Shakespeare y la estupidez (según el modelo de Cipolla)

CIPOLLAA medio camino entre la broma liviana y el sugerente análisis social, el historiador económico italiano Carlo María Cipolla dejó en su ensayo “Las leyes fundamentales de la estupidez humana” unas ideas que pueden ser de enorme utilidad para quien hoy desee afrontar la reflexión sobre la sociedad o los productos culturales contemporáneos desde una perspectiva menos transitada. En el prólogo al librito Allegro ma non troppo, donde aparece publicado junto a otro breve ensayo en 1988, el investigador reconoce abiertamente que el origen de su obra reside en poco más que una broma destinada a su círculo de amistades más cercanas. Pese a ello, también acepta el autor que bajo la suave capa de humor y el tono desenfadado puede descansar algo más válido y profundo:

“El humorismo es, claramente, la capacidad inteligente y sutil de poner de relieve y destacar el aspecto cómico de la realidad. Pero es también mucho más que eso.”

Cipolla es consciente de que su ensayo puede ser malinterpretado y entendido como una crítica contra los modos de relación social actuales emitida por un ser que se sitúa por encima de los demás. Para anticiparse a esa idea, en el prólogo se esfuerza en distinguir sucintamente el humor de la ironía:

“El humorismo es distinto de la ironía. Cuando uno es irónico se ríe de los demás. Cuando uno hace humorismo se ríe con los demás. La ironía genera tensiones y conflictos. El humorismo, cuando es utilizado en la medida justa y en el momento oportuno (y si no se utiliza en la medida justa ni en el momento oportuno no se trata de humorismo), es el mejor remedio para disipar tensiones, resolver situaciones que podrían resultar penosas y facilitar el trato y las relaciones humanas.”

La obra, pues, está escrita en clave de humor -que no de ironía-; pues el humor es para Cipolla algo más que una opción intelectual: es un “deber social” del que puede derivar una mejora del estado en que la humanidad se encuentra. Precisamente, es el mal funcionamiento de las sociedades lo que justifica que el historiador se apreste a encontrar las razones que de una u otra forma lo explican. Con la exposición de esa premisa da comienzo el ensayo:

“La humanidad se encuentra -y sobre esto el acuerdo es unánime- en un estado deplorable. Ahora bien, no se trata de ninguna novedad. Si uno se atreve a mirar hacia atrás, se da cuenta de que siempre ha estado en una situación deplorable.”

Y en pocas líneas lanza la gran afirmación que da cuerpo al ensayo: la culpa del “deplorable estado” en que se encuentran las sociedades humanas hay que achacarla a una parte de sus integrantes:

“Se trata de un grupo no organizado, que no se rige por ninguna ley, que no tiene jefe, ni presidente, ni estatuto, pero que consigue, no obstante, actuar en perfecta sintonía, como si estuviese guiado por una mano invisible, de tal modo que las actividades de cada uno de sus miembros contribuyen poderosamente a reforzar y ampliar la eficacia de la actividad de todos los demás miembros.”

En las páginas que siguen a tan radical planteamiento, Cipolla se esfuerza en concretar el carácter y lo determinante de las acciones de los individuos estúpidos; y lo hace de una manera breve y concisa: formulando cinco leyes que se antojan indiscutibles:

Primera Ley Fundamental

“Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.”

Segunda Ley Fundamental

“La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.”

Tercera Ley Fundamental (Ley de Oro)

“Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.”

Cuarta Ley Fundamental

“Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas.”

Quinta Ley Fudamental y su corolario

“La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe.”
“El estúpido es más peligroso que el malvado.”

Al hilo de las Leyes Fundamentales, el autor aporta ejemplos explicativos, clasifica la humanidad según el resultado de sus acciones y, en definitiva, hace una propuesta válida para analizar la evolución o involución en el devenir humano.

La actualidad del solar patrio nos ofrece sobradas muestras de que el planteamiento formulado por Cipolla en 1978 sigue constituyendo una útil pasarela de acercamiento al conocimiento social. Sin embargo, no quisiera dedicar estas líneas al análisis de un hoy que pudiera explicarse mediante beneficios ocultos que escapan a mi conocimiento o pueden ser materia de discusión acalorada. Prefiero, en cambio, aplicar el modelo a entes de ficción eternos, quizás llevado por aquellas palabras que Monterroso nos legara en su famoso “Decálogo del escritor”:

“No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.”

Y si de eternidad se trata, pocas obras lo son más que el drama Romeo y Julieta, de William Shakespeare, obra en la que la estupidez humana alcanza un papel tan significativo que cabría tachar de inquietante. Pongámonos en situación escuchando la interpretación que hace Mark Knopfler de la obra.

La malhadada relación del joven Romeo y la niña Julieta ha pasado a la historia de la cultura occidental como suprema expresión de la entrega amorosa, se ha convertido en un mito a cuyas fuentes textuales se acercan menos personas de las que cabría desear. Probablemente sea esa la razón de que suela citarse el drama solamente en virtud de su contenido amoroso y se olvide que dicha relación no es más que una parte de un todo mucho más complejo. Quienes recalan en la historia de estos jóvenes suelen olvidar las primeras palabras del drama shakespereano:

“En Verona, lugar de la acción, sangres ciudadanas manchan manos ciudadanas”

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Gustav Klimt: «El beso»

El dramaturgo inglés parece dejar bien claro desde el principio de la obra que su intención no se circunscribe a versionar una historia amorosa individual, sino que pretende ofrecer al espectador una muestra de mal funcionamiento social y una propuesta -bien que idílica- de resolución. Adviértase que la obra discurre en torno a dos acciones que se influyen mutuamente: por un lado, la acción social que escenifica el paso del odio a la paz; por otro, la acción personal de unos protagonistas que alcanzan por breve instante la plenitud amorosa y acaban sucumbiendo ante los designios de la fortuna. Ambas acciones se interrelacionan, de modo que la resolución de una sólo es posible gracias a la otra. La paz social se alcanza por fin en Verona tras el trágico desenlace de la relación amorosa entre los jóvenes, y el funesto desenlace de los amores es provocado por la situación de enfrentamiento entre familias que vive la ciudad.

Los personajes que pueblan el microcosmo construido por Shakespeare presentan diversas caracterizaciones y funciones. Si aplicamos sobre ellos los tipos humanos sugeridos por Cipolla, comprobaremos que solamente dos de ellos aparecen reflejados; notándose la ausencia del tipo “inteligente”, aquel que en la taxonomía del estudioso italiano se define por alcanzar el bien propio y propiciar el bien ajeno, y del tipo “malvado”, aquel que se beneficia de sus propios actos y causa perjuicio en los otros. La mayoría de estos personajes encajarían dentro del grupo de los “incautos”, es decir, el de quienes se infligen un daño propio y consiguen un beneficio ajeno. Sin duda, la pareja protagonista es la que mejor representa esta situación, pues por sus acciones alcanzan la muerte y ésta trae la paz estable para la sociedad en miniatura dibujada por el escritor inglés. En un segundo plano, también podrían asignarse a esta categoría los padres de los enamorados e, incluso, el Príncipe della Scala, regidor de Verona.

Pero, junto a los desgraciados, la clase de los “estúpidos” ofrece una muy relevante representación en Romeo y Julieta. Se cumple así la primera de las Leyes fundamentales dictadas por Cipolla, pues nosotros, los lectores, subestimamos inconscientemente el número y, sobre todo, la importancia de los estúpidos presentes en la obra. Quizás esa ceguera del lector pueda deberse a la incapacidad para reconocer que un dramaturgo rotundo como Shakespeare pudiera hacer descansar la vida de sus protagonistas sobre unos secundarios tan inconsistentes como Mercucio o Tebaldo.

Es probable que el más claramente estúpido de los caracteres dramáticos sea el pobre Mercucio. En su persona se ilustra a la perfección la segunda de las Leyes cipollianas, ya que parecen adornarle todas las cualidades necesarias para ser dibujado como un ser inteligente o malvado, pues ambas categorías comparten los mismos rasgos y se antojan como caras opuestas de una misma moneda. Sin embargo, no es así. Mercucio, miembro de la familia gobernante y, por tanto, ajeno a las trifulcas entre Montesco y Capuleto, burlón y simpático, es el compañero de farra de Romeo, una especie de guía espiritual del joven Montesco. A todas luces parece un personaje inofensivo. ¿Qué beneficio obtiene de su comportamiento en el drama? Ninguno. Se encuentra en el peor sitio en el peor momento. Su acción determinante en la obra es interponerse en el odio manifiesto que Tebaldo le profesa a Romeo y morir a consecuencia de una estocada que no iba dirigida contra su persona. A consecuencia de su acto estúpido, la remota esperanza de felicidad que se abría para Julieta y Romeo se desvanece. No olvidemos que en el momento de la muerte de Mercucio Romeo se planta ante Tebaldo después de haber contraído matrimonio secreto con Julieta. Llega el joven dispuesto a no pelear, a perdonar a Tebaldo cualquier tipo de provocación hasta hacerle partícipe del cambio que dicho matrimonio debe operar sobre la inestable sociedad veronesa. Pero ahí aparece Mercucio para dejarse matar y provocar con su muerte el estallido de ira de Romeo, el asesinato posterior de Tebaldo y la subsiguiente declaración de la Señora Capuleto: “Romeo no debe vivir”. El matrimonio secreto ya no tiene la más mínima posibilidad de éxito. Como se sabe, vendrán después la huída a Mantua, las cartas perdidas y los equívocos que conducen al suicidio de los enamorados. En definitiva, la acción de Mercucio ha acarreado su propio mal y el de cuantos lo rodean: un estúpido en toda regla en quien pueden personificarse todas los principios expuestos por Carlo María Cipolla.

El otro secundario imprescindible del drama shakespereano no le va muy a la zaga. Tebaldo, al igual que Mercucio, sólo consigue traer el mal para sí mismo y ser el desencadenante del desastre absoluto. Su actitud belicosa y vociferante no le procura ningún bien y sí la ruptura de una trama dramática que apuntaba a una solución convincente. Mercucio y Tebaldo se convierten en virtud de sus actos en el centro neurálgico del drama personal que se muestra en Romeo y Julieta.

Shakespeare, gran conocedor del alma humana, parece coincidir con Cipolla y su quinta Ley, pues es sabedor de que un estúpido resulta mucho más peligroso que un malvado. Una tragedia tan absoluta como Romeo y Julieta debía descansar por fuerza sobre las acciones de dos personajes verdaderamente nocivos y no sobre simples villanos que buscaran su propio bien a costa del mal ajeno. La habilidad del dramaturgo se muestra en la situación de ambos personajes en un segundo plano, escamoteando así su protagonismo al espectador, y en la presentación de los mismos como caracteres aparentemente contrarios. Juega Shakespeare con nosotros al presentar a Tebaldo como un malvado y a Mercucio como un pobre incauto, cuando no son más que dos estúpidos -tal para cual- y, por tanto, tremendamente peligrosos para cuantos comparten con ellos sus vidas. Los seres perversos pueden ser vencidos, o así parece indicarlo Shakespeare con el Príncipe Don Juan de Mucho ruido y pocas nueces; sin embargo, los estúpidos terminan por sumirnos en el caos, porque sus acciones escapan a la razón.

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