Verano de 1843

De Historias fingidas,
obra original en prosa escrita por el agente de aduanas
José Simón González de la Serra y Villa
en la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla.

Nota del editor

No se conoce la fecha exacta en que González de la Serra (1819-1902) compuso los textos que conforman sus Historias fingidas, aunque todo apunta a que fueron escritos a lo largo de su vida, a modo de reflexión sobre algún episodio vivido o como medio para combatir las nubes de la memoria que, según indican los testimonios de quienes lo conocieron, empañaron sus últimos años de existencia. Sea como fuere, lo cierto es que cada una de las breves narraciones incorporadas en la obra debió ser escrita en épocas diferentes, si nos dejamos llevar por la distinta naturaleza de las mismas y las peculiaridades del lenguaje y modalidad formal que presentan.

En el caso concreto del texto que nos ocupa, todo apunta a que la redacción pudo realizarse en los primeros meses de 1897. La razón de fechar tan concretamente el texto no deriva del contenido abordado, sino de la presencia entre las páginas de un recorte del Noticiero Sevillano del viernes 8 de enero de 1827 donde se da cuenta de los efectos del temporal que azotó la ciudad en esos días y en el que se encuentra rodeado con trazo de tinta apresurado una nota sobre la inundación en la Puerta de Carmona y la referencia «El lugar donde cayó Vicente. ¡Cuánto tiempo ya!». Es de creer que el impacto de la riada en un hombre senil despertase los mecanismos de la memoria y deseara recomponer un episodio olvidado de su existencia.

Por otra parte, se reproduce este relato sobre los acontecimientos de 1843 porque pueden observarse en él importantes diferencias con el tono general de la obra. La primera que salta a la vista es que el autor ha renunciado al uso del habitual narrador en tercera persona al que nos tiene acostumbrado. En esta ocasión, la narración se realiza en primerísima persona, pues el yo presente no se sitúa como mero testigo de los hechos, sino como partícipe de ellos, aunque en un discreto segundo plano que, en ocasiones, pasa a ocupar mayor protagonismo. Resulta curiosa, también, la presencia de un receptor implícito en el relato, un personaje silente e incorpóreo a quien se dirige la narración y del que esperamos una intervención en algún momento que nunca llega a producirse. Este esquema narrativo nunca había sido empleado por González de la Serra y resulta bastante moderno, si se tiene en cuenta la fecha en que probablemente se redactó la historia. La narrativa del siglo XX nos ofrece abundantes ejemplos del procedimiento —recordemos, sin ir más lejos, el espléndido relato «Acuérdate», del mexicano Juan Rulfo—; pero a fines del XIX era un uso aún lejano en nuestras letras y el lector fiel al contexto creativo no puede sino esperar la irrupción de quien escucha tan larga perorata.

La segunda «rareza» que hace destacar la historia de Vicente, el talabartero, es, precisamente, la ausencia de «rareza». Las restantes narraciones de Historias fingidas incorporan siempre un elemento sobrenatural o fantástico, algo que no es explicable desde los presupuestos realistas. No obstante, nada hay en «Verano de 1843» que no pueda ser justificable. Sí falta información, claro está; pero el lector puede aventurar una o varias hipótesis verosímiles que hagan razonable el comportamiento de los actores del relato.

Salvando las peculiaridades indicadas, el relato que se presenta a continuación responde a las líneas dominantes de Historias fingidas. Figuran en la historia el habitual trazado urbano de la ciudad del ochocientos —en esta ocasión circunscrito a las zonas norte y este de la ciudad de entonces—, así como un marco histórico de los acontecimientos que responde verazmente a unos hechos comprobables: el bombardeo de Sevilla de julio de 1843 llevado a cabo por Antonio Van Halen Garci y Baldomero Espartero. El autor renuncia, como en otros relatos, a profundizar en el hecho histórico, empleado solamente como encuadre del comportamiento y la vida de los personajes, para centrarse en el recorrido vital del protagonista, que es ofrecido de manera sucinta y con notable escasez de datos biográficos y físicos.

Probablemente no sea «Verano de 1843» uno de los relatos mejor acabados de la obra, aunque a nuestro juicio presenta el interés de ocuparse de algunos de los seres corrientes que conformaban la caleidoscópica sociedad sevillana de mediados del siglo XIX, sometida no sólo al fuego de la artillería, sino también a la obsesión por ascender socialmente desde la nada.

JMGS

Defensa_de_la_barricada_de_la_calle_Sevilla_(Segunda_parte_de_la_Guerra_Civil._Anales_desde_1843_hasta_el_fallecimiento_de_don_Alfonso_XII)

Verano de 1843

No sé si te acuerdas del talabartero de aquí mismo, de la Feria. Sí, hombre, que tenía la tienda un poco más allá de la quincallería del asturiano. Era un hombre corto de estatura y arrastraba un poco la pierna izquierda. Por eso se libró de entrar en quintas y pudo continuar ayudando en los coloniales del padre. Tienes que recordarlo, hombre, que no ha pasado tanto tiempo. La mujer era una morena guapa, algo entrada en carnes, que se paseaba arriba y abajo de la calle envuelta en un pañolón largo hasta la rabadilla. Cargaba siempre con dos chiquillos, uno sucio y harapiento, y otro pequeño y llorón que le duró poco, lo que quisieron unas malas fiebres que le entraron por derecho. ¡Ay, el talabartero! Desde zagal lo conocía. Corríamos como diablos por los alrededores del mercado, inventando mil trapacerías en una competición secreta. Un día, el muy canalla se coló en el convento del Espíritu Santo, no me preguntes cómo, y arrambló con un saco repleto de magdalenas, rosquillas de vino, buñuelos de azúcar, pan de leche y qué sé yo más. Pero lo mejor fue el hábito completo con que se presentó ante nosotros y que las pobres monjas habían puesto a secar en el patio trasero. Imagino los gritos que darían las urracas cuando lo vieron trepar por la tapia, con el saco de viandas terciado en la espalda y el ropón de monja colgado del brazo. Debieron reconocerlo, porque al llegar a casa esa noche el padre lo recibió a correazos, me dijo. Lo menos veinte le propinó, los suficientes para sacarle a tiras el pellejo de la espalda y tenerlo en cama casi una semana. Después de aquello ya no volvió a ser el mismo. Cuando lo veíamos por la calle abreviaba el paso y hundía la cabeza entre los hombros. En ocasiones conseguíamos cercarlo en una esquina apartada de San Basilio o en la trasera de Omnium Sanctorum, donde ni su padre ni gente conocida pudiera vernos, y le preguntábamos por el hábito robado, por su ausencia, por su extraño comportamiento. Nos miraba entonces con tristeza y decía tener prisa, porque lo esperaban en el puesto del mercado o tenía que llevar mantequilla a una casa respetable de la calle Arguijo. Continuaba su camino mientras le gritábamos picardías e improperios. Pronto comprendimos que lo mismo que a él le sucedía nos había de acontecer a todos. Ya no éramos unos niños corretones criados al amor de la calle y los padres comenzaron a reclamarnos más y más. Había que echar una mano a la familia y labrarse un futuro. Yo tuve suerte, puesto que por intercesión de un conocido de mi padre pude entrar al servicio del notario González de Andía, el de la plaza de San Juan de la Palma. Otros compañeros de aventuras, en cambio, hubieron de conformarse con labores de carga en el mercado y volvían a casa sucios de sangre de cerdo, malolientes, con los ojos empañados por la rabia. El talabartero del que te hablo, Vicente Herrera se llamaba, al menos tuvo la suerte de deslomarse por lo que ya era suyo, en vez de trabajar como un animal hasta el momento de servir a la patria. Ni Vicente ni yo tuvimos que pasar por el regimiento: él gracias a su cojera; yo por la fortuna de estar empleado con un hombre de bien que arregló no sé qué papeles para dejarme libre de cargas militares. Así que pudimos continuar con nuestras vidas. Vicente se había casado por aquel tiempo y la mujer estaba a preñada de su primer hijo. Vamos, como para que hubiera tenido el pobre que incorporarse a la infantería y lo hubieran enviado a Ceuta a que le pegaran tiros los de las cabilas. Cierto es que alguien tenía que ir; pero la ciudad estaba llena de muchachos sin oficio ni beneficio deseosos de construirse un futuro. ¡Qué locura la juventud! En esos años el talabartero hablaba mucho de política. ¿No te acuerdas del verano del 43? Claro, hombre de Dios, cuando la revuelta contra Espartero. Ahora que ya peinamos canas vemos aquello como una estafa más de las muchas que hemos sufridos los españoles; no obstante, al calor de los acontecimientos realmente creíamos que los liberales y la reina niña iban a sacarnos de la miseria económica y moral en que nos enfangábamos. Muchos fuimos a vitorear la Constitución el 11 de junio y algunos cayeron bajo los cascos de los caballos. Mi notario estuvo desde el principio del lado del consistorio, participando —y yo con él— en las tareas de defensa de la ciudad, porque nadie dudaba de que Espartero no toleraría que Sevilla se le enfrentase y aplicaría contra la capital la misma receta empleada contra Barcelona el año anterior. Durante el tiempo que duró la revuelta charlé a menudo con Vicente. Ambos teníamos miedo del curso que tomaban los acontecimientos, sobre todo desde el momento en que nos enteramos de la llegada de Van Halen a Alcalá a principios de julio. Teníamos mucho, muchísimo, que perder: una familia casi recién estrenada, en su caso; un trabajo que me había permitido estudiar leyes y establecer un círculo de amistades prometedoras, en el mío. Ya no éramos niños ni jóvenes; sino ciudadanos honrados que habían logrado sepultar sus orígenes quincalleros, de mozos de cuerda, artesanos de manos sucias y mujerucas que cantan sus penas de un balcón a otro de la calle Feria. La apuesta liberal y los derechos conculcados de la reina nos enardecían, qué duda cabe; aunque no tanto como para poner en riesgo las bendiciones del destino. Ese fue el motivo de que en los primeros días de julio, cuando la cosa se puso realmente fea, Vicente y yo dejásemos de asistir a reuniones subversivas y pasásemos de puntillas por lo corros que surgían espontáneamente en plena calle. Pero no era posible mantenerse al margen por completo. El 17 de julio, recuerdo que bebíamos vino en un tascón de la judería cuando se empezaron a escuchar vítores y estallido de salvas. Nos acercamos junto con otros parroquianos hasta la misma Puerta de Carmona, por donde desfilaba la columna del brigadier Moriones que al día siguiente combatiría bravamente en la Cruz del Campo contra la caballería de Van Halen. No sé si fue el vino o la exaltación revolucionaria, pero Vicente y yo participamos esa jornada en las tareas de defensa arrimando sacos terreros para proteger las naves de San Bernardo y la fábrica de cañones. Ya no vi a mi amigo el talabartero hasta seis días después, tumbado cara al cielo, en la calle San Esteban, con las piernas cortadas por una maldita bala rasa y el resto del cuerpo destrozado por esquirlas de metralla y lascas de ladrillo. No tenía rostro, el pobre Vicente, porque un balcón herido por un obús había caído sobre su cabeza. Según informaron los testigos del hecho, ya estaba muerto al ser sepultado por los escombros. ¿Te preguntarás cómo supe de su muerte en el maremagnum de aquel día? Lo cierto es que fue algo extraño. Poco antes de encontrarme con su cadáver, la esposa se había presentado en el gabinete del notario para solicitar mi ayuda: «Yo sé que usted tiene mano. Mi Vicente me tenía dicho que si alguna vez le ocurría algo que lo buscase a usted, porque eran conocidos de la infancia». Así me enteré de su muerte, pero no me preguntes cómo lo hizo la esposa. Al caer la tarde acompañé a la viuda hasta la Puerta de Carmona, pasamos el cordón de seguridad de las milicias gracias a una esquela que me entregó González de Andía y accedimos a la embocadura de la calle donde hacía varias horas que el bueno del talabartero dormía el sueño de los justos. Se oía el ruido sordo de los impactos de los obuses, gritos histéricos, maldiciones, llantos. Apremiados por un cabo de carabineros, cargamos el cuerpo del desdichado en un carro y nos alejamos de la línea de bombardeo. La mujer no derramó una lágrima y solamente repetía una y otra vez que le había pedido que no saliera hoy de casa. Vicente murió como uno más de los cientos que cayeron aquella tarde de julio del 43, verdaderos héroes que hicieron posible el destierro de Espartero; aunque de poco sirvió, que ya sabemos cómo el personaje no ha dejado de ser santo y seña de este país nuestro, pese a bombardearlo y masacrarlo a voluntad. El caso es que te cuento toda esta historia porque hará una semana se presentó Vicente Herrera en mi despacho. Sí, el mismo talabartero que di por muerto en julio de 1843. Venía acompañado de una mujer negra, grande, y de tres críos del color del chocolate que parloteaban sin parar en una lengua rítmica capaz de alegrar la más triste de las conversaciones. Aunque estaba viejo, como yo mismo me veo cada mañana en el espejo, con el rostro surcado de arrugas, no me cupo la menor duda de quién era. Así lo atestigüé en el documento que me solicitaba para hacer valer sus derechos de herencia. No quiso el hombre contarme su historia ni falta que hacía, pues los signos visibles dejaban bien a las claras lo vivido. Sin embargo, he de reconocer que me reconcome el deseo de conocer las razones por las que desapareció sin más en 1843, por las que abandonó a mujer e hijos para lanzarse a la aventura caribeña. No soy chismoso y me niego a adentrarme en vidas ajenas, sobre todo cuando nada ha de cambiar por conocer las motivaciones que llevan a los seres humanos a dar un giro brutal a sus existencias. Tan sólo me dijo que había vuelto por lo que era suyo, ahora que el malhombre de su padre yacía enterrado y que Florentina, su hermana pequeña, había profesado en el convento de Santa Inés. Ni una palabra escuché sobre la esposa que había recogido el cuerpo de Dios sabe quién aquella tarde de julio de 1843. ¿Sabes lo que te digo? Que me alegro de no saber, amigo. Mejor es no revolver demasiado las cosas de otro tiempo.

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