Nos corações humanos amizade,
Se tão contrário a si é o mesmo amor?

Huye Camoes de la sencillez renacentista para iniciar un camino artístico que profundiza en la palabra, en los matices derivados de la yuxtaposición de términos vinculados semántica y morfológicamente. El poeta que había escrito estos versos, sin lugar a dudas había ya abandonado el ideal expresado por Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua. Recordemos la posición del humanista castellano:

El estilo que tengo me es natural y sin afectación ninguna. Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación.

Camoes, ya bien avanzada la segunda mitad del siglo XVI, piensa de manera muy diferente. Para reflejar lo que desea expresar no bastan ya las palabras que le son naturales. Él necesita retorcerlas, aunque sin llegar aún al extremo que la gran poesía del siguiente siglo nos mostrará.

Pero volvamos al contenido del soneto citado, pues en él se esconde la razón de ser de este breve comentario y la clave sobre la que se sustenta el enigma de la imitatio. Decíamos que el lusitano había dedicado el alma de su composición a la definición de lo indefinible, al establecimiento de la verdad del amor. Unos años después, y no lejos de la tierra portuguesa, el madrileño Francisco de Quevedo escribe otra composición que persigue idéntico fin. Recordémosla.

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado;

es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado;

es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

El tema y la intención son los mismos; la redacción de algunos versos, idéntica. Se hace evidente que el poeta español redactó su poema para homenajear al gran Camoes. Sin embargo, al reparar en las fechas vitales de ambos autores puede advertirse un no sé qué que los conecta más allá de lo que la razón afirma.

Decíamos al principio de estas líneas que Camoes murió el 10 de junio de 1580. Tan sólo un par de meses después, el 14 de septiembre, nacía en la villa de Madrid Francisco de Quevedo. Sesenta y cuatro días separan la muerte y el nacimiento de dos de las plumas más preclaras de la vieja Iberia. Nada tienen en común, ni sus intereses ni sus posiciones estéticas o vitales ni sus meras apariencias físicas. Solamente unos versos los conectan, como diría el leguleyo, más allá de la duda razonable. Para pacificar nuestros miedos, la historiografía literaria al uso justifica casos como el reseñado recurriendo al concepto de imitación, de influencia, de homenaje, de plagio, en su posición más extrema. No obstante, yo prefiero pensar que hay algo más allá.

Es muy posible que el lector que haya alcanzado estas líneas se niegue a aceptar la posibilidad que comienzo a sugerir. Sin embargo, ¿por qué no pensar que el Quevedo autor de tan famoso poema no es más que la proyección en el tiempo de un Camoes inmortal? Quevedo, desde este presupuesto alternativo, no sería más que una segunda oportunidad en el continuo vital del escritor lusitano; una vida completamente diferente en la que el poeta maltratado por su propio tiempo intenta disfrutar lo que no pudo vivir. En ese intento por vivir “de otra manera”, acaso resonaran recuerdos de la vida pasada en forma de endecasílabos que renacían a la luz de una lengua diferente -É ferida que dói e não se sente- y de otro tiempo. Yo -perdónenme el atrevimiento y el desvarío- prefiero creer que el Camoes cuyo cuerpo jamás fue encontrado renació dos meses después de su muerte para hacerse Quevedo y seguir componiendo versos divinos. Quizás aún sigue entre nosotros tras una larguísima existencia creadora. Quizás, en estos momentos, en algún rincón del ancho mundo, está sentado ante su ordenador intentando definir una vez más que sea eso del amor.

Amor y economía

No se me enfaden, pero el título de la entrada poco o nada tiene que ver con su contenido. Se trata de una simple y burda trampa para atraer a algún lector en estos tiempos de marejada económica que hace zozobrar cuerpos y almas. El caso es que llevaba ya algún tiempo sin publicar por estos lares, primero por cansancio, después por incapacidad para encontrar un asunto apropiado y en último lugar por el vendaval de la actualidad. Pero hay que romper con las inercias negativas y escribir; no hay que dejarse vencer por la pereza ni por los miedos ni tampoco por la realidad. Así que me vuelvo a los terrenos conocidos y venzo la tentación de opinar sobre rebajas de salarios, ajustes duros, actitudes políticas valientes o cobardes, opciones ideológicas que se niegan a sí mismas, líderes y lideresas, sindicatos y huelgas, bolsillos helados, realidad. Prefiero el deseo.

Y Quevedo me deja una lección inolvidable que no por conocida puedo dejar de citar.

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

El amor, el sentimiento, triunfa sobre la muerte, dice creer el poeta. Poco más se puede decir en relación a la fuerza del deseo sobre la realidad.

En las mismas fechas en que Quevedo afirma categóricamente su vocación de enamorado, John Donne se muestra bastante más pragmático:

Un día entero me has amado.
Mañana, al marchar, ¿qué me dirás?
¿Adelantarás la fecha de algún voto recién hecho?
¿O dirás que ya
no somos los mismos que antes éramos?
¿O que de promesas hechas por temor reverente
del amor y su ira, cualquiera puede abjurar?
¿O que, como por la muerte se disuelven matrimonios verdaderos,
así los contratos de amantes, a imagen de los primeros,
atan sólo hasta que el sueño, imagen de la muerte, los desata?
¿O es que para justificar tus propios fines
por haber procurado falsedad y mudanza, tú
no conoces sino falsedad para llegar a la verdad?
Lunática vana, contra estos subterfugios podría yo
argumentar, ganando, si lo hiciera.
Pero me abstengo,
porque mañana puede que yo así también piense.

El poeta inglés no parece verse a sí mismo viajando al Hades en pos de un sentimiento ideal. Lo suyo es más moderno, de andar por casa, diríamos: mañana, al amanecer me dejarás y yo no podré reprochártelo, porque es posible que esté deseando ya tu partida. Así son las cosas, querida. Todo fue hermoso mientras duró, pero no nos empeñemos en mantener vivo un fuego que agoniza, que sabemos que va a desaparecer y que no podemos hacer nada para contrariar su destino.

Pese a todo, en otros versos, John Donne grita su derecho a amar, aunque solamente sea hasta el alba, aunque solamente sea un amar en presente:

Por Dios, callaos la lengua y dejadme amar,
o burlaos de mi reuma, o de mi gota,
mis cinco pelos blancos o mi arruinada fortuna escarneced,
mejorad con riquezas vuestra situación, vuestra mente con artes,
seguid una carrera, buscaos un puesto, atended a Su Excelencia o Su Alteza,
o el rostro, verdadero o acuñado, del rey
contemplad: aprobad lo que queráis,
con tal que me dejéis amar.

En fin, poemas de amor diferentes de dos poetas coetáneos bien diferentes. Poco que ver entre ellos y menos relación aún entre estos textos y la rabiosa actualidad. Esto es lo que me gusta del blog: se puede escribir sobre cualquier cosa sin someterse al dictado de rabiosas actualidades que no se comprenden y de las que no se tienen datos suficientes para opinar. Supongo que por esa razón están proliferando tanto los blogs periodísticos. Bien, ya me callo.