Al caer la tarde, Belchite

De Teruel a Zaragoza por la Autovía Mudéjar no es posible pasar —no debe serlo— por el desvío hacia Belchite sin dirigir los pasos hasta un lugar que es historia pura de nuestro país. La carretera atraviesa en primer lugar las viñas de Cariñena, tan acogedoras, tan interminables; pero pronto la tierra blanca y el pedregal secano se imponen. Parece como si la naturaleza fuera consciente de su destino de eterno campo de batalla y se esmerase en brindar a los hombres un entorno agresivo y duro, un lugar sobre el que dirimir viejas rencillas, matar y morir siempre, a todas horas. El campo de Belchite.

Como bien se sabe, hay dos Belchites, el nuevo y el viejo, el que se quiere desnudar de los ropajes del pasado y el que permanece en pie a duras penas para recordar al viajero que las guerras no siempre suceden en montañas lejanas ni nos son tan ajenas como a veces pensamos. La barbarie también es patrimonio nuestro y las ruinas de la que un día fue floreciente población, cuajada de mudéjar siguen en pie para mostrarnos una verdad que va más allá de lo que los libros de historia suelen resolver en unos pocos párrafos. La entrada en el pueblo viejo ya muestra lo que es Belchite: una calle destruida, una gigantesca cruz de hierro, el resto de una torre mudéjar al fondo.

No hubo en Belchite una única batalla, sino muchas más; aunque sin duda fue el asalto republicano del verano de 1937 el que más ha quedado grabado en la memoria. Tras el alzamiento de julio de 1936, un grupo de militares sublevados y falangistas se hacen fuertes en la población hasta que esta es tomada el 6 de septiembre de 1937 por el Ejército del Este y las XI y XV Brigadas Internacionales, después de catorce días de combates. Posteriormente, sería recuperada por el bando nacionalista en su avance. Las consecuencias podemos apreciarlas hoy en los edificios destruidos, las torres arrasadas y las calles destrozadas.

Sin embargo, lo que provoca más tristeza no es el recuerdo de la barbarie bélica, sino la constatación de cómo la injusticia continuó con posterioridad a los enfrentamientos. En 1940, el general Francisco Franco decide construir un nuevo Belchite y dejar las ruinas del viejo como testimonio de la brutalidad. Los habitantes del pueblo hubieron de renunciar a sus casas y alojarse en las nuevas —construidas con la ayuda de un batallón de presos republicanos— pagando un «módico» alquiler. Pese a la expropiación, los antiguos propietarios siguieron siendo responsables de los daños ocasionados por sus antiguas viviendas, por lo que muchos tomaron la decisión de derruir sus casas para evitar males mayores. Aunque a los belchitanos se les prometió que las nuevas casas serían gratuitas, al final tuvieron que adquirirlas o abandonar la población. El resultado fue la disminución de la población a menos de la mitad. En la puerta de la Iglesia de San Martín puede leerse hoy una letrilla que habla del dolor de quienes se vieron golpeados por la historia, por los intereses propagandísticos y por las promesas incumplidas.

Hoy el pueblo viejo de Belchite es una ruina que apenas se tiene en pie gracias al esfuerzo de unos pocos belchitanos. No debemos engañarnos y pensar que lo que hoy se ve es el resultado de los bombardeos y los combates. Es consecuencia del abandono y de la decisión propagandística de unos poderes públicos que decidieron dejarlo como testimonio —sin asumir el costo de la operación de marketing— en vez de reconstruirlo, como sucedió en tantos otros sitios de la geografía española.

Si nuestra país algún día fuese capaz de asumir su historia, sería un espléndido sitio para que los españoles tomáramos conciencia de lo que fuimos y lo que somos, sin partidismos ni discusiones que ya poco sentido tienen. Belchite es el recuerdo de la guerra que destruyó España entre 1936 y 1937, una guerra como esas que nos asombran al verlas en la televisión y que tenemos tan cerca y tan lejos a. Belchite es el espléndido escenario de una tragedia humana que se repite una y otra vez.

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