Elogio del bebedor

No quisiera que se entendiera esta entrada como una alabanza del alcoholismo; pero no puede negarse que a lo largo de la historia el tema del vino ha sido una referencia recurrente que con diversos tonos ha cantado las virtudes del néctar de los dioses. En estos tiempos de lo políticamente correcto parece fuera de lugar recordar que el vino ha sido visto como un refugio, sin duda peligroso, donde el ser humano busca protección ante las agresiones de la fortuna.

Ya en el Libro de los Salmos (Salmo 104: 14-15) chocamos con una de las primeras referencias. El vino es don divino que hace sonreír:

Haces brotar la hierba para el ganado
y las plantas que el hombre cultiva,
para sacar de la tierra el pan
y el vino que alegra el corazón del hombre,
para que él haga brillar su rostro con el aceite
y el pan reconforte su corazón.

El viejo y siempre interesante Anacreonte es mucho más explícito en lo referente a su relación con la bebida:

Habiendo vino no hay penas:
siempre que a mis anchas bebo.
Imagínome que soy
más rico y feliz que Craso.
Corono entonces mis sienes
de verde hiedra, y me creo
orgulloso de mí mismo,
el señor de un vasto imperio.
En tanto que se arman otros
para la guerra, yo bebo,
que es preferible, a mi ver,
caer borracho que muerto.

(Traducción de Vicente Colorado)

Frente a la amenaza del otro y de la codicia, un vaso de buen vino. Así el ser humano puede olvidar su triste condición, como nos dice el estudiante medieval que compuso el poema que figura en el Carmina Burana:

La actitud de Anacreonte y de los goliardos es similar a la que muestra Luis de Góngora algunos siglos después:

Ande yo caliente,
y ríase la gente.

Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañana de invierno
naranjada y aguardiente,

y ríase la gente.

Todos estos poemas están teñidos de ironía y sentido del humor; nos hablan del derecho del individuo a ser feliz y del derecho a renunciar a aquello que otros consideran positivo por sí mismo. El vino es símbolo en estos textos de la aspiración del individuo a encontrar la auténtica felicidad.

A finales del pasado siglo XX, sin embargo, podemos encontrar ejemplos de un punto de vista bien diferente. El norteamericano Charle Bukowski también aprovecha el motivo de la bebida para expresar su visión del mundo. En él, no obstante, no hay ya visión humorística, sino una sombra de amargura que le lleva a afirmar que el alcohol es la única salida. No nos encontramos ante el sonriente bebedor feliz, sino ante el alcohólico amargado. El vino no es una opción, sino la única opción. Los tiempos cambian, qué duda cabe.

No hay nada que
discutir
no hay nada que
recordar
no hay nada que
olvidar
es triste
y
no es
triste
parece que la
cosa más
sensata
que una persona puede
hacer
es
estar sentada
con una copa en la
mano.

(Traducción de Rafael Díaz Borbón)

El bebedor clásico cae bien, es simpático y divertido. A veces, hasta se convierte en el alma de la fiesta y nadie percibe el oscuro río de amargura que le lleva a empuñar la copa una y otra vez, como si de un arma de asalto se tratase. El alcohólico contemporáneo es triste y molesto, silencioso, solitario. Contemplarlo nos hace sentir culpables, porque en su fracaso, quizás, veamos reflejado el desconcierto de un mundo que entre todos hemos construído.

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Un poema es una ciudad

Casi toda mi vida he intentado huir del sevillanismo, pero con estos cuarenta y demasiados años que me alumbran ya no puedo luchar más contra mi naturaleza. Nací en esta ciudad, en ella he vivido, a ella maldigo y de ella disfruto. El folklorismo barato de túnicas nazarenas y mujeres aflamencadas me horroriza y me atrae a la vez, quizás por una simple cuestión estacional. Se me antoja Sevilla compleja y completa, como todas las ciudades, supongo. Purista y rompedora, conservadora y progresista, incoherente, viva, predecible y misteriosa cuando quiere, literaria.

A Sevilla -a mi relación con ella- quiero dedicar una sección de esta bitácora. No puedo imaginar lo que dará de sí. Es probable que malviva con algunas entradas desperdigadas en el tiempo, pero también me gustaría pensar que me servirá para escribir sobre cuestiones que llevo años pensando abordar y que la desidia, la vergüenza y las urgencias han obligado a postergar. No puedo ni debo prometer nada, porque al fin y al cabo esto es un blog, se hace en presente y no soporta bien los proyectos. Ya veremos.

La primera entrada de la sección quiero que vaya acompañada de un poema de Charles Bukowski que hoy pienso que responde a mis intenciones, pero que -aviso- puede no guardar relación con el devenir futuro, si es que lo hay.

Un Poema es una Ciudad

Un poema es una ciudad llena de calles y cloacas,
llena de santos, héroes, pordioseros, locos,
llena de banalidad y embriaguez,
llena de lluvia y truenos y periodos
de ahogo, un poema es una ciudad en guerra,
un poema es una ciudad preguntando por qué a un reloj,
un poema es una ciudad ardiendo,
un poema es una ciudad bajo las armas
sus barberías llenas de borrachos cínicos,
un poema es una ciudad donde Dios cabalga desnudo
por las calles como Lady Godiva,
donde los perros ladran en la noche y persiguen
la bandera; un poema es una ciudad de poetas,
muchos de ellos muy similares
y envidiosos y amargados…
un poema es esta ciudad ahora,
a 50 millas de ninguna parte
a las 9:09 de la mañana,
el sabor a licor y cigarrillos,
sin policía, sin amantes, caminando en las calles,
este poema, esta ciudad, cerrando sus puertas,
fortificada, casi vacía,
enlutada sin lágrimas, envejecida sin pena,
las montañas rocosas,
el océano como una llama de lavanda,
una luna carente de grandeza,
una leve música de ventanas rotas…

Un poema es una ciudad, un poema es una nación,
un poema es el mundo…
Y ahora pongo esto bajo el cristal
para el loco escrutinio del editor
y la noche está en cualquier lado
y lánguidas damas grises se alinean
el perro sigue al perro al estuario
las trompetas anuncian los patíbulos
mientras los hombrecillos deliran sobre cosas
que no pueden hacer.

Traducción de Guillermo Vega Zaragoza.
Fuente: Sergi Puertas: La página de Charles Bukowski.