Florilegio de ocultos ingenios

El pasado curso puse a mis alumnos y alumnas a escribir biografías. Para evitar la tentación del plagio me pareció buena idea que las semblanzas no fueran de autores reales, sino de seres ficticios, de “entes posibles”. El resultado fue un buen número de textos de los que seleccioné unos pocos para componer un humilde volumen. Ahora lo comparto con el ruego de que sean ustedes benevolentes, pues se trata de chicos y chicas de catorce y quince años que se enfrentaban por primera vez a una tarea similar.

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Al ver el trabajo de los alumnos me vine un poco arriba y redacté tres parrafillos introductorios en los que pretendí reflejar ese bonito juego barroco de lo real y lo ficticio. No sé si lo conseguí. Juzguen ustedes.

No se engañe quien se acerque pensando que sea verdad lo que no es más que mixtificación; mas tampoco tranquilice su conciencia aquel que juzgare falso lo que bien pudiere contener trazas de realidad. Pues en toda certeza cabe la mentira; al igual que en toda falsedad, por muy alocada que pareciere, se esconden semillas de verdad.

Podría pensarse que los escritores cuyas vidas y obras se recorren en las siguientes páginas son fruto de la imaginación desbordada; sin embargo, no es posible afirmarlo de manera tan categórica si se atiende a las biografías referidas y las obras reseñadas. En todas y cada una de ellas se apuntan razones convenientes que bien podrían haberse dado; en todas y cada una de ellas asoma con coherencia la posibilidad de ser. Porque, en ocasiones, el ser no es más que el fruto de la voluntad; y la voluntad, queridos lectores, sumada a la constancia y a la capacidad son las armas más poderosas con que la humanidad se ha enfrentado al gigante del tiempo.

Los responsables de las semblanzas de estos autores han querido que fuesen y, por tanto, son. Cabría aducir que los hombres y mujeres cuyas trayectorias literarias son abordadas en este librito solamente viven en los estrechos límites de sus páginas y nadie tendría fuerza suficiente para negarlo; no obstante, piénsese en cuánto darían todos aquellos personajes alguna vez imaginados y nunca escritos por encontrarse en la situación de los que aquí habitan. Reconozcamos, en consecuencia, el mérito de existir a quienes aquí están y démosles carta de naturaleza a unas vidas que, si bien quizá nunca fueron, ciertamente ahora lo son.

Los cuatro magníficos (y 49 historias más)

He estado organizando un poco las estanterías de este almacén que tengo tan abandonado. Primer resultado: un librito de relatos brevísimos escritos en los últimos años y que he ido publicando en el blog. Por aquí lo dejo.

Los cuatro magníficos (y 49 historias más)
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Verano de 1843

De Historias fingidas,
obra original en prosa escrita por el agente de aduanas
José Simón González de la Serra y Villa
en la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla.

Nota del editor

No se conoce la fecha exacta en que González de la Serra (1819-1902) compuso los textos que conforman sus Historias fingidas, aunque todo apunta a que fueron escritos a lo largo de su vida, a modo de reflexión sobre algún episodio vivido o como medio para combatir las nubes de la memoria que, según indican los testimonios de quienes lo conocieron, empañaron sus últimos años de existencia. Sea como fuere, lo cierto es que cada una de las breves narraciones incorporadas en la obra debió ser escrita en épocas diferentes, si nos dejamos llevar por la distinta naturaleza de las mismas y las peculiaridades del lenguaje y modalidad formal que presentan.

En el caso concreto del texto que nos ocupa, todo apunta a que la redacción pudo realizarse en los primeros meses de 1897. La razón de fechar tan concretamente el texto no deriva del contenido abordado, sino de la presencia entre las páginas de un recorte del Noticiero Sevillano del viernes 8 de enero de 1827 donde se da cuenta de los efectos del temporal que azotó la ciudad en esos días y en el que se encuentra rodeado con trazo de tinta apresurado una nota sobre la inundación en la Puerta de Carmona y la referencia «El lugar donde cayó Vicente. ¡Cuánto tiempo ya!». Es de creer que el impacto de la riada en un hombre senil despertase los mecanismos de la memoria y deseara recomponer un episodio olvidado de su existencia.

Por otra parte, se reproduce este relato sobre los acontecimientos de 1843 porque pueden observarse en él importantes diferencias con el tono general de la obra. La primera que salta a la vista es que el autor ha renunciado al uso del habitual narrador en tercera persona al que nos tiene acostumbrado. En esta ocasión, la narración se realiza en primerísima persona, pues el yo presente no se sitúa como mero testigo de los hechos, sino como partícipe de ellos, aunque en un discreto segundo plano que, en ocasiones, pasa a ocupar mayor protagonismo. Resulta curiosa, también, la presencia de un receptor implícito en el relato, un personaje silente e incorpóreo a quien se dirige la narración y del que esperamos una intervención en algún momento que nunca llega a producirse. Este esquema narrativo nunca había sido empleado por González de la Serra y resulta bastante moderno, si se tiene en cuenta la fecha en que probablemente se redactó la historia. La narrativa del siglo XX nos ofrece abundantes ejemplos del procedimiento —recordemos, sin ir más lejos, el espléndido relato «Acuérdate», del mexicano Juan Rulfo—; pero a fines del XIX era un uso aún lejano en nuestras letras y el lector fiel al contexto creativo no puede sino esperar la irrupción de quien escucha tan larga perorata.

La segunda «rareza» que hace destacar la historia de Vicente, el talabartero, es, precisamente, la ausencia de «rareza». Las restantes narraciones de Historias fingidas incorporan siempre un elemento sobrenatural o fantástico, algo que no es explicable desde los presupuestos realistas. No obstante, nada hay en «Verano de 1843» que no pueda ser justificable. Sí falta información, claro está; pero el lector puede aventurar una o varias hipótesis verosímiles que hagan razonable el comportamiento de los actores del relato.

Salvando las peculiaridades indicadas, el relato que se presenta a continuación responde a las líneas dominantes de Historias fingidas. Figuran en la historia el habitual trazado urbano de la ciudad del ochocientos —en esta ocasión circunscrito a las zonas norte y este de la ciudad de entonces—, así como un marco histórico de los acontecimientos que responde verazmente a unos hechos comprobables: el bombardeo de Sevilla de julio de 1843 llevado a cabo por Antonio Van Halen Garci y Baldomero Espartero. El autor renuncia, como en otros relatos, a profundizar en el hecho histórico, empleado solamente como encuadre del comportamiento y la vida de los personajes, para centrarse en el recorrido vital del protagonista, que es ofrecido de manera sucinta y con notable escasez de datos biográficos y físicos.

Probablemente no sea «Verano de 1843» uno de los relatos mejor acabados de la obra, aunque a nuestro juicio presenta el interés de ocuparse de algunos de los seres corrientes que conformaban la caleidoscópica sociedad sevillana de mediados del siglo XIX, sometida no sólo al fuego de la artillería, sino también a la obsesión por ascender socialmente desde la nada.

JMGS

Defensa_de_la_barricada_de_la_calle_Sevilla_(Segunda_parte_de_la_Guerra_Civil._Anales_desde_1843_hasta_el_fallecimiento_de_don_Alfonso_XII)

Verano de 1843

No sé si te acuerdas del talabartero de aquí mismo, de la Feria. Sí, hombre, que tenía la tienda un poco más allá de la quincallería del asturiano. Era un hombre corto de estatura y arrastraba un poco la pierna izquierda. Por eso se libró de entrar en quintas y pudo continuar ayudando en los coloniales del padre. Tienes que recordarlo, hombre, que no ha pasado tanto tiempo. La mujer era una morena guapa, algo entrada en carnes, que se paseaba arriba y abajo de la calle envuelta en un pañolón largo hasta la rabadilla. Cargaba siempre con dos chiquillos, uno sucio y harapiento, y otro pequeño y llorón que le duró poco, lo que quisieron unas malas fiebres que le entraron por derecho. ¡Ay, el talabartero! Desde zagal lo conocía. Corríamos como diablos por los alrededores del mercado, inventando mil trapacerías en una competición secreta. Un día, el muy canalla se coló en el convento del Espíritu Santo, no me preguntes cómo, y arrambló con un saco repleto de magdalenas, rosquillas de vino, buñuelos de azúcar, pan de leche y qué sé yo más. Pero lo mejor fue el hábito completo con que se presentó ante nosotros y que las pobres monjas habían puesto a secar en el patio trasero. Imagino los gritos que darían las urracas cuando lo vieron trepar por la tapia, con el saco de viandas terciado en la espalda y el ropón de monja colgado del brazo. Debieron reconocerlo, porque al llegar a casa esa noche el padre lo recibió a correazos, me dijo. Lo menos veinte le propinó, los suficientes para sacarle a tiras el pellejo de la espalda y tenerlo en cama casi una semana. Después de aquello ya no volvió a ser el mismo. Cuando lo veíamos por la calle abreviaba el paso y hundía la cabeza entre los hombros. En ocasiones conseguíamos cercarlo en una esquina apartada de San Basilio o en la trasera de Omnium Sanctorum, donde ni su padre ni gente conocida pudiera vernos, y le preguntábamos por el hábito robado, por su ausencia, por su extraño comportamiento. Nos miraba entonces con tristeza y decía tener prisa, porque lo esperaban en el puesto del mercado o tenía que llevar mantequilla a una casa respetable de la calle Arguijo. Continuaba su camino mientras le gritábamos picardías e improperios. Pronto comprendimos que lo mismo que a él le sucedía nos había de acontecer a todos. Ya no éramos unos niños corretones criados al amor de la calle y los padres comenzaron a reclamarnos más y más. Había que echar una mano a la familia y labrarse un futuro. Yo tuve suerte, puesto que por intercesión de un conocido de mi padre pude entrar al servicio del notario González de Andía, el de la plaza de San Juan de la Palma. Otros compañeros de aventuras, en cambio, hubieron de conformarse con labores de carga en el mercado y volvían a casa sucios de sangre de cerdo, malolientes, con los ojos empañados por la rabia. El talabartero del que te hablo, Vicente Herrera se llamaba, al menos tuvo la suerte de deslomarse por lo que ya era suyo, en vez de trabajar como un animal hasta el momento de servir a la patria. Ni Vicente ni yo tuvimos que pasar por el regimiento: él gracias a su cojera; yo por la fortuna de estar empleado con un hombre de bien que arregló no sé qué papeles para dejarme libre de cargas militares. Así que pudimos continuar con nuestras vidas. Vicente se había casado por aquel tiempo y la mujer estaba a preñada de su primer hijo. Vamos, como para que hubiera tenido el pobre que incorporarse a la infantería y lo hubieran enviado a Ceuta a que le pegaran tiros los de las cabilas. Cierto es que alguien tenía que ir; pero la ciudad estaba llena de muchachos sin oficio ni beneficio deseosos de construirse un futuro. ¡Qué locura la juventud! En esos años el talabartero hablaba mucho de política. ¿No te acuerdas del verano del 43? Claro, hombre de Dios, cuando la revuelta contra Espartero. Ahora que ya peinamos canas vemos aquello como una estafa más de las muchas que hemos sufridos los españoles; no obstante, al calor de los acontecimientos realmente creíamos que los liberales y la reina niña iban a sacarnos de la miseria económica y moral en que nos enfangábamos. Muchos fuimos a vitorear la Constitución el 11 de junio y algunos cayeron bajo los cascos de los caballos. Mi notario estuvo desde el principio del lado del consistorio, participando —y yo con él— en las tareas de defensa de la ciudad, porque nadie dudaba de que Espartero no toleraría que Sevilla se le enfrentase y aplicaría contra la capital la misma receta empleada contra Barcelona el año anterior. Durante el tiempo que duró la revuelta charlé a menudo con Vicente. Ambos teníamos miedo del curso que tomaban los acontecimientos, sobre todo desde el momento en que nos enteramos de la llegada de Van Halen a Alcalá a principios de julio. Teníamos mucho, muchísimo, que perder: una familia casi recién estrenada, en su caso; un trabajo que me había permitido estudiar leyes y establecer un círculo de amistades prometedoras, en el mío. Ya no éramos niños ni jóvenes; sino ciudadanos honrados que habían logrado sepultar sus orígenes quincalleros, de mozos de cuerda, artesanos de manos sucias y mujerucas que cantan sus penas de un balcón a otro de la calle Feria. La apuesta liberal y los derechos conculcados de la reina nos enardecían, qué duda cabe; aunque no tanto como para poner en riesgo las bendiciones del destino. Ese fue el motivo de que en los primeros días de julio, cuando la cosa se puso realmente fea, Vicente y yo dejásemos de asistir a reuniones subversivas y pasásemos de puntillas por lo corros que surgían espontáneamente en plena calle. Pero no era posible mantenerse al margen por completo. El 17 de julio, recuerdo que bebíamos vino en un tascón de la judería cuando se empezaron a escuchar vítores y estallido de salvas. Nos acercamos junto con otros parroquianos hasta la misma Puerta de Carmona, por donde desfilaba la columna del brigadier Moriones que al día siguiente combatiría bravamente en la Cruz del Campo contra la caballería de Van Halen. No sé si fue el vino o la exaltación revolucionaria, pero Vicente y yo participamos esa jornada en las tareas de defensa arrimando sacos terreros para proteger las naves de San Bernardo y la fábrica de cañones. Ya no vi a mi amigo el talabartero hasta seis días después, tumbado cara al cielo, en la calle San Esteban, con las piernas cortadas por una maldita bala rasa y el resto del cuerpo destrozado por esquirlas de metralla y lascas de ladrillo. No tenía rostro, el pobre Vicente, porque un balcón herido por un obús había caído sobre su cabeza. Según informaron los testigos del hecho, ya estaba muerto al ser sepultado por los escombros. ¿Te preguntarás cómo supe de su muerte en el maremagnum de aquel día? Lo cierto es que fue algo extraño. Poco antes de encontrarme con su cadáver, la esposa se había presentado en el gabinete del notario para solicitar mi ayuda: «Yo sé que usted tiene mano. Mi Vicente me tenía dicho que si alguna vez le ocurría algo que lo buscase a usted, porque eran conocidos de la infancia». Así me enteré de su muerte, pero no me preguntes cómo lo hizo la esposa. Al caer la tarde acompañé a la viuda hasta la Puerta de Carmona, pasamos el cordón de seguridad de las milicias gracias a una esquela que me entregó González de Andía y accedimos a la embocadura de la calle donde hacía varias horas que el bueno del talabartero dormía el sueño de los justos. Se oía el ruido sordo de los impactos de los obuses, gritos histéricos, maldiciones, llantos. Apremiados por un cabo de carabineros, cargamos el cuerpo del desdichado en un carro y nos alejamos de la línea de bombardeo. La mujer no derramó una lágrima y solamente repetía una y otra vez que le había pedido que no saliera hoy de casa. Vicente murió como uno más de los cientos que cayeron aquella tarde de julio del 43, verdaderos héroes que hicieron posible el destierro de Espartero; aunque de poco sirvió, que ya sabemos cómo el personaje no ha dejado de ser santo y seña de este país nuestro, pese a bombardearlo y masacrarlo a voluntad. El caso es que te cuento toda esta historia porque hará una semana se presentó Vicente Herrera en mi despacho. Sí, el mismo talabartero que di por muerto en julio de 1843. Venía acompañado de una mujer negra, grande, y de tres críos del color del chocolate que parloteaban sin parar en una lengua rítmica capaz de alegrar la más triste de las conversaciones. Aunque estaba viejo, como yo mismo me veo cada mañana en el espejo, con el rostro surcado de arrugas, no me cupo la menor duda de quién era. Así lo atestigüé en el documento que me solicitaba para hacer valer sus derechos de herencia. No quiso el hombre contarme su historia ni falta que hacía, pues los signos visibles dejaban bien a las claras lo vivido. Sin embargo, he de reconocer que me reconcome el deseo de conocer las razones por las que desapareció sin más en 1843, por las que abandonó a mujer e hijos para lanzarse a la aventura caribeña. No soy chismoso y me niego a adentrarme en vidas ajenas, sobre todo cuando nada ha de cambiar por conocer las motivaciones que llevan a los seres humanos a dar un giro brutal a sus existencias. Tan sólo me dijo que había vuelto por lo que era suyo, ahora que el malhombre de su padre yacía enterrado y que Florentina, su hermana pequeña, había profesado en el convento de Santa Inés. Ni una palabra escuché sobre la esposa que había recogido el cuerpo de Dios sabe quién aquella tarde de julio de 1843. ¿Sabes lo que te digo? Que me alegro de no saber, amigo. Mejor es no revolver demasiado las cosas de otro tiempo.

Chico rayo, chico listo

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Era rápido el tío. Con catorce años ya había escrito sobre golondrinas que volvían a colgar nidos de los balcones, las muy pesadas; con quince recién cumplidos la pasión era tan insoportable, que no le quedó más remedio que compararse con los Leandro y Werther que pueblan los universos adolescentes. Pronto, sin embargo, el golpe de la historia le abrió los ojos lo suficiente como para escribir el epitafio de su infancia —un poco tarde, quizá— y abrir la puerta a los vientos del pueblo. Corrían años propicios y acababa de leer el primer poema de los Cantos de vida y esperanza de Rubén al tiempo que escuchaba una y otra vez el «A galopar» de Paco Ibáñez. Extrañas mezclas, o no tanto.

Sí, era tan rápido, que apenas podía reparar en las miradas que le lanzábamos desde nuestros pupitres, entre montañas de ecuaciones y abstrusos párrafos en los que la existencia de Dios quedaba perfectamente demostrada por vía racional. Con dieciséis ya estaba de vuelta de casi todo. Etapa otoñal, la llamaba. Después estudió Derecho, creo. Por lo que he podido leer en su timeline, sé que hace poco pontificaba sobre pragmatismo. Ayer mismo —qué casualidad— lo encontré en la calle y me llamó naïf y buenista. Otra etapa, supongo.

Las fiestas

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Mamá me advirtió que habría mucho ruido durante las fiestas; pero que no debía tener miedo, porque los vecinos eran muy escandalosos, sí, aunque no eran malos y no querían causarnos daño, tan sólo divertirse, a su manera, con esos petardos tan gordos que se escuchan en la madrugada o con las bengalas gigantes que iluminan la noche como si ya hubiera amanecido o con las bombas de peste que huelen a diablo, pero no son malas para el pecho y se puede respirar sin que exista riesgo alguno. Las fiestas del verano son así, hijo mío, me decía mi mamá, la gente deja escapar todo el aburrimiento del año en unos pocos días y exagera para divertirse. Sin embargo, aunque yo deba creer siempre lo que mi mamá me dice, me cuesta trabajo hacerlo cuando al despertarme veo la nube de polvo y escucho el llanto de otros niños rasgar el amanecer.

Renta antigua

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Casi todos piensan que los inquilinos de renta antigua somos unos privilegiados. Es verdad que, a menudo, el paso de los años y la perseverancia nos han permitido habitar en inmuebles céntricos —y, en algunos casos, emblemáticos—, mientras que los propietarios se han visto obligados a pasar sus existencias en cómodas viviendas que, por otra parte, adolecen de esa pátina del tiempo que las convierta en especiales. Sin embargo, pocos de los que arremeten contra nosotros se detienen a meditar sobre el triste destino de quienes permanecemos como almas en pena en estos edificios abandonados por la mano de Dios, tan sólo llevados por el deseo de no perder el derecho que la ley nos concede. Por comodidad o pudor, muchos nos vemos arrojados a un tránsito sin sentido por escaleras, lavaderos y otras zonas comunes, al tiempo que observamos a esas parejas y familias jóvenes ocupando las que por tanto tiempo fueron nuestras habitaciones. En raras ocasiones, los inquilinos recientes creen sentir una presencia palpitante o una especie de temblor al entrar en sus domicilios; pero pronto olvidan la sensación al sumergirse en su nuevo mundo de dispositivos electrónicos. Ni siquiera es posible ya el recurso del miedo compartido para paliar nuestra insoportable soledad.

Dramatis personae

A Jasper Gwyn, escritor de retratos.

El desempleo golpea fuerte. Aunque durante algún tiempo he resistido con la ayuda de mis padres, los recursos de la familia son ya escasos y he aceptado la última oferta recibida. El reclamo era sugerente: “Se precisa personaje para obra de formato medio. Absténganse los habituales”. Una dirección y una hora de cita. No había más indicaciones.

Al llegar, ya aguardaban en la puerta otros desesperados que, como yo mismo, bucean en las páginas de los diarios hasta encontrar alguna actividad en la que ocupar las larguísimas tardes de primavera. Por sus rostros comprendí que tampoco tenían esperanzas de ser contratados, de modo que las sobrias palabras del capataz (“Cuatro de ustedes cojan escobones y recogedores; otros dos que me sigan”) provocaron un atropello casi ridículo en aquel grupo de hombres acostumbrados al fracaso rutinario.

El trabajo es extraño; pero se realiza mecánicamente y exige poco esfuerzo. En una sala bien iluminada, un viejo artrósico que nos fue presentado como el artista nos observa al tiempo que el capataz enlaza consignas leídas en un papel: agrupaos un momento y barred el suelo como si hubiera polvo de ladrillos sobre él, parad y tomad aire, repetid la operación, parad otra vez y dejad una mano en reposo sobre las rodillas, pensad que sois una sola persona. Mientras tanto, los dos hombres que lo acompañaron el primer día sostienen un gran marco de madera dorada, vacío en su interior. El artista contempla la escena de trabajo ficticio a través del encuadre, frunce el ceño, fuma en pipa, entorna los ojos y carraspea. Aproximadamente después de dos horas, cae rendido y se duerme. Entonces, el capataz nos despide hasta la tarde próxima, no sin entregarnos antes unos sobres con el jornal.

Parece un empleo absurdo; sin embargo, después de varias semanas de faena hemos ido descubriendo lo determinante de una labor precisa y preciosa que el artista aprecia en lo que vale. En ocasiones, al regresar a casa, un punto de rebeldía me lleva a imaginar qué sucedería si alguno de nosotros apoyase la mano equivocada sobre la rodilla equivocada, rompiendo así la perfecta composición. Pero esta pequeña crisis de autoestima dura poco, porque sé que eso no sucederá nunca. El azar ha reunido allí una cuadrilla muy profesional y entregada a su labor, un perfecto mecanismo que no puede fallar.

Pierre Jahan (1947)
Pierre Jahan (1947)

A Ofelia, marzo de 1916

Ofelia González de la Serra, de soltera Grazspitz, entregó su alma en la pacífica tarde del 23 de junio de 1999. Tenía ciento dos años y, desde que la recuerdo, vivía aferrada a un viejo costurero del que jamás se separaba. Tras un triste entierro al que tan sólo asistimos sus sobrinos, porque pocos más había que hubiesen conocido a la señora, hubimos de acometer la ingrata tarea de empaquetar y disponer de las escasas posesiones que conservaba. Había sido una mujer, sin duda, de costumbres moderadas y tan dadivosa en vida, que a su muerte poco le quedaba por dar. Pese a todo, después de deshacernos de aquello que no tuviera valor material o sentimental alguno, pudimos conformar algunos lotes de objetos, fotografías, viejos papeles, recuerdos. En el que me tocó en suerte figuraba su sempiterno costurero, una vieja caja de madera derrotada por el tiempo y mil veces remendada en su interior. No valía nada, más allá de haber sido la fiel confidente de su propietaria durante décadas. Sin embargo, algo en mi interior me impedía deshacerme de ella. Algunos años después, la vieja caja desportillada se interpuso entre mi perro y su imperiosa necesidad de alcanzar un ratón huido en el desván. Las maderas se separaron con un grito de dolor antiguo para dejar al descubierto un doble fondo donde se marchitaban dos hojas de papel y una fotografía.

Cumières-le-Mort-Homme, 6 de marzo de 1916.

Mi muy amada Ofelia:

Espero que al recibir esta nota te encuentres ya plenamente recuperada de aquellas desagradables molestias que me comentabas en tu anterior carta. Por tus líneas intuyo que has debido pasar por un duro trance y sólo deseo que la recuperación no se convierta en un tedioso ir y venir de acá para allá en busca del remedio para los males que te aquejan. La experiencia propia me dice que, a menudo, la convalecencia posterior no es más que un continuo recordar lo que no deseamos sino olvidar. Pero así nos imaginaron y hemos de asumir nuestra condición sin desfallecer jamás. Sólo la constancia y la perseverancia engendra la verdadera libertad, nos repetía hasta la saciedad aquel viejo profesor de moral de cuando el mundo era más joven.

Aquí, en la trinchera, los anocheceres se hacen interminables sin ti. Ni la camaradería imperante ni los esfuerzos propios de la guerra ni la sorpresa de una primavera presentida inusitadamente seca consiguen que olvide el fulgor de tus ojos. En las estrellas que pueblan estas noches el firmamento me parece ver tu mirada fija en mi, y allá donde deposite la atención no alcanzo sino a recordarte tal y como te dejé hace ya dos años. ¡Ay, Ofelia, Ofelia, cuánto ansío el final de este absurdo en el que nos vemos envueltos! ¡Cómo espero el momento en que nuestras manos tornen a encontrarse, secretamente!

Quienes compartimos esta condena buscamos un acicate, un impulso que nos permita sobrevivir una jornada más y soportar el barro que se cuela hasta lo más profundo del ser. Necesitamos una razón, en definitiva, para ser fuertes, para soportar más allá de lo que las mermadas fuerzas son capaces. Cada cual busca la suya: la grandeza de la patria, quienes llegaron envueltos en idealismo; el pequeño taller que dejaron en manos de algún pariente, los que se vieron empujados a este sin sentido; los hijos pequeños, la esposa, la vieja madre, aquel trozo de tierra que dejaron por roturar. En mi caso es la promesa que habitaba en tu mirar, la frescura de tu cuello, el suave sonar de tus pies desnudos sobre la hierba. Ofelia mía, en ti reside mi constancia, a ti me encomiendo desde esta lejana casamata sepultada en la llanura.

Tuyo hasta el infinito,

Johannes.

Fort Vaux, 8 de junio de 1916.

Estimada señorita:

Con tremendo dolor me veo obligado a escribirle estas escuetas líneas y comunicarle el fallecimiento en el campo de batalla del soldado Johannes Reinhardt. Me cupo el inmenso honor de servir junto a él en las proximidades de Verdún. Allí compartimos alegrías y sinsabores, complicidades y esperanzas, recuerdos que nos mantenían con vida mientras todo a nuestro alrededor no era sino muerte y destrucción. Tenga por seguro que en sus últimos pensamientos la luz que lo alumbraba no era otra que la de sus ojos.

Le envío también una fotografía del camarada Reinhardt y de mi humilde persona. La imagen la tomó un extrafalario fotógrafo itinerante pocos días antes de su deceso. Sé que le hubiera gustado que la conservase.

Suyo afectísimo,

Jakob Schuffler.

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In memoriam

Fernando Ortiz, el último gran poeta sevillano, murió el pasado 29 de enero de 2014. Descanse en paz.
Fernando Ortiz, el último gran poeta sevillano, murió el pasado 29 de enero de 2014. Descanse en paz.

Hace mucho tiempo, en una ciudad tan lejana como ésta en la que hoy habita, el microcuentista tuvo la osadía de escribir unos versos. Los dejó madurar unas pocas horas y, mientras aguardaba que la masa fraguase, entretuvo la espera leyendo unos poemas de Fernando Ortiz. Al cabo de dos o, quizás, tres composiciones que iban de lo alejandrino a lo hexasílabo, el narrador destapó la olla -o cajón, según algunos testimonios-, extrajo la pasta literaria de su interior y la depositó en la basura. Siguió leyendo.

Cinco lobitos

El año pasado por estas fechas, seleccioné setenta y cinco relatos en torno a cinco temas que acabaron dando como resultado un volumen que titulé Cinco lobitos. Si quieren echarle un vistazo, pueden pulsar sobre la siguiente imagen para leerlo completo en issuu.com.

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