De tópicos en serie

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Casi por definición, el mundo de las series de televisión es terreno abonado para el tópico y la reducción al mínimo de realidades complejas. La televisión aspira a llegar al mayor número de espectadores posibles y, en consecuencia, los creadores se esfuerzan por eliminar todo impedimento de tal intento. Se trata de calcular una media entre los espectadores potenciales y ofrecerles un producto válido para todos, aunque no satisfaga por completo a ninguno. Así, al menos, parece ser en las cadenas generalistas, ya que la irrupción de otras formas de televisión parece estar alterando la máxima. La llegada de plataformas de televisión en Internet de alcance internacional —tipo Netflix y similares— permiten concretar un poco más la oferta, ya que la ampliación de potenciales espectadores a gentes de todo el mundo hacen posible series dirigidas a públicos más específicos. Con satisfacer a tu receptor supuesto puede garantizarse la audiencia necesaria para que la inversión sea un éxito. Esto explica la aparición de productos híbridos, desde el punto de vista del género, o narraciones complejas que difícilmente encontrarían acogida en las cadenas generalistas al uso, como es el caso de Sense 8.

No obstante, el nuevo ecosistema no impide que el tópico haga acto presencia cuando menos se lo espera. Uno de los protagonistas de Sense 8 es un actor —interpretado por Miguel Ángel Silvestre— que trabaja en México. Entre sus rasgos se destaca en uno de los episodios que es un gran bailarín, lo que se justifica por su ascendencia española. El personaje abunda sobre la cuestión diciendo que su padre enseñaba flamenco. ¿En Barcelona?, completa otro de los personajes antes de que Silvestre amplíe la información indicando que así es, aunque había nacido en Bilbao. De acuerdo, ya sé que es perfectamente posible nacer en Bilbao, ganarte la vida como profesor de flamenco en Barcelona y tener un hijo convertido en galán «supermacho» de cine en México. Pero es raro, creo yo. La referencia no pasa de ser una pura anécdota que no influye lo más mínimo en el desarrollo del relato; pero es sintomática de la supervivencia de los tópicos nacionales incluso en productos teñidos de modernidad y riesgo. Quiero pensar que el guionista ha querido incluir demasiadas referencias en la construcción del personaje, ha querido jugar con las ideas de tradición y modernidad sin que se note demasiado. Me explico: un latinlover que es homosexual; un español de toda la vida —de ahí la referencia al flamenco— que procede de ese icono de la modernidad en que se ha convertido Barcelona en el imaginario internacional; la alusión a un Bilbao que ha ganado prestigio «de vanguardia» gracias al Guggenheim, aunque sigue estando cerca la «racial» Pamplona de los sanfermines, objeto de deseo de cierta juventud norteamericana.

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Por supuesto también es posible que no haya intención alguna y que todo se deba a la simple y tradicional visión de una España única en la que Barcelona, Bilbao y el flamenco son la misma cosa. Al fin y al cabo, no creo que los espectadores españoles adviertan muchos matices en las personalidades de un natural de Texas y otro de Arkansas. Es más, no creo que haya un carácter común entre los nacidos en un lugar, pese a que el cine, la publicidad o las series de televisión se empeñen en ofrecernos una idea uniforme, asumible, integrada, fácilmente comprensible y satisfactoria de las cosas.

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