Mañana de domingo

Amanece. Hace frío o, al menos, todo el frío que puede hacer por aquí abajo. Sales a la calle sin saber muy bien hacia dónde encaminar tus pasos. No quieres ir muy lejos, que hay que volver pronto, preparar el arroz, descansar, ver un partido de baloncesto y pensar en las clases de la semana entrante. El centro de la ciudad te da pereza, con tanto turista y sus veladores y su gente de aquí para allá. Quieres un lugar que sea solamente para ti durante unos minutos. Hay un candidato cercano: la esclusa nueva, junto a la “playa de los hippies”.

Al llegar compruebas que, ciertamente, no hay nadie, solamente el agua con la ciudad al fondo. Y las compuertas que regulan el caudal, la única puerta que queda en Sevilla.

No es especialmente bonito, te dices, pero tiene un no sé qué ese puente levadizo que se eleva hacia el cielo.

Las líneas rectas, limpias y puras; el fulgor blanco. Es simple y por eso parece tan hermoso. Y tan solo. Al fin.

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