Pío Baroja: El árbol de la ciencia (fragmento)

Pío Baroja

«Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo completo.

El pueblo no tenía el menor sentido social; las familias se metían en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los domingos a misa.

Por falta de instinto colectivo el pueblo se había arruinado.

En la época del tratado de los vinos con Francia, todo el mundo, sin consultarse los unos a los otros, comenzó a cambiar el cultivo de sus campos, dejando el trigo y los cereales, y poniendo viñedos; pronto el río de vino de Alcolea se convirtió en río de oro. En este momento de prosperidad, el pueblo se agrandó, se limpiaron las calles, se pusieron aceras, se instaló la luz eléctrica…; luego vino la terminación del tratado, y como nadie sentía la responsabilidad de representar el pueblo, a nadie se le ocurrió decir: Cambiemos el cultivo; volvamos a nuestra vida antigua; empleemos la riqueza producida por el vino en transformar la tierra para las necesidades de hoy. Nada.

El pueblo aceptó la ruina con resignación.

—Antes éramos ricos —se dijo cada alcoleano—. Ahora seremos pobres. Es igual; viviremos peor, suprimiremos nuestras necesidades.

Aquel estoicismo acabó de hundir al pueblo.»

Pío Baroja, El árbol de la ciencia. Madrid, Cátedra.

Cuestiones

  1. Resume el texto.
  2. Enuncia el tema del fragmento.
  3. Analiza la estructura externa e interna del texto.
  4. Analiza sintácticamente las siguientes oraciones:
    1. Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo completo.
    2. A nadie se le ocurrió decir: cambiemos el cultivo.
    3. Empleemos la riqueza producida por el vino en transformar la tierra para las necesidades de hoy.

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Antonio Gala: «Humanidad inhumana» (Comentario resuelto)

Antonio Gala
Humanidad inhumana

Nadie puede tener la menor duda de que todos los seres semejantes a nosotros -quienes esto lean y quien esto ha escrito- somos humanos: aunque no de la misma estatura ni del mismo color ni procedencias ni esperanzas. No estoy esencialmente convencido de que, si todos coincidiéramos en todo, la historia común habría sido mejor que la que hemos vivido y hoy vivimos. La libertad es una hermosa posesión; sin embargo, no depende el resultado de su posesión tanto como de su uso: estamos rodeados de pruebas indiscutibles. O quizá ni siquiera la discusión se produzca: sea quien sea el que utilice su libertad, siempre creerá -incluso con toda su alma- que el empleo que él le da es el mejor que puede dársele. Precisamente ahí reside la verdadera diferencia (y podría usarse en un indefinido plural tal conjunción de adjetivo y sustantivo) que separa a los seres humanos. Nunca habrá unanimidad, sea cual sea el problema que se plantee, la dirección que se proponga, el idioma que se hable, el continente o la isla que se habite. La Humanidad es una cosa -por así decir-; la humanidad es una virtud que reviste muy diversos aspectos y persigue muy distintos fines: opuestos con frecuencia… Para entenderse, los humanos tendrían que ponerse de acuerdo en eliminar demasiadas contradicciones. Ese supongo que sería el primer paso. No creo que se dé, de verdad, nunca.

El Mundo (9/1/2015)

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Carlos Colón: «Las víctimas no son culpables» (comentario resuelto)

Carlos Colón
Las víctimas no son culpables

Se está montando, con cierto disimulo, una campaña infame y cobarde contra Charlie Hebdo difundiendo sus groseras e insultantes portadas para “explicar” el ataque asesino que ha sufrido. Esto se hace por miedo a enfrentarse a la realidad e irritar a quienes responden degollando, disparando o poniendo bombas cuando se sienten insultados. Se habla mucho estos días del peligro de la islamofobia, olvidando que fobia tiene dos sentidos: aversión obsesiva contra alguien o algo y temor irracional compulsivo. Por lo que islamofobia significa tanto odio como miedo al islamismo. De la islamofobia como aversión que puede generar patologías racistas y xenófobas que carguen contra todos los musulmanes las culpas de los fundamentalistas se está alertando. Pero nada o muy poco se dice de la islamofobia como miedo a un conflicto de difícil y peligrosa solución porque los radicales son muchos más de los que se reconoce, dominan extensos territorios, están infiltrados en las sociedades occidentales y decididos a morir matando. Y este miedo (o prudencia) está paralizando desde hace demasiado tiempo la respuesta eficaz y realista a los atentados sufridos en Estados Unidos, Argentina, España, Reino Unido, Francia, Rusia, Kenia, Tanzania, Nigeria, Turquía, Líbano, Irak, Jordania, Israel, Argelia, Egipto, Túnez, Arabia Saudita, Marruecos, India, Sri Lanka, Pakistán, Indonesia, Filipinas o China. Esto es obra de algo más que una minoría de locos fanáticos.

Desde siempre Charlie Hebdo apuesta más por el mal gusto que por el ingenio, más por la grosería que por el razonamiento, más por el insulto que por el diálogo. El grueso calibre de su humor comete injusticias manifiestas como, en plena expansión del terrorismo islámico, situar en un mismo nivel al islamismo radical, al cristianismo y al judaísmo. ¿Y qué? Uno de sus enemigos declarados es la religión, fundamentalista o no, violenta o no. En una de sus portadas el Corán, la Biblia y la Torá aparecían como tiras de papel higiénico. Y las ha habido mucho peores, dirigidas por igual contra musulmanes, cristianos y judíos. ¿Y qué? Mantenía la larga tradición blasfema del laicismo radical francés. Esto era sabido. ¿Y qué? Se pueden escribir artículos contra él o denunciarlo ante los tribunales. Y punto. No se busquen otras causas, apuntando al tono de Charlie Hebdo, porque se hace el juego a los terroristas. La islamofobia es igualmente peligrosa como odio y como miedo.

Diario de Sevilla (10/1/2015) Sigue leyendo

Eduardo Jordá: «Nada es gratis» (comentario resuelto)

Eduardo Jordá

Nada es gratis

Cada vez que veo a los Reyes Magos arrojando caramelos a los niños, como en la cabalgata de anteayer —un espectáculo maravilloso, pero que es inconcebible en casi todo el mundo porque la gente se preguntaría quién va a pagar todo eso—, pienso en esa extraña superstición de nuestra época que nos hace creer que hay miles de cosas, entre ellas todos los servicios públicos, que son gratis para el ciudadano, o dicho de otro modo, que son un derecho inalienable que no podemos perder de ninguna manera. Miguel Bosé, por ejemplo, hablaba tan pancho hace unos años del “derecho a la paz”, como si fuera posible convencer a alguien que te odia de que dejara de atacarte. Pero el derecho a la paz, igual que otros muchos derechos que creemos poseer con todas las garantías (el derecho a la salud, el derecho a la felicidad, el derecho a un trabajo bien remunerado), sólo son posibles si alguien garantiza su cumplimiento, y eso exige poder pagarlos o tener a alguien que esté en condiciones de sostenerlos. De lo contrario estamos hablando de entelequias muy hermosas —igual que los Reyes Magos—, pero que no pasan de ser una candorosa engañifa. Nos guste o no, en este mundo nada es gratis.

Pero los ciudadanos de la Europa que fue próspera —y que sigue siéndolo si la comparamos con el resto del planeta— nos hemos olvidado de estas verdades elementales. Y creemos vivir en un mundo en el que los servicios públicos que disfrutamos —y que muchas veces ni siquiera valoramos— existen por una especie de derecho inmanente, sin darnos cuenta de que estos servicios sólo podrán existir mientras estemos en condiciones de sufragarlos. Y ahí es donde aparece el tema que debería ser de discusión permanente en este año que empieza: ¿cómo vamos a financiar nuestros servicios públicos? Pero lo más curioso es que este debate apenas existe en nuestro país, porque nos movemos —a derecha e izquierda— en un dogmatismo miope que se niega a hacer un diagnóstico real de la situación. Y así, para la crédula izquierda, una drástica subida de impuestos bastaría para pagarlo todo, en tanto que la derecha que obedece a Angela Merkel nos hace creer que bastan unos recortes brutales o una buena gestión —siempre en manos privadas— para solventar el problema. Pero en ambos casos seguimos hablando del mundo imposible de los Reyes Magos y sus caramelos que nadie sabe quién paga. O bueno, sí, la deuda pública que se acumula y se acumula, y seguirá acumulándose hasta que alguien venga a reclamarnos su cobro.

Diario de Sevilla (7/1/2015) Sigue leyendo

Manuel Vicent: «Villancico» (comentario resuelto)

Manuel Vicent:

«Villancico»

En este supermercado de lujo suena el villancico Adeste fideles y su melodía resbala sobre baterías de jamones de Jabugo y barricadas de patés, embutidos, mariscos, turrones, vinos y licores, pirámides de frutas importadas de países exóticos, gollerías encajadas como joyas en estuches dorados. A este supermercado solo pueden acceder los muy adinerados, señores con la mandíbula violácea y mujeres muy perfumadas. Los precios son un puro esnobismo y marcan la línea roja infranqueable para una clase media desaparecida. El resto de los mortales no cuenta. Ha nacido el Rey de los ángeles, venid a adorar al Señor, dice el villancico, pero en este establecimiento el único Rey es el jamón de pata negra orlado con guirnaldas de plata.

Movidos por la dulce llamada de Belén, los clientes cargan con las bolsas repletas de bienes, la caja registradora los despide con un alegre tintineo y para llegar hasta sus cochazos aparcados en tercera fila deberán vadear el bulto de una pordiosera en la acera que tiene un niño Jesús drogado y dormido en su regazo. En la esquina, una docena de mendigos aguarda la hora alrededor de un cartel con una flecha que indica que ese lugar es el punto de recogida solidario. Cada uno lleva un carrito de la compra cargado de latas, paraguas rotos, antenas, cables, varillas. Sobre estos desechos extraídos de los contenedores de basura un mendigo rumano ha plantado una gran bandera española, que exhibe como un trofeo. Por esa bandera se produce de repente un grave altercado. Un mendigo español ha intentado arrebatársela. No se trata de ningún patriota. Conoce a un chamarilero que le dará un euro por su asta de aluminio. Sale un dependiente del supermercado, deposita en el suelo unas cajas de comida caducada y la refriega se calma.

El País, 23/11/2014

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Joaquín Sabina: «Ruido»

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Luis Cernuda: «Unos cuerpos son como flores» (comentario resuelto)

Unos cuerpos son como flores,
otros como puñales,
otros como cintas de agua;
pero todos, temprano o tarde,
serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden,
convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un hombre.

Pero el hombre se agita en todas direcciones,
sueña con libertades, compite con el viento,
hasta que un día la quemadura se borra,
volviendo a ser piedra en el camino de nadie.

Yo, que no soy piedra, sino camino
que cruzan al pasar los pies desnudos,
muero de amor por todos ellos;
les doy mi cuerpo para que lo pisen,
aunque les lleve a una ambición o a una nube,
sin que ninguno comprenda
que ambiciones o nubes
no valen un amor que se entrega.

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Valle-Inclán: Luces de bohemia, escena XI (comentario resuelto)

Llega un tableteo de fusilada. El grupo se mueve en confusa y medrosa alerta. Descuella el grito ronco de la mujer, que al ruido de las descargas, aprieta a su niño muerto en los brazos.

LA MADRE DEL NIÑO.- ¡Negros fusiles, matadme también con vuestros plomos!

MAX.- Esa voz me traspasa.

LA MADRE DEL NIÑO.-¡Que tan fría, boca de nardo!

MAX.- ¡Jamás oí voz con esa cólera trágica!

DON LATINO.- Hay mucho de teatro.

MAX.- ¡Imbécil!

El farol, el chuzo, la caperuza del SERENO, bajan con un trote de madreñas por la acera.

EL EMPEÑISTA.- ¿Qué ha sido, sereno?

EL SERENO.- Un preso que ha intentado fugarse.

MAX.- Latino, Ya no Puedo gritar… ¡Me muero de rabia!… Estoy mascando ortigas. Ese muerto sabía su fin… No le asustaba, pero temía el tormento… La Leyenda Negra en estos días menguados es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza. Me muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una triste velilla en la trágica mojiganga. ¿Has oído los comentarios de esa gente, viejo canalla? Tú eres como ellos. Peor que ellos, porque no tienes una peseta y propagas la mala literatura por entregas. Latino, vil corredor de aventuras insulsas, llévame al Viaducto. Te invito a regenerarte con un vuelo.

DON LATINO.- ¡Max , no te pongas estupendo!

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