Sorpresas femeninas (comentario de fragmentos del Decamerón)

A mediados del siglo XIV, Boccaccio brinda una tremenda sorpresa en la primera novela de la jornada IV del Decamerón. Una mujer, Ghismunda, se enfrenta a Tancredo, su padre, en defensa de su propia sexualidad. Ella se ha enamorado en alma y en cuerpo del joven Guiscardo, ha yacido con él porque su deseo la ha empujado a ello y, cuando sus actos salen a la luz, no siente la más mínima prevención en reafirmar sus sentimientos:

Debe serte, Tancredo, manifiesto, siendo tú de carne, que has engendrado a una hija de carne y no de piedra ni de hierro; y acordarte debías y debes, aunque tú ahora seas viejo, cómo y cuáles y con qué fuerza son las leyes de la juventud, y aunque tú, hombre, en parte de tus mejores años en las armas te hayas ejercitado, no debías, sin embargo, conocer lo que los ocios y las delicadezas pueden en los viejos, no ya en los jóvenes. Soy, pues, como engendrada por ti, de carne, y he vivido tan poco que todavía soy joven, y por una cosa y la otra llena del deseo concupiscente, al que asombrosísimas fuerzas ha dado ya, por haber estado casada, el conocimiento del placer sentido cuando tal deseo se cumple. A cuyas fuerzas, no pudiendo yo resistir, a seguir aquello a lo que me empujaban, como joven y como mujer, me dispuse, y me enamoré.

La mujer no es una roca inerte, sino un ser humano que siente y padece como la otra mitad de la humanidad y, en consecuencia, no tiene por qué esconder sus necesidades; antes al contrario, la fuerza natural de las mismas obliga a reafirmar su voluntad de gozar y amar cuanto fuere menester. Todo esto en boca de una mujer de papel y manuscrito que comparte época con angelicales visiones a orillas del Arno o con damas de dulce laurel coronadas.

Pero la sorpresa mayúscula no se reduce a la constatación de su carnalidad. Ghismunda cuestiona también la idoneidad social del amante por ella elegido, anticipándose a las protestas del padre:

La virtud primeramente hizo distinción entre nosotros, que nacemos y nacíamos iguales; y quienes mayor cantidad de ella tenían y la ponían en obra fueron llamados nobles, y los restantes quedaron siendo no nobles. Y aunque una costumbre contraria haya ocultado después esta ley, no está todavía arrancada ni destruída por la naturaleza y por las buenas costumbres; y por ello, quien virtuosamente obra, abiertamente se muestra noble […] Mira, pues, entre tus nobles y examina su vida, sus costumbres y sus maneras, y de otra parte las de Guiscardo considera: si quisieras juzgar sin animosidad, le llamarías a él nobilísimo y a todos estos nobles tuyos villanos.

La nobleza reside, a ojos de Ghismunda, en los actos individuales y no en la herencia. Toda una declaración de raíz burguesa con la que pretende desmontar la inmovilidad de la estructura social medieval.

El alegato de la muchacha va aún mucho más allá al entrar en el pantanoso terreno de las normas morales:

sé cruel conmigo porque no estoy dispuesta a rogarte de ningún modo que no lo seas como que eres la primera razón de este pecado, si es que pecado es; por lo que te aseguro que lo que de Guiscardo hayas hecho o hagas si no haces conmigo lo mismo, mis propias manos lo harán.

Duda de que sus actos sean pecado y, sobre todo, pide a su padre que acabe con su vida al igual que lo hizo con la del amante. De no ser así, Ghismunda manifiesta con rotundidad que sus propias manos obrarán en consecuencia. El suicidio, la usurpación de la potestad divina, es mostrado como única salida posible de la situación creada por el padre. Ciento y pico años después, una muchacha llamada Melibea optará también por regenerarse en un vuelo llevada del amor, la desesperación y la certeza de que no hay futuro posible.

Boccaccio construye en esta novela una perfecta defensa de la individualidad que no atiende a represiones sexuales ni sociales ni, incluso, morales. La Edad Media está agonizando y llama a la puerta un nuevo tipo de ser humano, hombre y mujer, que se niega a conformarse con lo que es tradicional y socialmente aceptado. Hoy, casi siete siglos después, la argumentación de Ghismunda puede seguir teniendo validez.

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