Asignatura pendiente

Cierto es que se han publicado numerosos estudios sobre la literatura del exilio republicano en los últimos cuarenta años y que, de cuando en cuando, llega a las pantallas de televisión algún documental sobre estos escritores olvidados. Sin embargo, no podrá negarse que para el español de cultura media la literatura exiliada no ha existido. ¿Manuel Andújar? ¿Rosa Chacel? ¿León Felipe? ¿Juan Gil-Albert? ¿Max Aub? Quizás a alguien le suene Ramón J. Sender, por su Requiem por un campesino español o La tesis de Nancy o la serie de televisión Crónica del alba; o el hecho de que Juan Ramón Jiménez y los poetas del 27 siguieron viviendo y escribiendo más allá de 1936. Es posible que alguno haya visto un montaje de La dama del alba, de Alejandro Casona o que tenga alguna idea de que un tal Francisco Ayala murió muy viejito hace no mucho tiempo. Quizás el nombre de María Zambrano perviva agazapado en un rincón de la memoria, junto a los de Américo Castro, Salvador de Madariaga o Sánchez Albornoz. Existe una posibilidad.

Cuarenta y un años después de la muerte del dictador todos estos nombres dicen poco al hombre de hoy. Al fin y al cabo eran unos pesados, todo el día enfrascados en una nostalgia enfermiza; siempre recordando esa guerra que les robó la tierra, la juventud y las ilusiones; fastidiando al lector con su desarraigo, con no sentirse parte de nada; tocando las narices de quienes los borraron de la faz de las letras. Sí, es verdad que eran buenos escritores, hondos, que decían cosas interesantes, que innovaron en las formas, que se abrieron a tendencias ajenas a nuestras sólidas fronteras morales, políticas y estéticas. Pero, ¿qué más, eh? ¿Bastaba con eso? Al parecer no, si se juzga por el espacio que se les dedica en los libros de texto actuales, en esas obras que ponen las bases de lo que un español de cultura media puede y debe conocer. ¿Están ahí? Quizás en un marginal; quizás algún nombre. Poco más, porque son el «agujero negro» de la letras españolas.

Y como en ocasiones resulta molesto tanto olvido, lanzo al viento un relato de Max Aub sobre el exiliado, sobre él mismo, quizás. Lean el texto hasta el final —que es corto, caramba— y díganme si no somos como el sobrino o, en el mejor de los casos, como las voces que dialogan y piensan que el testamento es lo único que hizo bien en su vida el pobre Remigio Salas.

— Nos quedamos de piedra. Porque, de veras, lo único que hizo bien aquel hombre durante su vida fue su testamento. Y cuando digo bien quiero decir algo que se saliera de lo ordinario. Porque bien ordinario fue aquel Remigio Salas, de Logroño, educado —si es que se puede decir— en Teruel. Comerciante en abonos, republicano porque lo fueron sus padres —al abuelo Andrés le quemaron los pies los carlistas, que llegó a sargento durante los treinta y tantos meses de nuestra guerra, que pasó íntegra en la milicia, sin herida. Lo evacuaron a Orán, estuvo unos días en Inglaterra, luego en Cuba y, desde fines de 1940, en México. Aquí entró en una casa de refacciones de coches —en Bucareli 287— donde trabajó hasta el día de su muerte, el 7 de julio de 1960. Le susurraban marica, pero no lo creo; indiferente, eso sí. Iba por el café, discutía poco. En 1950 trajo de España a un sobrino suyo, de Calatayud, al que pagó buen colegio y carrera. Acaba hoy la de veterinario, casado con una muchacha de Veracruz, muy guapa. El testamento nos sorprendió a todos, debió pensarIo mucho: lo dictó hace siete años a uno de esos notarios españoles refugiados que no pueden ejercer pero que de hecho lo hacen bajo el nombre prestado de un colega mexicano: Castellón, debe conocerlo: de Cuenca. Las últimas voluntades de Remigio Salas fueron más o menos éstas:

«Si muero en México, entiérreseme normalmente, es decir, acostado en un ataúd, cara arriba. Si muero en cualquier otro lugar de la tierra cuyo gobierno reconozca al de Franco, entiérreseme cara para abajo para no ver un mundo tan indecente. Si muero en España otra vez republicana, entiérreseme de pie. Si por casualidad, que no se puede prever, paso a mejor vida, en la que no creo, en la España de Franco, entiérreseme cabeza para abajo.»

— Lo de vuelto hacia la tierra no es nuevo. Lo pidieron algunos nobles del Franco Condado (otra vez el nombre de Franco) para no ver a su país dominado por Luis XIV: nostalgia de seguir siendo españoles.

— No creo que lo supiera el difunto.

— Claro que no.

— Dejó lo suficiente para que, en un caso dado, dieran vuelta o plantaran el ataúd, según las circunstancias.

— Por lo visto fue la ilusión de su vida.

— Nunca se sabe con quién se juega uno el dinero. Lo que sucedió fue que el sobrino, ignorando la existencia del testamento, lo hizo incinerar de buenas a primeras, siguiendo sus propios deseos. Ahí lo tiene, en la trastienda, un poco remordida la conciencia.»

Max Aub: Obras completas. Generalitat valenciana.

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