De cinco en cinco (tercera tanda)

¿También éramos así en nuestros años mozos? ¿En qué momento nos dimos cuenta de que el universo no giraba en derredor?

Ser el hombre gris que se cobija bajo el paraguas ofrece ventajas evidentes: no diluirse en la lluvia, por ejemplo.

Cada vez que mi hija pequeña tilda algún hecho de “épico” no puedo evitar pensar en el pélida Aquiles y su cólera funesta. También maldigo la opresión anglosajona en que vivo.

Asumir que esa idea brillante que estuvo rondando durante horas y no pudo ser fijada en el papel se ha perdido para siempre es el dolor definitivo.

Paradojas: el aforismo es género de la experiencia y, por tanto, propio de la vejez; la pérdida de memoria, también característica de la senectud, sojuzga con brazo de hierro el pensamiento.

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De cinco en cinco (segunda tanda)

Y entonces vacié la mente y me apliqué a la corrección de exámenes: un universo apenas conocido de pálpitos imprecisos, fracasos completos o parciales, esperanzas, victorias aisladas e incertidumbre me esperaba.

“Émula de la llama”, se me ocurrió. Ahí lo dejé, porque no tiene sentido repetir como papagayo, por mucho que deslumbre el plumaje.

Tener suerte en la vida es no haber sentido la necesidad de escribir versos de amor.

Dicen que decía Estrabón que le decían que en tiempos una ardilla podía atravesar la Península Ibérica saltando de árbol en árbol. Hoy —”hoy es siempre todavía”, según Machado— el animalito podría hacerlo brincando de cabeza en cabeza de gilipollas.

Lo más breve que puedas, por favor, que he de leerlo rápidamente para olvidarlo pronto.

Plaza de la Contratación

Un oasis. Mejor: una isla entre torrentes que se encaminan, apresurados, hacia el pasmo comprimido en unas pocas horas. Las riadas de turistas se empujan y compiten por la cercana Avenida. La Catedral, el Alcázar, son los reclamos y la Giralda el faro que los guía. Pero pocos se atreven o, quizás, simplemente desconozcan este camino alternativo que va de la Fama que suena en la Fábrica de Tabacos a la veleta de Sevilla. Es, por tanto, ruta que utilizan solamente los nativos o algún despistado que mira siempre hacia el cielo en busca de orientación.

Unos y otros la atraviesan sin saber que tras la fachada enorme y anodina de lo que hoy es un edificio administrativo pervive el viejo patio del palacio de Al Mutamid. Pocos pueden imaginar, pues, que por este lugar el rey poeta, el que todo lo tuvo y lo perdió todo, pasearía su amor por Itimad.

Yo era amigo del rocío, señor de la indulgencia,
Amado de las almas y de los espíritus;
Mi diestra regalaba el día de los dones,
Y mataba, el día del combate;
Mi izquierda sujetaba todas las riendas que dominaban
A los corceles en los campos de batalla.
Hoy soy rehén, de la cadena y de la pobreza
Apresado, con las alas rotas.

Quizás fue aquí mismo donde le nació la idea de que el único lugar posible para preservar del tiempo a la amada eran los pliegues de su poema:

Invisible tu persona a mis ojos, está presente en mi corazón;
Te envío mi adiós con la fuerza de la pasión, con lágrimas de pena, con insomnio;
Indomable soy, y tú me dominas, y encuentras la tarea fácil;
Mi deseo es estar contigo siempre ¡Ojalá pueda concederme ese deseo!
¡Asegúrame que el juramento que nos une, no se romperá con la lejanía;
Dentro de los pliegues de este poema, escondí tu dulce nombre Itimad.

Pero no se llamen a equívoco. No son la plaza ni las calles que a ella conducen remanso de paz. Cascos de caballos a compás, voces que se proyectan hacia el cielo, retazos de conversaciones pespunteadas por silencios. No, no es la tópica tranquilidad de los lugares recónditos, sino el ruido de una ciudad que aún pervive dentro del bullicio de parque temático que hoy es. Un buen lugar para ser acariciado por la brisa y dejar que la mañana discurra todo lo plácidamente que Sevilla se merece.

De cinco en cinco (primera tanda)

Querría componer el aforismo definitivo: alfa y omega, o algo así.

Escribir aforismos es arriesgado. El plagio inconsciente, como espada de Damocles, pende sobre el autor hasta el instante preciso de la decapitación.

Mientras triunfa la posverdad, Juan Calvino se cuela por las rendijas del presente. Paradojas.

Nada puede ser peor que otorgar licencia para matar —digo, publicar— a analfabetos que no creen serlo.

La historia lírica de muchos poetas podría compararse a la relación con el padre: emulación, competición y asesinato, indiferencia y olvido, vano intento de resurrección.

De repente, Leopoldo de Luis

A menudo, habita el lector zonas de confort en las que piensa que, a esta edad, las jerarquías personales están fijadas y los anaqueles de la biblioteca interior perfectamente ordenados. No obstante, también sucede a menudo que un libro llegue por azar y altere ese mundo tan cómodo en el que todo cuadra, ese mundo tan bien hecho de Guillén que a la postre resulta no serlo tanto.

Es evidente que se conoce a Leopoldo de Luis. Se le ha estudiado y leído en las muchas antologías que pueblan el horizonte de lecturas. Uno más de aquella Generación del 36 extraña, partida en dos por el hachazo de la guerra. Olvidada en muchos sentidos. Uno más, y que pase el siguiente. Sin embargo, la lectura a través de selecciones más o menos extensas, más o menos atinadas, puede provocar que se escapen autores en los que verse reflejado. Los temas del poeta cordobés, sus miedos y pasiones tranquilas, su angustia, sus esperanzas y clavos ardientes a los que aferrarse, su decisión, en definitiva, de continuar con la carrera de la vida, su ética personal inquebrantable hasta el fin. No, no soy como Leopoldo de Luis; pero sí es un modelo hacia el que me oriento: pesimista, sí, pero obstinado en continuar. Un nuevo Sísifo que día tras día acomete la tarea ingrata de elevar esa condenada piedra hasta la cima del monte sin más objetivo que el simple hecho de subirla. Absurdo y heroico. Digno, en una palabra.

1

No, Capitán, las olas no nos vencen,
seguimos en el puente. Está la nave
a flote; míranos: vamos heridos,
haciendo presa está el lobo del hambre,
el tigre de la sed está arañando,
se endurece la noche, corta el aire.

Pero estamos en pie. La travesía
continúa. Que no abandone nadie
su puesto. Siguen listos
la vela, el gobernalle.

¿Adónde vamos, capitán? El rumbo
recuperado está. Ninguno sabe
hacia dónde conduce, pero estamos
tercamente en los puestos, como antes.

2

El mar está pintado sobre un lienzo,
la falsa proa avanza en un estanque,
medio navío está entre bastidores,
desde las candilejas los relámpagos nacen,
en la guardarropía, pobremente,
la galerna fabrica sus desastres.

Pero es verdad que estamos naufragando,
que vamos a ir a pique, que los mástiles
caen abatidos y que nos azotan
el agua, el viento de los temporales.

Falsos marinos, falsos pasajeros,
pero es verdad que nos asedia el hambre,
y la sed y el terror, y resistimos
el milagro en el puente de la nave.

Un falso barco sobre el escenario,
pero es verdad que nos hundimos, ¿nadie
se ha dado cuenta?
Capitán, seguimos
erguidos como antes.
Ignoramos el rumbo.
El falso faro
de un reflector está haciendo señales.

(de Teatro real, 1957)

Para un derrotado en la guerra y carne de presidio como Leopoldo de Luis, lo fácil hubiera sido dejarse morir en vida, en silencio o ahogado en alcohol o en perfectas estrofas sobre la nada. Nadie se lo hubiera reprochado. Pero la tozudez lo llevó por otros caminos: mudar de apellido para esconder lo evidente y rebelarse con la simple voluntad de seguir viviendo. Porque vivir era y es subversivo:

Pero vivir es luz y compañía
y grito. Alzad, alcemos
las vidas de cada uno,
la vida toda, igual que un hacha ardiendo.

Vivir contra la sombra.
Vivir contra el asedio.
Vivir contra la pena.
Vivir contra los muertos.

(de La luz a nuestro lado, 1964)

Y una vez decidido a vivir, no dejar de mirar a cuanto acontece, ya sea un partido de fútbol dominical, los versos de otros o la imagen siempre presente en su despacho de “El balcón”, de Manet, el hijo, la esposa, los amigos.

Fútbol modesto

Desmontes amarillos bajo el sol del invierno
que pone su piedad, su tibieza en las cosas,
que arranca falsas luces de los vidrios verdosos,
diamantes de un fantástico sueño por el que cruzan
heridos perros de esperanza y pena.

Delgados muchachitos,
pálidos obrerillos con sus botas gastadas,
bajo sus trajes grises, que van a hacer deporte
o a aprender que ellos mismos son un balón doliente
que a puntapiés manejan los grandes jugadores de la vida.

Mañanas de domingo. La carne fatigada
bosteza lentamente su cansancio remoto.
Una humilde ilusión, como el rayo en los vidrios,
arranca de las almas llamitas de alegría.

Bota el cuero cosido de esperanza,
hinchado con un aire de esperanza,
de risa triste, de ilusión oscura.
Colores desteñidos que nunca se asomaron
al sol de los estadios,
van, vuelven, corren las camisetas, buscan,
persiguen una esfera del color de su sueño.

Ascienden desde el pozo insondable del tiempo
las horas como sombras, los trabajos,
la pena, la miseria, la modesta comida
en los platos heridos, sobre el hule,
el fondo de la sórdida galería, la cama
donde se rinde noche a noche el hueso
abatido de llanto silencioso y sin lágrimas.

Asciende aquí el cansancio,
el destino que, sordo, va cumpliendo sus suertes,
la niñez mal cuidada, la escuela pobre, el fuego
del brasero amparando a la familia.

Todo llega al solar del domingo, confuso,
ceniciento, remoto, en el cuero que bota,
entre los desvaídos colores de la blusa,
y se enreda en las piernas que persiguen
ese balón con forma de esperanza.

(de El árbol y otros poemas, 1954)

No parece que poemas como los de Leopoldo de Luis vayan a atraer hoy multitudes. Son tiempos de lírica más urgente, veloz y coyuntural. Muchos verán en ellos motivos ajados propios de otra época y otra España que olía a aceite quemado y vestía de gris marengo. No hay en sus versos procacidad ni urbes modernas; no hay grito adolescente rebelde; no hay apostura de poeta ni miradas al soslayo. Tan sólo ritmo, verso perfecto, hondura, reflexión y un puñado de motivos —el hijo, el presidio, el náufrago, la enfermedad, la soledad, la mujer, la poesía— que dotan a su obra de una tremenda uniformidad, como el propio escritor reconoció en sus últimos tiempos:

Ya sé que lo que escribo ya lo he escrito.
También que lloro lo que ya he llorado.
Sueño quizá lo mismo que he soñado.
Habité en una casa que aún habito.

Me quejo de lo mismo que otros días,
enciendo el mismo fuego de señales,
son mis versos de ayer y hoy iguales:
sombrías señas, como ayer sombrías.

Pero, ¿cambió el dolor? ¿Y la amargura?
¿Se borró la injusticia? ¿Es menos grave
el odio, o la miseria ya no crece?

No ha cambiado mi forma de escritura
ni he dado todavía con la clave
de ver la aurora cuando no amanece.

(de De una eterna voz, 1986)

Y pese a todo el estruendo de este siglo XXI, pese a lo lejos que quedan aquellos décadas de posguerra, cuando he tenido la oportunidad de recorrer la obra lírica de Leopoldo de Luis vista a través de su propio hijo (En resumen. Antología poética (1946-2005), Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2007) me he estremecido. No es el cordobés un escritor del 36 ni un poeta social ni un poeta de la angustia ni un poeta etiquetable. Es simplemente un hombre que se enfrentó a la vida y sus circunstancias con las únicas armas que no pudieron arrebatarle: la palabra, la mirada, la reflexión, la dignidad.

Y se formó la gozadera

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gozadera
Der. de gozar.
1. f. Cuba. Fiesta bulliciosa con bebida y baile.
2. f. coloq.  R. Dom. y Ven. Acción de gozar larga e intensamente.

Y de pronto llegaron. Desembarcaron con sus timeline y sus hashtag. Versos directos. Frases contundentes. Procacidades y arrebatos. Una magnífica puesta en escena. El Lector —así, con mayúscula— los esperaba, o eso parece indicar la cantidad de followers que atesoraron tan pronto. También las editoriales, hartas de no superar las tiradas de quinientos ejemplares. Oye, que esto es un negocio, chaval. Es la poesía mainstream. Rompiendo moldes.

La otra poesía —la de antes, la de siempre— se agitó. Calidad y ética en el trabajo. Tradición. Reconocimiento en los premios. Control del verbo frente al torrente de palabras. Vacuidad frente a fundamento. Eterna polémica entre antiguos y modernos, entre matar al padre o regalarle una corbata.

Los ingredientes estaban dispuestos para que surgiese la diversión crítica. Sigan los enlaces si quieren ponerse al día:

Opiniones a favor y en contra, matices, eclecticismos, referencias, crítica de fuentes: se formó la gozadera, amigos. Es hora de pararse un momento y ponerse a leer.

Los cuatro magníficos (y 49 historias más)

He estado organizando un poco las estanterías de este almacén que tengo tan abandonado. Primer resultado: un librito de relatos brevísimos escritos en los últimos años y que he ido publicando en el blog. Por aquí lo dejo.

Los cuatro magníficos (y 49 historias más)
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