Denme un clásico, que moveré el mundo

Retrato_de_Fray_Luis_de_LeónComo todos, un día me vi atrapado por la vanguardia y lo moderno. Creía que la ruptura siempre sería posible, que algo nuevo quedaba por escribir, por decir. Ahora, ya en camino hacia la vejez, suelo percibir que quien “modernea” habitualmente repite lo ya dicho, lo ya escrito, lo ya vivido. Porque los seres humanos —creo— estamos cortados por el mismo patrón, vivamos al norte o al sur, en el siglo XXI o en el XIV; porque nos atropellan las mismas pasiones; porque nos vemos expuestos a los mismos elementos.

Ayer, 11 de diciembre, se cumplieron cuatrocientos cuarenta y dos años desde que Fray Luis se reincorporó a su cátedra en Salamanca. Sí, recordad el divino momento en que inició su clase con el “decíamos ayer”, sea cierta la anécdota o no. Leí la efemérides en Twitter gracias a Carlos Mayoral y, al instante, recordé una de las odas que el poeta dedicó a don Pedro Portocarrero:

«No siempre es poderosa,
Carrero, la maldad ni siempre atina
la envidia ponzoñosa,
y la fuerza sin ley que más se empina
al fin la frente inclina;
que quien se opone al cielo,
cuanto más alto sube, viene al suelo.
Testigo es manifiesto
el parto de la Tierra mal osado,
que cuando tuvo puesto
un monte encima de otro y levantado,
al hondo derrocado,
sin esperanza gime
debajo su edificio, que le oprime.
Si ya la niebla fría
al rayo que amanece odiosa ofende,
y contra el claro día
las alas oscurísimas extiende,
no alcanza lo que emprende,
al fin y desaparece,
y el sol puro en el cielo resplandece.
No pudo ser vencida,
ni lo será jamás, ni la llaneza
ni la inocente vida
ni la fe sin error ni la pureza,
por más que la fiereza
del tigre ciña un lado,
y el otro el basilisco emponzoñado.
Por más que se conjuren
el odio y el poder y el falso engaño,
y ciegos de ira apuren
lo propio y lo diverso, ajeno, extraño,
jamás le harán daño;
antes cual fino oro
recobra del crisol nuevo tesoro.
El ánimo constante
armado de verdad mil aceradas,
mil puntas de diamante
embota y enflaquece, y, desplegadas
las fuerzas encerradas,
sobre el opuesto bando
con poderoso pie se ensalza hollando.
Y con cien voces suena
la fama, que a la sierpe, al tigre fiero
vencidos los condena
a daño no jamás perecedero;
y con vuelo ligero
viniendo la Vitoria
corona al vencedor de gozo y gloria.»

Se refiere Fray Luis a la maldad y a la fe inquebrantable en el triunfo de la bondad y la justicia. No hay asunto más actual, me temo, cuando en la coyuntura en que hoy vivimos siguen resonando la fiereza del tigre y la ponzoña del basilisco. Frente al veneno, esperanza; frente al mal —disfrazado o no—, firmeza de ánimo; frente al discurso vil, pureza; frente a los “novios de la muerte”, los esposos de la vida. Otra lección de los clásicos que nos llega a través del túnel del tiempo.

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Lírica española en los Siglos de Oro

Dejo por aquí una presentación con los contenidos y algunos poemas.

Puse sobre la imagen para acceder a la presentación
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Palabras-clave.- literatura, lírica, poesía, renacimiento, barroco, siglo XVI, siglo XVII, Garcilaso, Fray Luis, San Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora, Lope de Vega.

No siempre es poderosa

Soy un antiguo. O quizás es que me he hecho mayor, ¡ay!

Siento que el mundo se derrumba mientras oigo hablar -con optimismo casi indecente- a quienes nos gobiernan, con sus bocas repletas de datos, tendencias, ipecés, variables numéricas que deben corregirse al alza, menores descensos de empleo de los últimos años y todas esas andanadas disparadas contra la línea de flotación de la esperanza. No, las cosas no son lo que parece, hombre; toda va mejor y muy pronto saldremos a flote, porque somos un ejemplo a imitar, porque se hace lo correcto. Quien diga lo contrario es un radical, caramba, un revolucionario encubierto que tan sólo desea que los datos sean negativos para tener una excusa que enarbolar contra la voluntad legitísimamente expresada en las urnas. Basta ya de insidias, miren los datos, ¿es que no los ven?

Y entonces desconecto y, como me hago mayor, no pienso en Celaya ni me siento un ingeniero del verso ni un obrero. Sólo recuerdo las palabras de Fray Luis de León a su amigo Pedro Portocarrero.

No siempre es poderosa,
Carrero, la maldad, ni siempre atina
la envidia ponzoñosa,
y la fuerza sin ley que más se empina
al fin la frente inclina;
que quien se opone al cielo,
cuando más alto sube, viene al suelo.

Testigo es manifiesto
el parto de la Tierra mal osado,
que, cuando tuvo puesto
un monte encima de otro, y levantado,
al hondo derrocado,
sin esperanza gime
debajo su edificio que le oprime.

Si ya la niebla fría
al rayo que amanece odiosa ofende
y contra el claro día
las alas oscurísimas extiende,
no alcanza lo que emprende,
al fin y desaparece,
y el sol puro en el cielo resplandece.

No pudo ser vencida,
ni la será jamás, ni la llaneza
ni la inocente vida
ni la fe sin error ni la pureza,
por más que la fiereza
del Tigre ciña un lado,
y el otro el Basilisco emponzoñado;

por más que se conjuren
el odio y el poder y el falso engaño,
y ciegos de ira apuren
lo propio y lo diverso, ajeno, extraño,
jamás le harán daño;
antes, cual fino oro,
recobra del crisol nuevo tesoro.

El ánimo constante,
armado de verdad, mil aceradas,
mil puntas de diamante
embota y enflaquece y, desplegadas
las fuerzas encerradas,
sobre el opuesto bando
con poderoso pie se ensalza hollando;

y con cien voces suena
la Fama, que a la Sierpe, al Tigre fiero
vencidos los condena
a daño no jamás perecedero;
y, con vuelo ligero
viniendo, la Vitoria
corona al vencedor de gozo y gloria.

Y espero.

Primera parada: Salamanca

Si se sale de Sevilla a buena hora y se toma la Ruta de la Plata en dirección al norte, Salamanca se convierte en un magnífico lugar para comer y descansar del largo viaje. Allí, aunque el sol también calienta lo suyo, la temperatura suele estar algunos grados por debajo de la andaluza y la humedad que abochorna prácticamente desaparece.

La ciudad es relativamente pequeña, pero repleta de turistas y de vida, incluso en las horas más tórridas del más tórrido agosto. Por ese motivo es conveniente no dejar el coche demasiado lejos del centro histórico, si es que se quiere disfrutar de unas horas de descanso antes de emprender de nuevo el viaje. Para tal fin, Salamanca ofrece al viajero suficientes aparcamientos subterráneos. En uno de ellos abandonamos nuestro automóvil y encaminamos los pasos hacia la Plaza Mayor.


La Plaza Mayor de Salamanca es, sin lugar a dudas, una de las más hermosas y elegantes de España. Es una verdadera delicia acceder por una de sus entradas y estrellar la mirada contra la simetría y el equilibrio de sus balcones y arcadas. Nada más que por sentir ese instante de sorpresa merece la pena detener el camino en la llanura charra.

La ciudad ofrece muchos otros lugares de interés, obviamente. Sin embargo nos habíamos detenido solamente a descansar unas horas para renovar fuerzas y continuar el camino que nos conducía a León. Por esta causa nos limitamos a un breve paseo que nos condujo de la Plaza a la Casa de las Conchas, que dialoga en silencio con la iglesia jesuítica de la Clerecía en un sorprendente contraste entre lo civil y lo eclesiástico, entre lo plateresco y lo barroco.

Casa de las Conchas
A pocos pasos de allí, el plateresco estalla en todo su esplendor con la fachada de la Universidad. Como buen filólogo, no puede evitar tomar la foto tantas veces repetida de Fray Luis encaminándose hacia el aula: “Decíamos ayer…”

Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

Dichoso el humilde estado

del sabio que se retira

de aqueste mundo malvado,

y con pobre mesa y casa

en el campo deleitoso

con sólo Dios se compasa

y a solas su vida pasa

ni envidiado ni envidioso.

Después de la experiencia filológica del día, una buena comida, un café y un último recorrido en torno a las dos catedrales para despedirse de Salamanca con la imagen de dos cúpulas y el sonido de la música del Maestro Salinas tal y como Fray Luis la entendió.

Cúpulas de Salamanca

El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena

la música estremada,

por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino

el alma, que en olvido está sumida,

torna a cobrar el tino

y memoria perdida

de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,

en suerte y pensamientos se mejora;

el oro desconoce,

que el vulgo vil adora,

la belleza caduca, engañadora.

Traspasa el aire todo

hasta llegar a la más alta esfera,

y oye allí otro modo

de no perecedera

música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,

aquesta inmensa cítara aplicado,

con movimiento diestro

produce el son sagrado,

con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta

de números concordes, luego envía

consonante respuesta;

y entrambas a porfía

se mezcla una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega

por un mar de dulzura, y finalmente

en él ansí se anega

que ningún accidente

estraño y peregrino oye o siente.

¡Oh, desmayo dichoso!

¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!

¡Durase en tu reposo,

sin ser restituido

jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo,

gloria del apolíneo sacro coro,

amigos a quien amo

sobre todo tesoro;

que todo lo visible es triste lloro.

¡Oh, suene de contino,

Salinas, vuestro son en mis oídos,

por quien al bien divino

despiertan los sentidos

quedando a lo demás amortecidos!

Nos dejamos mucho por ver en Salamanca, pero no había tiempo para más. Esta circunstancia nos obligará, a buen seguro, a volver en un futuro no muy lejano. Allí quedan esperando nuestra visita muchos palacios y plazas, el recuerdo de Unamuno entre sus calles y el puente en el que Lázaro de Tormes comenzó a perder su inocencia.