La ceguera

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Mientras sucedía nadie fue capaz de imaginar que era el principio del fin. Enviamos a nuestros mejores hombres al frente, donde morían, quedaban mutilados o, simplemente, desaparecían. Los pueblos de la retaguardia quedaron en manos de mujeres que, ante la urgencia de la ocasión, crecieron en fortaleza; pero también de un residuo de varones incapacitados por la edad, las taras físicas y la pobreza de espíritu. Tan sólo fue cuestión de tiempo que el enemigo soplase sobre la llanura para que la frágil estructura de nuestra civilización se derrumbase. Quizás una inyección de sangre nueva hubiera fortalecido el organismo para resistir el viento devastador; no obstante, la venda con la que nos cegábamos nos impidió ver la realidad del destino.

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El signo de las luces

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“La modernidad no siempre ha traído experiencias agradables y satisfactorias. Tal es así que, en ocasiones, la pertinencia de ciertos avances es tan cuestionable que la mente reflexiva no puede evitar plantearse su razón de ser profunda”. Así pensaba el despiadado ogro al verse cegado por el fulgor blanquecino de los neones que iluminaban la escuela. Sentía nostalgia de aquellos otros tiempos en los que podía dedicarse al rapto de criaturas bajo la cálida luz incandescente de los filamentos de tungsteno.

A Delio, otra vez

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Te mentí, mi querido Delio.

Hace ya siglos que te escribí avisándote de la certeza de la muerte y de la necesidad de huir de los extremos. ¿Recuerdas las palabras con que daba comienzo a mi carta?

Acuérdate de conservar una mente tranquila
en la adversidad, y en la buena fortuna
abstente de una alegría ostentosa,
Delio, pues tienes que morir,
y ello aunque hayas vivido triste en todo momento
o aunque, tumbado en retirada hierba,
los días de fiesta, hayas disfrutado
de las mejores cosechas de Falerno.

Ahora, tanto tiempo después, he de reconocerte que nunca desaparecemos del todo, sino que dejamos tras nuestros pasos un rastro imborrable. El sobrio Manrique, aquel castellano frío, ya me hizo dudar con el dudoso consuelo de la memoria; pero mi gran error fue no atender a la clarividencia del divino Ronsard al hablarle a Helena como sólo él era capaz de hacerlo:

Cuando seas anciana, de noche, junto a la vela
hilando y devanando, sentada junto al fuego,
dirás maravillada, mientras cantas mis versos:
«Ronsard me celebraba, cuando yo era hermosa».

¿Por qué no comprendí entonces que somos esclavos de nuestras palabras, que éstas nos hacen eternos? ¿Por qué no entendí que escribir es pactar con el diablo de la eternidad? ¡Ay, Delio, perdona a quien quiso aconsejarte vivir una existencia moderada para alcanzar así una muerte digna! No hay muerte, amigo mío, para quienes cometimos el error de empeñar nuestros esfuerzos en la palabra escrita. Es verdad que, en ocasiones, nos convertimos en sombra y ceniza, nuestros nombres se olvidan y el eco de nuestros versos se diluye en el viento; sin embargo, por mor de no sé qué maldición perversa, una coyuntura diabólica nos hace renacer del lodo, cual ave fénix, para arrojarnos una y otra vez contra el horror obsceno del uso ignorante de nuestras palabras.

Delio, tu miserable amigo Horacio sufre hoy cruel muerte en vida o vida en muerte, según lo mires. En los albores de este nuevo siglo me veo resucitado y mancillado y convertido en bandera que enarbolan salvajes huestes. Legiones de individuos acometen estúpidas, maléficas o inanes acciones mientras sus labios expulsan el brutal grito de YOLO. You only live once, dicen creyendo comprenderme.

Salve atque valete.

Cesarismo

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Émulo del divino Julio, el microcuentista llegó, vio y venció su pasión por las palabras. El Rubicón -gracias a los dioses- se había convertido en esta ocasión en una frontera infranqueable.

Del viaje temporal como actitud

Viajar en el tiempo, como concepto, es guay. El problema llega con el medio. Existen -todos lo sabemos- las máquinas de diferentes pelajes, formas y colores; sin embargo, es inevitable que en algún momento un fallo de diseño o funcionamiento arroje al viajero precisamente a esa época apestosa en la que jamás hubiera puesto los pies de otra manera. Qué duda cabe que pueden escogerse otras posibilidades: los túneles y galerías subterráneas que recorren los siglos, el tiempo plegado, los objetos mágicos que transportan a lugares inverosímiles o el desplazamiento mental, entre otros. Pero todos los sistemas, y digo todos, plantean problemas, encuentros inesperados, sorpresas desagradables, sinsabores. Mi experiencia me dicta que lo más inteligente es aferrarse al presente y no desfallecer, viviendo así en un pasado permanente que cada vez se alejará más de los presentes cambiantes de quienes nos rodean. En sentido estricto, no es un verdadero viaje, aunque a la larga la impresión y el efecto que produce puede llegar a ser equivalente. Por supuesto se debe estar dispuesto a asumir las sonrisas, primero, y la estupefacción, después, que nuestro vestuario causará en las personas con las que convivamos. El envejecimiento ajeno y nuestra eterna juventud también son aspectos a tener en cuenta. Hay quien llama inmortalidad a esta forma de viaje; no obstante, creo que se trata de una confusión lamentablemente muy extendida.

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Oportunidad única

¡Aproveche el momento!

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Escena familiar

Mi mamá me dice que soy un niño terrible y no sé por qué. Yo sólo abro mucho los ojos y los clavo en los de otras personas; pero, al parecer, eso provoca que se vean reflejadas en ellos y se comprendan mejor. Yo creo que eso es bueno, aunque mamá piensa que nadie debe obligar a otro a entenderse a sí mismo. Papá suele callar cuando hablamos de estas cosas, porque está muy ocupado con sus maderas y no tiene tiempo para tonterías. Mamá se enfada un poco con la actitud de papá y le dice que ella tiene que llevar todo el peso y que no colabora y que la gente del pueblo terminará por hacernos emigrar otra vez. Cuando la conversación se pone ya insoportable, papá deja de cepillar la madera, me coge de la mano y me lleva a dar un paseo. Así, mamá puede descansar un poco de mí y pensar en sus cosas, que buena falta le hace su poquito de intimidad, como dice el bueno de mi papá. Me gusta que este paseo con papá sea al caer la tarde, porque solemos salir del pueblo y vemos cómo los últimos rayos de sol bañan de luz rojiza las casas de Nazaret.

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Un buen empleo

La necesidad le lleva a escrutar cada día las ofertas de empleo. Sabe que poco cabe esperar de ellas: trabajo a comisión, organizaciones piramidales, puestos de baja cualificación, propuestas de inversión en proyectos empresariales de gran futuro y escaso presente. Pero el tiempo pasa y el fin del subsidio se acerca. “Se necesita víctima propiciatoria”, lee en un recuadro del periódico. Esa misma mañana asiste a una entrevista, estudia a fondo las condiciones del contrato y se compromete a asistir a una reunión de contacto por la noche. Al amanecer sus preocupaciones han terminado. Curiosamente, después de meses de pertinaz sequía, una fina y persistente lluvia acaricia los campos de labor durante varias jornadas salvando así la cosecha. Los meteorólogos no son capaces de explicar el fenómeno, pues nada encuentran en los modelos con que trabajan que pueda justificarlo.

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Mensaje en una botella

“Walked out this morning,
don’t believe what I saw:
a hundred billion bottles
washed up on the shore.
Seems I’m not alone at being alone.”

The Police (1979)

El náufrago bajaba cada mañana a la playa para otear el horizonte en espera de una vela, recoger moluscos y tomar el sol antes de los rigores del mediodía. Le crispaba que, día sí y día no, llegaran hasta sus pies botellas con mensajes que sólo hablaban de soledad, de frustración y del deseo de regreso. Sin embargo, no hace mucho, encontró una botella especial que contenía una mujer chiquita en su interior. La llamó “Viernes”, por la diosa, y no se le ocurrió preguntarle cómo había llegado hasta allí.

 

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Negociación sectorial

“En aquel tiempo, se alzará Miguel, el gran Príncipe,
que está de pie junto a los hijos de tu pueblo.”

Libro de Daniel

No, si como idea vertebradora me parece enriquecedor eso de la igualdad entre todas las criaturas. No obstante, si se me permite, preferiría ser yo quien custodiase la trompeta y la espada flamígera para cuando sea menester. Llamadme suspicaz, si queréis.
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