Un trabajo bien hecho

Partamos de un supuesto, no sé, un torneo deportivo por equipos en un centro escolar cualquiera, aunque podría servir cualquier otra actividad parecida. Los alumnos se agrupan libremente y se les pide un nombre de inscripción. “Los increíbles”, eligen algunos; “Los de primero b”, proponen otros; “Siempre fuertes”, puede leerse también. La relación de nombres es equivalente a la de años atrás y solamente de cuando en cuando es posible encontrar referencias coyunturales a la actualidad, perfectamente explicables, por otra parte: “155 por aquí”, quizás; “CR7 boys”, tal vez.

Es lógico que la vida escolar se vea contaminada por la realidad, por eso no debiera sorprender que, por ejemplo, algún equipo de chicos de unos doce años se haga llamar —¡qué sé yo!— “La manada”, sin ir más lejos. Al fin y al cabo, se ha hecho un buen trabajo en los medios: horas y horas de programación en torno al horror; horas y horas de programación en torno al desprecio y la violencia. Y es que nos hemos ganado el derecho a la información, qué caramba. Sí señor, a trabajo bien hecho, cigarrito pa’l pecho. Gracias otra vez, garantes del estado de derecho. Realmente, no sé qué haríamos sin vuestra inestimable colaboración.

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Escribir cuentos con Propp

El folklorista ruso Vladimir Propp (1895-1970) dedicó buena parte de su vida al estudio de los cuentos maravillosos de la tradición popular rusa. Como consecuencia de sus estudios, redujo los sucesos de los relatos a un conjunto de treinta y una funciones que explicó en su clásico libro Morfología del cuento literario. Es un lugar común en el mundillo de la enseñanza primaria y secundaria utilizar las funciones de Propp para iniciar al alumnado en la creación narrativa; bien sea escrita, oral, audiovisual, icónica o de cualquier otro tipo que pudiera imaginarse.

Obviamente, también me he lanzado a la tarea; sobre todo después de encontrar la espléndida baraja realizada y compartida por Raquel en su blog Forest Eyes. Pero como quería ir un poco más allá del simple reparto de cartas y petición de escritura, se me ha ocurrido hacer una propuesta de juego más completo. En él intervienen otras cartas preparadas por mí y se pide a los alumnos que diseñen también algunas cartas. En fin, el resultado lo he empaquetado en la presentación que se puede consultar bajo estas líneas.

Escribir_Propp
Pulse sobre la imagen para acceder a la presentación

De cinco en cinco (cuarta tanda)

Cuando el presentador luce más galas y plumaje que el presentado se constata que el mundo todo está mal concebido.

Ayer tarde estaba decidido, lo juro; sin embargo cometí dos errores: leer alguna página del libro mainstream que iba a comprar y encontrar en la misma mesa expositora el Diario de una loca, de Gloria Fuertes.

Algunas palabras banales se empeñan en regresar de las maneras más insospechadas; en cambio, hay ideas que, pese a su recurrencia, no se consiguen fijar en palabras.

Hubo un tiempo en que los poetas olvidaron cómo eran los árboles. Por eso sus palabras comenzaron a transitar bosques de farolas. Algunos, incapaces de adentrarse en la vorágine asfáltica, se conformaron con las selvas gráficas.

“¿Qué es poesía?”, dices, y soy incapaz de dar una respuesta que vaya más allá de la pupila azul y otras lindezas.

De cinco en cinco (tercera tanda)

¿También éramos así en nuestros años mozos? ¿En qué momento nos dimos cuenta de que el universo no giraba en derredor?

Ser el hombre gris que se cobija bajo el paraguas ofrece ventajas evidentes: no diluirse en la lluvia, por ejemplo.

Cada vez que mi hija pequeña tilda algún hecho de “épico” no puedo evitar pensar en el pélida Aquiles y su cólera funesta. También maldigo la opresión anglosajona en que vivo.

Asumir que esa idea brillante que estuvo rondando durante horas y no pudo ser fijada en el papel se ha perdido para siempre es el dolor definitivo.

Paradojas: el aforismo es género de la experiencia y, por tanto, propio de la vejez; la pérdida de memoria, también característica de la senectud, sojuzga con brazo de hierro el pensamiento.

De cinco en cinco (segunda tanda)

Y entonces vacié la mente y me apliqué a la corrección de exámenes: un universo apenas conocido de pálpitos imprecisos, fracasos completos o parciales, esperanzas, victorias aisladas e incertidumbre me esperaba.

“Émula de la llama”, se me ocurrió. Ahí lo dejé, porque no tiene sentido repetir como papagayo, por mucho que deslumbre el plumaje.

Tener suerte en la vida es no haber sentido la necesidad de escribir versos de amor.

Dicen que decía Estrabón que le decían que en tiempos una ardilla podía atravesar la Península Ibérica saltando de árbol en árbol. Hoy —”hoy es siempre todavía”, según Machado— el animalito podría hacerlo brincando de cabeza en cabeza de gilipollas.

Lo más breve que puedas, por favor, que he de leerlo rápidamente para olvidarlo pronto.

Plaza de la Contratación

Un oasis. Mejor: una isla entre torrentes que se encaminan, apresurados, hacia el pasmo comprimido en unas pocas horas. Las riadas de turistas se empujan y compiten por la cercana Avenida. La Catedral, el Alcázar, son los reclamos y la Giralda el faro que los guía. Pero pocos se atreven o, quizás, simplemente desconozcan este camino alternativo que va de la Fama que suena en la Fábrica de Tabacos a la veleta de Sevilla. Es, por tanto, ruta que utilizan solamente los nativos o algún despistado que mira siempre hacia el cielo en busca de orientación.

Unos y otros la atraviesan sin saber que tras la fachada enorme y anodina de lo que hoy es un edificio administrativo pervive el viejo patio del palacio de Al Mutamid. Pocos pueden imaginar, pues, que por este lugar el rey poeta, el que todo lo tuvo y lo perdió todo, pasearía su amor por Itimad.

Yo era amigo del rocío, señor de la indulgencia,
Amado de las almas y de los espíritus;
Mi diestra regalaba el día de los dones,
Y mataba, el día del combate;
Mi izquierda sujetaba todas las riendas que dominaban
A los corceles en los campos de batalla.
Hoy soy rehén, de la cadena y de la pobreza
Apresado, con las alas rotas.

Quizás fue aquí mismo donde le nació la idea de que el único lugar posible para preservar del tiempo a la amada eran los pliegues de su poema:

Invisible tu persona a mis ojos, está presente en mi corazón;
Te envío mi adiós con la fuerza de la pasión, con lágrimas de pena, con insomnio;
Indomable soy, y tú me dominas, y encuentras la tarea fácil;
Mi deseo es estar contigo siempre ¡Ojalá pueda concederme ese deseo!
¡Asegúrame que el juramento que nos une, no se romperá con la lejanía;
Dentro de los pliegues de este poema, escondí tu dulce nombre Itimad.

Pero no se llamen a equívoco. No son la plaza ni las calles que a ella conducen remanso de paz. Cascos de caballos a compás, voces que se proyectan hacia el cielo, retazos de conversaciones pespunteadas por silencios. No, no es la tópica tranquilidad de los lugares recónditos, sino el ruido de una ciudad que aún pervive dentro del bullicio de parque temático que hoy es. Un buen lugar para ser acariciado por la brisa y dejar que la mañana discurra todo lo plácidamente que Sevilla se merece.

De cinco en cinco (primera tanda)

Querría componer el aforismo definitivo: alfa y omega, o algo así.

Escribir aforismos es arriesgado. El plagio inconsciente, como espada de Damocles, pende sobre el autor hasta el instante preciso de la decapitación.

Mientras triunfa la posverdad, Juan Calvino se cuela por las rendijas del presente. Paradojas.

Nada puede ser peor que otorgar licencia para matar —digo, publicar— a analfabetos que no creen serlo.

La historia lírica de muchos poetas podría compararse a la relación con el padre: emulación, competición y asesinato, indiferencia y olvido, vano intento de resurrección.