La extraña sencillez de Carson McCullers

Carson McCullers

Fue Carson McCullers (1917-1967) una mujer extraña, como casi todos esos escritores del Sur de Estados Unidos que durante el siglo XX forjaron una de las más potentes narrativas de la historia de la literatura. Grandes ojos abiertos a la realidad circundante, tozuda, que aflora permanentemente en unas novelas y relatos presentados como fragmentos de vidas en los que a menudo nada sucede fuera de lo normal —de lo que percibimos como normal—, aunque rara vez lo sea. Porque los personajes y situaciones de sus textos distan mucho de representar un mundo convencional: violencia, soledad, diferencia, marginalidad.

Desde una aparente sencillez narrativa, la escritora consigue comunicar una emoción que otros textos más artificiosos, trepidantes o convencionalmente emotivos no son capaces de lograr. Es otra forma de contar historias, al parecer hoy en desuso. ¿Cuál es el secreto? Difícil de precisar. Quizás resida en la empatía que se produce entre la autora y sus lectores o, mejor, entre los argumentos de sus relatos y los lectores. Las tramas de McCullers son perfectamente identificables. No es imposible que el lector se vea reflejado en algunos de los personajes que pueblan sus textos o que reconozca las situaciones narradas, directa o indirectamente. Son, en verdad, tramas duras nacidas en la frontera de la «normalidad», pero sin una pizca de falsedad que las alejen de nosotros y nos impida identificarlas como algo auténtico, pese a no ser reales. Hay algo de magia en las palabras de Carson McCullers, hasta el punto de pensar que sus narraciones son como el whiskey servido por la señorita Amelia, la protagonista de La balada del café triste:

«La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella.»

Escribía Antonio Muñoz Molina hace ya algunos años que la literatura no era más que un artículo de lujo que se antojaba indispensable, porque funcionaba como una ventana que permitía ver el exterior y como un espejo que nos devolvía nuestra propia imagen. Algo así provoca la lectura de los relatos de Carson McCullers: permiten ver más allá y, a la vez, más acá; fuera y dentro, tan fácil de decir y tan difícil de lograr. En ocasiones, la narración pone el foco de atención en un trío de adolescentes, casi niños, que deben aprender a integrarse en el mundo; otras veces, se vale de una voz solitaria —extraña, como la escritora misma— que observa desde su ventana el paisaje humano que la rodea; o se centra en las relaciones amorosas entre personajes incapaces de amar. Sucesos narrados, en definitiva, no muy diferentes de los que cada día se viven, aunque llevados hasta el límite en muchas ocasiones.

Técnicamente, a McCullers le divierte jugar un poco con el lector e introduce en sus textos un poco de intriga, alguna frase salpicada aquí y allá que aluda a un suceso determinante que aguarda en el futuro de sus personajes y mantenga así la tensión de la trama. La estrategia, sin embargo, pierde pronto su efecto: el receptor, tras la lectura de un par de relatos, sabe ya que ese dead line, esas referencias al «día en que todo cambió», por ejemplo, no anuncian un hecho narrativo tan poderoso como cabría esperar. No va a suceder nada objetivamente emocionante, según los cánones convencionales, sino una de esas pequeñas transformaciones que la vida nos tiene reservada para bien o para mal. Curiosamente, la estratagema funciona a pesar de ser perfectamente reconocida. Sin desearlo, el lector se ve envuelto en ese juego falso de intrigas que no son tales. Es posible que la razón resida en que la vida misma no es muy diferente, una sucesión de expectativas que terminan por ser, simplemente, cambios asumidos sin más.

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