1916: buena cosecha

Comienza el año. También el literario. Probablemente durante este 2016 todos los focos, citas, homenajes, atenciones y demás «movidas culturetas» se encaminarán hacia esos dos monstruos que decidieron morir el mismo año, como si uno no quisiera quedar por debajo del otro. Sí, cuatrocientos años de la muerte de William Shakespeare y de Miguel de Cervantes. Es digno de celebrar tamaño evento, qué duda cabe.

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Pero sería una lástima que las luces deslumbrantes impidieran otras conmemoraciones centenarias. Porque en este 2016 se cumplen cien años ya del nacimiento de Camilo José Cela, de Blas de Otero y de Antonio Buero Vallejo. ¿Los recuerdan?

Hubo un tiempo en que los tres conformaban la «tripleta atacante» de la educación literaria de los bachilleres españoles. Ahora, en cambio, apenas encuentran acogida en algunas líneas de los libros de texto. Sus obras ya no se proponen como referencia lectora, supongo que a causa de lo incómodos que resultan. Cela, por una vida demasiado cercana al régimen franquista que a ojos del lector poco avisado impide apreciar el torpedo dirigido a la línea de flotación de la dictadura que es La colmena. Un ejemplo: doña Rosa, la del café

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia leñe y nos ha merengao. Para doña Rosa el mundo es su café, y alrededor de su café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo creo que todo eso son habladurías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni con primavera ni sin ella. A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por entre las mesas. Fuma tabaco de noventa cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de ojén, desde que se levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está de buenas, se sienta en la cocina, en una banqueta baja, y lee novelas y folletines, cuanto más sangrientos, mejor: todo alimenta. Entonces le gasta bromas a la gente y les cuenta el crimen de la calle de Bordadores o el del expreso de Andalucía.

Camilo José Cela, La colmena (1951).

Cierto es que en el fragmento no se nombra directamente al dictador ni a la represión ni se aborda con trazo grueso la España dividida en dos —o en tres o en cuatro— de la década de los cuarenta. El texto tan sólo describe a un personaje —doña Rosa— que ha salido triunfante del conflicto bélico, una «honrada» comerciante que bromea con sus clientes y a cuya verdad interior llegamos a través de modismos lingüísticos, el brillo de los ojos y los dudosos gustos artísticos y culinarios. La España triunfal en pocas palabras.

A Blas de Otero, por otra parte, nadie en su sano juicio lee ya. Hay quien dice que es necesario proponer a los jóvenes obras y textos con los que puedan conectar —¡qué horrible concepto este!—, así que basta con explorar el lirismo en las supremas letras del pop comercial o en la legión de «malotes» que pueblan el reguetón y el hip-hop. Quizás también valga algún poema de amor bien seleccionado, para que no les duela mucho la cabeza. Pero, desde luego, no tiene sentido enfrentarlos al horror de ser un ángel cargado con alas de cadenas

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
Al borde del abismo, estoy clamando
A Dios. Y su silencio, retumbando,
Ahoga mi voz en el vacío inerte.
Oh, Dios. Si he de morir, quiero tenerte
Despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
Oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
Solo. Arañando sombras para verte.
Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.
Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser –y no ser- eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

Blas de Otero, Ángel fieramente humano (1950).

Ni, por supuesto, hacerles creer que cuando todo parezca carecer de sentido siempre existirá el recurso a la palabra. ¡Valiente idiotez!

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
Lo que tiré, como un anillo, al agua,
Si he perdido la voz en la maleza,
Me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
Lo que era mío y resultó ser nada,
Si he segado las sombras en silencio,
Me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
Puro y terrible de mi patria,
Si abrí los labios hasta desgarrármelos,
Me queda la palabra.

Blas de Otero, Pido la paz y la palabra (1955).

No, no corren tiempos de blasdeoterismo, por eso debemos eliminarlo del horizonte de lecturas. El que llegue que lo haga por sus propios medios. Además, ¿para que sirve leer poesía pudiendo ver un capítulo de Juego de Tronos?

Y ya del bueno de Buero ni hablamos. Si acaso, Historia de una escalera que, como está ambientada en un bloque de pisos recuerda a La que se avecina o a Aquí no hay quien viva. Pero nada más allá, eh, nada de El concierto de San Ovidio con sus miserables ciegos, ni, por supuesto de El tragaluz, que la locura y la vejez y los deseos frustrados y cómo las ideas enfrentan a los seres humanos no son cosas sobre las que interese leer.

VICENTE. No es locura, es vejez. Una cosa muy corriente: arteriosclerosis. Ahora estará más sujeto en casa: les regalé la televisión el mes pasado. (Ríe.) Habrá que oír las cosas que dirá el viejo. (Tira una postal sobre la mesa.) Esta postal no le gustará. No se ve gente.
(Se abstrae. Se oye el ruido de un tren remoto, que arranca, pita y gana rápidamente velocidad. Su fragor crece y suena con fuerza durante unos segundos. Cuando se amortigua, el padre habla en el cuarto de estar. Poco después se extingue el ruido en una ilusoria lejanía.)
EL PADRE. (Exhibe un monigote que acaba de recortar.) Éste también puede subir.
(Mario interrumpe su trabajo y lo mira.)
MARIO. ¿A dónde?
EL PADRE. Al tren.
MARIO. ¿A qué tren?
EL PADRE. (Señala al frente.) A ése.
MARIO. Eso es un tragaluz.
EL PADRE. Tú que sabes…
(Hojea la revista.)
ENCARNA. (Desconcertada por el silencio de Vicente.) ¿No nos vamos?
(Abstraído, Vicente no contesta. Ella lo mira con curiosidad.)
MARIO. (Que no ha dejado de mirar a su padre.) Hoy vendrá Vicente.
EL PADRE. ¿Qué Vicente?
MARIO. ¿No tiene usted un hijo que se llama Vicente?
EL PADRE. Sí, el mayor. No sé si vive.
MARIO. Viene todos los meses.
EL PADRE. Y tú, ¿quién eres?
MARIO. Mario.
EL PADRE. Tú te llamas como mi hijo.
MARIO. Soy su hijo.
EL PADRE. Mario era más pequeño.
MARIO. He crecido.
EL PADRE. Entonces subirás mejor.
MARIO. ¿A dónde?
EL PADRE. Al tren.

Antonio Buero Vallejo, El tragaluz (1967).

En fin, que se cumplen cien años del nacimiento de estos tres escritores y mucho me temo que será difícil que alguien recuerde sus nombres. Pero hay que intentarlo, qué caramba.

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3 comentarios en “1916: buena cosecha

  1. Yo, desde luego, pienso volver a leerlos en clase, como suelo hacer todos los años en distintos niveles….¿no es curioso que a los alumnos de 1º de ESO les guste Historia de una escalera? Es cierto que hacen referencia a las series de moda, pero además les suelen conmover las historias de amor que Buero relata en ella. Gracias de nuevo por tus interesantísimas reseñas. Y feliz 2016

    • También me sorprende el que guste tanto Historia de una escalera. Supongo que es lo que tienen las obras buenas, bien construidas y “honradas”. Por eso Buero debiera ser una referencia constante. Me alegra que también tú luches contra los nuevos molinos de viento y ojalá se extendiera. Feliz años 2016, Pilar.

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