Miguel Mihura o la felicidad imposible

Miguel Mihura: Tres sombreros de copa. Edición de José María González-Serna Sánchez. Madrid, Edelvives, Clásicos Hispánicos, 2014.
Miguel Mihura: Tres sombreros de copa. Edición de José María González-Serna Sánchez. Madrid, Edelvives, Clásicos Hispánicos, 2014.

Enciendo el televisor y me sorprendo con las sonrisas permanentes de unos actores atareados en sus labores domésticas como si de la suprema expresión de la felicidad se tratase. Cambio de canal y una alegría perfectamente estudiada vuela desde un plató hasta mi salón a través de la pantalla. La radio repite hasta la saciedad música festiva que habla del amor, la luz, la playa, el calor y la diversión irreflexiva. Apago los receptores y recuerdo un momento a don Rosario:

DON ROSARIO. Usted ya conoce la historia de aquel pobre niño que se ahogó en el pozo…
DIONISIO. Sí. La sé. Su niño se asomó al pozo para coger una rana… Y el niño se cayó. Hizo «¡pin!», y acabó todo.
DON ROSARIO. Ésa es la historia, don Dionisio. Hizo «¡pin!», y acabó todo.

Quizás, después de todo, la vida no sea tan feliz. Es posible, por ejemplo, que los alegres momentos se vean trufados de pequeñas tragedias cotidianas, que la alegría derivada de aplicar alguna mágica pomada sobre las hemorroides no pueda entenderse sin el previo sufrimiento callado y vergonzante. O todo puede ser al revés y la frustración vital tan sólo pueda olvidarse en el transcurso de una noche de locura en la que atisbar otras vidas posibles que al amanecer se escaparán inexorablemente entre los dedos. Supongo que una visión u otra dependerán de la perspectiva adoptada, porque en cuestiones tan determinantes no hay una única verdad. En última instancia, la existencia no es más que negociar nuestras expectativas con la coyuntura en que nos encontramos; y la felicidad no puede ser otra cosa que el justo equilibrio —si es que es posible— entre deseos y realidades.

Ese choque entre la realidad y el deseo es el que muestra Miguel Mihura en Tres sombreros de copa. Todos los personajes de la comedia desean algo que no pueden lograr y, en consecuencia, ninguno es capaz de alcanzar la felicidad plena. Sin embargo, todos esos personajes —al menos en el corto espacio de tiempo de la representación— parecen vivir ajenos a su realidad y se aferran a un presente engañoso en el que nada es lo que parece ser. Y aparentan ser felices. El resultado es una obra teatral donde la risa esconde un mar de fondo de dolor que aflora en determinadas circunstancias bajo el hábil control de un dramaturgo empeñado en no ceder ante el sufrimiento. Seguro que quienes hayan disfrutado de la obra recordarán las carcajadas que brotaban, incontenibles, al son del cornetín del viejo dueño del hotel o al contemplar la ridícula apariencia de un tímido Dionisio ataviado como un seductor nocturno, con su pijama de seda y ese sombrero de copa que le hace cara de salamandra. También recordarán, por supuesto, la rabia contenida de un Dionisio condenado a desayunar huevo frito cada mañana del resto de su vida, y es posible que no puedan reprimir unas lágrimas al pensar en la pobre Paula en el momento de descubrir la verdad sobre su amado Tonini. Mihura juega con el espectador llevándolo de la comedia al drama, como en la vida misma. Este año, mientras preparaba la edición de la obra que la editorial Edelvives amablemente me encargó, volví a reencontrame con esa extraña sensación de no saber si reír o llorar: ¿cómo comportarse ante la trágica comedia de los amores de Paula y Dionisio? ¿cómo valorar las palabras de El odioso señor? ¿qué posición tomar ante el desparpajo de Fanny? ¿por qué no es posible sentir ni una gota de lástima por esa cursi Margarita incapaz de nadar y hacer el salto del ángel? La respuesta es simple: el autor es un ser cruel. Lo es porque bajo el disfraz cómico ha encerrado una tragedia en toda regla; pero, sobre todo, lo es porque consigue que el espectador que asiste despreocupado a una función cómica termine por sentirse culpable de su propia risa.

Cuando me acerqué por primera vez a Tres sombreros de copa quedé encantado por la habilidad lingüística y dramatúrgica de Mihura. Ahora, treinta y tantos años después, creo que por fin he comprendido la intención del autor. Al hilo del trabajo de edición y mientras redactaba el estudio introductorio me he dado cuenta de que la posición de Mihura ante la vida no es tan diferente de la mía: como él, he perdido con los años la ingenua fe en la felicidad; al igual que él, me niego a embarrarme en lo negativo. Vivir no es más que un camino repleto de pequeñas frustraciones que conviene enfrentar con una sonrisa en los labios. Lean —o relean—Tres sombreros de copa, rían con el lenguaje y las situaciones, lloren si lo necesitan, y después sigan viviendo, aunque duela. No olviden las últimas palabras de la protagonista de la comedia: «¡Hoop!». El espectáculo debe continuar.

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