De repente, Leopoldo de Luis

A menudo, habita el lector zonas de confort en las que piensa que, a esta edad, las jerarquías personales están fijadas y los anaqueles de la biblioteca interior perfectamente ordenados. No obstante, también sucede a menudo que un libro llegue por azar y altere ese mundo tan cómodo en el que todo cuadra, ese mundo tan bien hecho de Guillén que a la postre resulta no serlo tanto.

Es evidente que se conoce a Leopoldo de Luis. Se le ha estudiado y leído en las muchas antologías que pueblan el horizonte de lecturas. Uno más de aquella Generación del 36 extraña, partida en dos por el hachazo de la guerra. Olvidada en muchos sentidos. Uno más, y que pase el siguiente. Sin embargo, la lectura a través de selecciones más o menos extensas, más o menos atinadas, puede provocar que se escapen autores en los que verse reflejado. Los temas del poeta cordobés, sus miedos y pasiones tranquilas, su angustia, sus esperanzas y clavos ardientes a los que aferrarse, su decisión, en definitiva, de continuar con la carrera de la vida, su ética personal inquebrantable hasta el fin. No, no soy como Leopoldo de Luis; pero sí es un modelo hacia el que me oriento: pesimista, sí, pero obstinado en continuar. Un nuevo Sísifo que día tras día acomete la tarea ingrata de elevar esa condenada piedra hasta la cima del monte sin más objetivo que el simple hecho de subirla. Absurdo y heroico. Digno, en una palabra.

1

No, Capitán, las olas no nos vencen,
seguimos en el puente. Está la nave
a flote; míranos: vamos heridos,
haciendo presa está el lobo del hambre,
el tigre de la sed está arañando,
se endurece la noche, corta el aire.

Pero estamos en pie. La travesía
continúa. Que no abandone nadie
su puesto. Siguen listos
la vela, el gobernalle.

¿Adónde vamos, capitán? El rumbo
recuperado está. Ninguno sabe
hacia dónde conduce, pero estamos
tercamente en los puestos, como antes.

2

El mar está pintado sobre un lienzo,
la falsa proa avanza en un estanque,
medio navío está entre bastidores,
desde las candilejas los relámpagos nacen,
en la guardarropía, pobremente,
la galerna fabrica sus desastres.

Pero es verdad que estamos naufragando,
que vamos a ir a pique, que los mástiles
caen abatidos y que nos azotan
el agua, el viento de los temporales.

Falsos marinos, falsos pasajeros,
pero es verdad que nos asedia el hambre,
y la sed y el terror, y resistimos
el milagro en el puente de la nave.

Un falso barco sobre el escenario,
pero es verdad que nos hundimos, ¿nadie
se ha dado cuenta?
Capitán, seguimos
erguidos como antes.
Ignoramos el rumbo.
El falso faro
de un reflector está haciendo señales.

(de Teatro real, 1957)

Para un derrotado en la guerra y carne de presidio como Leopoldo de Luis, lo fácil hubiera sido dejarse morir en vida, en silencio o ahogado en alcohol o en perfectas estrofas sobre la nada. Nadie se lo hubiera reprochado. Pero la tozudez lo llevó por otros caminos: mudar de apellido para esconder lo evidente y rebelarse con la simple voluntad de seguir viviendo. Porque vivir era y es subversivo:

Pero vivir es luz y compañía
y grito. Alzad, alcemos
las vidas de cada uno,
la vida toda, igual que un hacha ardiendo.

Vivir contra la sombra.
Vivir contra el asedio.
Vivir contra la pena.
Vivir contra los muertos.

(de La luz a nuestro lado, 1964)

Y una vez decidido a vivir, no dejar de mirar a cuanto acontece, ya sea un partido de fútbol dominical, los versos de otros o la imagen siempre presente en su despacho de “El balcón”, de Manet, el hijo, la esposa, los amigos.

Fútbol modesto

Desmontes amarillos bajo el sol del invierno
que pone su piedad, su tibieza en las cosas,
que arranca falsas luces de los vidrios verdosos,
diamantes de un fantástico sueño por el que cruzan
heridos perros de esperanza y pena.

Delgados muchachitos,
pálidos obrerillos con sus botas gastadas,
bajo sus trajes grises, que van a hacer deporte
o a aprender que ellos mismos son un balón doliente
que a puntapiés manejan los grandes jugadores de la vida.

Mañanas de domingo. La carne fatigada
bosteza lentamente su cansancio remoto.
Una humilde ilusión, como el rayo en los vidrios,
arranca de las almas llamitas de alegría.

Bota el cuero cosido de esperanza,
hinchado con un aire de esperanza,
de risa triste, de ilusión oscura.
Colores desteñidos que nunca se asomaron
al sol de los estadios,
van, vuelven, corren las camisetas, buscan,
persiguen una esfera del color de su sueño.

Ascienden desde el pozo insondable del tiempo
las horas como sombras, los trabajos,
la pena, la miseria, la modesta comida
en los platos heridos, sobre el hule,
el fondo de la sórdida galería, la cama
donde se rinde noche a noche el hueso
abatido de llanto silencioso y sin lágrimas.

Asciende aquí el cansancio,
el destino que, sordo, va cumpliendo sus suertes,
la niñez mal cuidada, la escuela pobre, el fuego
del brasero amparando a la familia.

Todo llega al solar del domingo, confuso,
ceniciento, remoto, en el cuero que bota,
entre los desvaídos colores de la blusa,
y se enreda en las piernas que persiguen
ese balón con forma de esperanza.

(de El árbol y otros poemas, 1954)

No parece que poemas como los de Leopoldo de Luis vayan a atraer hoy multitudes. Son tiempos de lírica más urgente, veloz y coyuntural. Muchos verán en ellos motivos ajados propios de otra época y otra España que olía a aceite quemado y vestía de gris marengo. No hay en sus versos procacidad ni urbes modernas; no hay grito adolescente rebelde; no hay apostura de poeta ni miradas al soslayo. Tan sólo ritmo, verso perfecto, hondura, reflexión y un puñado de motivos —el hijo, el presidio, el náufrago, la enfermedad, la soledad, la mujer, la poesía— que dotan a su obra de una tremenda uniformidad, como el propio escritor reconoció en sus últimos tiempos:

Ya sé que lo que escribo ya lo he escrito.
También que lloro lo que ya he llorado.
Sueño quizá lo mismo que he soñado.
Habité en una casa que aún habito.

Me quejo de lo mismo que otros días,
enciendo el mismo fuego de señales,
son mis versos de ayer y hoy iguales:
sombrías señas, como ayer sombrías.

Pero, ¿cambió el dolor? ¿Y la amargura?
¿Se borró la injusticia? ¿Es menos grave
el odio, o la miseria ya no crece?

No ha cambiado mi forma de escritura
ni he dado todavía con la clave
de ver la aurora cuando no amanece.

(de De una eterna voz, 1986)

Y pese a todo el estruendo de este siglo XXI, pese a lo lejos que quedan aquellos décadas de posguerra, cuando he tenido la oportunidad de recorrer la obra lírica de Leopoldo de Luis vista a través de su propio hijo (En resumen. Antología poética (1946-2005), Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2007) me he estremecido. No es el cordobés un escritor del 36 ni un poeta social ni un poeta de la angustia ni un poeta etiquetable. Es simplemente un hombre que se enfrentó a la vida y sus circunstancias con las únicas armas que no pudieron arrebatarle: la palabra, la mirada, la reflexión, la dignidad.

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