Cuando tomar un café se complica

Allá por el siglo XIX, Justino Matute daba cuenta en sus Anales de la aparición en 1758 del primer café sevillano. Estaba situado en la antigua calle Génova, nombre que recibía el tramo de la actual Avenida de la Constitución situado entre la Plaza de San Francisco y la esquina con calle Alemanes. También estuvieron situados en dicha calle los establecimientos que inmediatamente surgieron a imagen y semejanza del pionero.

«También vio Sevilla por primera vez… un café que se estableció frente a la Punta del Diamante bajo los portales, en que se servía esta bebida, té y chocolate, curiosidad que no he querido omitir por la generalidad e importancia que después se ha dado a semejantes establecimientos».

Por aquel entonces, la calle era mucho más estrecha que en la actualidad y su actividad económica principal estaba vinculada al mundo del libro, con abundancia de impresores, vendedores y, lógicamente, los compradores de tales productos. En definitiva, terreno abonado para que triunfasen estos establecimientos donde por el precio de un café puede pasarse la tarde viendo pasar la vida en animada charla.

En la cita de Matute se alude también a la Punta del Diamante, que es como se llamaba a esa esquina de Génova en cuyo bajo se encontraba una tienda de quincalla en los tiempos del asistente Arjona. El lugar fue ocupado después por un despacho de ultramarinos muy afamado y, por último, un famoso café convertido en uno de los centros neurálgicos de la vida cultural sevillana durante las décadas centrales del siglo XX. Fue esa esquina un lugar emblemático de la ciudad. Allí se reunía, por ejemplo, la tertulia de Santiago Montoto por los años cuarenta del pasado siglo, de lo que da buena cuenta la fotografía que figura a continuación.

Tertulia_Punta_Diamante
Fuente: @genovacafebar

Muchas son las anécdotas que podrían contarse sobre la Punta del Diamante. Si nos decantáramos por las historias truculentas, no cabe duda de que habría que aludir al asesinato de Rafael Bienvenida. Fernando Orgambides ofrece en su blog un breve resumen que permite hacerse una idea aproximada: la vivienda situada encima del café pertenecía al torero Ignacio Sánchez Mejías y en ella se encontraba un día de la primavera de 1933 el hijo del matador de toros junto a Rafael Bienvenida cuando hizo acto de presencia un empleado de la familia Bienvenida. El deseo, el rechazo, los celos y la ira se conjugaron para que dos disparos acabasen con la vida del niño Bienvenida, de tan sólo diecisiete años. Un tercer disparo sirvió de punto final a su asesino, incapaz de vivir sin el muchacho. Un drama sevillano de esos que se cuentan bajito, como sin querer, al tiempo que se menea la cabeza y se musita un sentido «lástima de vidas».

Pero junto a los dramas de la gente conocida, la Punta del Diamante también fue escenario de otras pequeñas tragedias de andar por casa. Allí, por ejemplo, murió no sé con exactitud en qué fecha, José González-Serna. La noticia de su muerte la conozco por las historias que narraba mi padre, otro José González-Serna que, de cuando en cuando, dejaba caer alguna anécdota entre la realidad y la ficción. «Mira, José María, ahí se sentaba tu tío Pepe el Gordo. Tenía que hacerlo sobre dos sillas juntas, porque no cabía en una». Y me hablaba, más que de su muerte, de cómo todos los mediodías tan orondo personaje se dejaba caer en La Punta del Diamante para tomar su copita de vino y charlar de sus cosas con quienes por allí se encontraban. «Murió como vivió», terminaba siempre diciendo mi padre. Nunca supe quién era ese tío con el que compartíamos nombre de pila y apellido. No podía ser, desde luego, mi padrino, el médico de las «niñas de la Alameda», que por aquel entonces gozaba de buena salud, iba de un lugar a otro siempre enfundado en su eterno traje de color gris, se escapaba cuando podía a comer «pescaíto frito» en Sanlúcar y entre nubes de «Zotal» recibía en su consulta de la calle Doctor Letamendi a unas extrañas mujeres que en ocasiones me daban un caramelo.

Mucho tiempo después sigo dándole vueltas a la identidad de Pepe el Gordo, el que murió harto de comer y beber en la Punta del Diamante. Pese a que José es nombre muy habitual en la familia, la revisión en detalle del árbol genealógico familiar parece dejar una única posibilidad. Pepe el Gordo no pudo ser otro que José González-Serna y Martínez, hijo de José González-Serna y Calderón y nieto de Fernando González-Serna y Grijuela, uno de aquellos hermanos montañeses que a mediados del siglo XIX decidieron escapar del hambre para establecerse en Sevilla. Lamentablemente, no he logrado reunir mucha información sobre el personaje. Sé que su padre murió en 1894 con apenas treinta años a causa de la tuberculosis y que el oficio que desempeñaba al morir era el de tablajero. El siguiente dato que tengo de su persona se remonta a 1932, en que testifica en los esponsales de Juan González-Serna y Mier. Ya en el año 1936 fue nombrado para el cargo de prioste de la Hermandad de la Macarena y, quizás, en abril de 1938 era el propietario de la confitería San Lorenzo, oficio que encajaría a la perfección con el sobrenombre que le atribuía mi padre. Desde luego, regentar una confitería resulta un trabajo muy adecuado para quienes formamos parte de una rancia tradición familiar de diabéticos.

Confiteria_san_Lorenzo_16_abril_1938

El 22 de noviembre de 1941, aparece el nombre de un tal José González-Serna en el diario ABC de Sevilla que bien pudiera referirse a Pepe el Gordo, aunque me hace dudar el hecho de que se le cita como agricultor que espera el ingreso del importe de la simiente anual. Sea lo que fuere, el caso es que a partir de los años cuarenta no aparece ninguna referencia más a José González-Serna Martínez ni a su posible descendencia, si es que la tuvo. Esta desaparición podría ser la confirmación de la historia que mi padre contaba cada vez que pasábamos por las cercanías del café de la Punta del Diamante: el tío Pepe el Gordo murió en los años cuarenta de un atracón, sentado sobre las dos dos sillas que necesitaba para que su rotunda humanidad pudiese departir con unos y otros mientras Sevilla se empeñaba en cambiar delante de sus propios ojos.

Fuente: @genovacafebar
Fuente: @genovacafebar

Hoy, tantos años después, mientras también yo disfruto del café y la amigable charla en la esquina de la Punta del Diamante, recuerdo estas anécdotas familiares e intento ponerlas en orden. No aportan nada sustancial a la historia de la ciudad, aunque sí hablan de las gentes que en ella vivieron y murieron «de sevillanas maneras». Lo único que me duele es que los veladores del que fue en su día Punta del Diamante ya no sean de mármol, que el café se haya convertido en un brebaje servido en recipientes de papel y que a mi alrededor burbujee una «infame turba» a la que poco importa que sobre sus cabezas fuera asesinado un muchacho en la flor de la vida y que apoyado en esa misma pared un gordo vividor dejase escapar la suya al ritmo marcado por el vino. Sic transit gloria mundi.

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