Vicente Aleixandre está en la plaza

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En 1982 no había oído hablar aún de Vicente Aleixandre. Yo tenía dieciocho añitos y mis lecturas líricas se reducían a Bécquer, obviamente, y los poetas que habíamos estudiado en clase el año anterior: Manrique, Garcilaso, Fray Luis, San Juan, Quevedo, Lope y Góngora. Fin.

Entonces el cura Blas, el de Literatura, se puso a hablar de la diseminación-recolección. Se refirió a Góngora, al «goza cuello, cabello, labio y frente» y, después, a Vicente Aleixandre —sevillano como vosotros, dijo, premio Nobel, continuó, solitario entre la gente, terminó—, de quien nos leyó un poema:

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

Vicente Aleixandre, La destrucción o el amor (1935).

¡Magia! No entendí casi nada, salvo que se querían como yo imaginaba que habría de quererse, de día y de noche, en el mar o en la tierra, con los labios. Quedé atrapado por la última estrofa, esclavizado por la última frase: «Se querían, sabedlo». El poeta parecía contemplar el amor de otros, no el propio; el poeta deseaba que todo el mundo conociese ese amor. Había que poner el amor en la plaza, compartirlo para que fuera auténtico y completo. Nada de sentimientos escondidos, sino todo a la luz, presumiendo, haciendo alarde. Era imperioso que se supiera.

Pero el cura Blas siguió hablándonos de Aleixandre en otras clases. Porque el poeta no se había quedado en la mera contemplación, sino que años después decidió salir de la cueva y confundirse con todos en la plaza.

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor,  en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

Vicente Aleixandre, Historia del corazón (1954).

Decía el cura que ahí estaba la verdad, mirando cara a cara a la gente y no contemplando la imagen propia en un espejo. Todos sabíamos por entonces de qué pie cojeaba el cura, con sus pantalones de pana raídos, la chaqueta vaquera, las barbas descuidadas y los ojos diminutos que brillaban detrás de los cristales de un grosor imposible. Inmediatamente quise lanzarme a la plaza para buscarme entre los otros y comprender que no era nadie especial, tan sólo una más —nada menos— de los paseantes.

Pero es verdad que en la plaza no hay solamente gentes de bien. Allí están todos, los alegres y los tristes, los buenos y los malos, los que no son ni una ni otra cosa. Vivir sería muy sencillo si los otros siempre fueran lo que queremos. Así son las plazas, lugares donde no se reserva el derecho de admisión. En ella, por ejemplo, puede encontrarse uno con el niño raro…

Aquel niño tenía extrañas manías.
Siempre jugábamos a que él era un general
que fusilaba a todos sus prisioneros.

Recuerdo aquella vez que me echó al estanque
Porque jugábamos a que yo era un pez colorado.

Qué viva fantasía la de sus juegos.
El era el lobo, el padre que pega, el león, el hombre del
Largo cuchillo.

Inventó el juego de los tranvías,
y yo era el niño a quien pasaban por encima las ruedas.

Mucho tiempo después supimos que, detrás de unas tapias
lejanas,
miraba a todos con ojos extraños.

Vicente Aleixandre, Historia del corazón (1954).

Los niños raros dan un poco de miedo porque juegan como adultos y siempre parecen ir  un paso más allá. Pronto supe que también compartía la plaza con el niño extraño. Allí sigue.

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2 comentarios en “Vicente Aleixandre está en la plaza

  1. Como decía Holderlin (o Heidegger, no estoy seguro) “La poesía es la más peligrosa y más inocente de las ocupaciones”. Aleixandre era peligroso porque sabía expresar ideas subversivas de una manera inocente: las plazas suelen ser el inicio de las grandes revoluciones.
    Me alegro de volver a leerte, amigo José María.

    • Toda la razón, José Manuel. Casi todo empieza en las plazas, aunque no siempre dando voces ni dejándose ver. Esa es la lección de Aleixandre: estar, observar, empatizar, comprender… Un abrazo, amigo.

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