Sevilla, 1845: una radiografía de la ciudad (y III)

En entradas anteriores ya se ha abordado la radiografía y organización de la ciudad de 1845 que ofrece el Callejero de Sevilla y sus arrabales de Moreno y Gálvez; sin embargo, la lectura algo más detallada de dicha obra puede aportar una visión más profunda de la urbe y de cómo era la vida de los sevillanos de mediados del ochocientos. Como ya se indicó en la entrada anterior, no debe olvidarse que este texto no pretendía ofrecer un análisis profundo, sino un manual práctico dirigido al visitante o al residente que debía manejarse en una ciudad inmersa en un proceso de transformación del que el autor es plenamente consciente. Por esa razón no puede extrañar la ausencia de referencias a centros económicos recién establecidos, como es el caso de la fundición de Narciso Bonaplata situada en el arrabal de Los Humeros o de la fábrica de loza del Marqués de Pickman, que por esta época ocupaba ya la antigua Cartuja sevillana. Pese a todo, el recorrido por las calles de la mano de Moreno y Gálvez nos descubre una ciudad con un buen número de instituciones culturales y de diversión, algunas industrias pujantes, núcleos de intercambio comercial, centros asistenciales y un peso incuestionable de lo administrativo y militar. Para comprobar esta afirmación puede consultarse la siguiente tabla en la que se consignan los edificios nombrados en el Callejero distribuidos por collaciones.

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En la tabla se han distribuido las referencias en torno a cinco categorías que aluden a lo que podríamos denominar «poderes» ciudadanos: la administración civil y religiosa, la administración militar, el poder económico, las casas nobles y el poder cultural. Aunque esta división parezca algo artificiosa, acontecimientos como los producidos en 1843 y que culminan en el bombardeo de Sevilla por las tropas del general Antonio Van Halen pueden justificar abordar por separado la administración civil y militar, al menos durante estas décadas. De igual manera, es evidente que las grandes familias sevillanas participaron e impulsaron la vida cultural de la ciudad; sin embargo, la proliferación de centros de enseñanza, academias y sociedades culturales no hubiera sido posible sin una clase burguesa cada vez más abundante que demandaba instrucción y diversión por partes iguales. La reseña de Moreno y Gálvez de los edificios dedicados a la cultura creo que habla por sí sola de una ciudad que ya no vive pendiente en exclusiva de los antiguos palacios nobiliarios.

Lo primero que llama la atención de la Sevilla de este año 1845 es el hecho de que los centros de «poder» ciudadano no tengan presencia en ocho de las treinta parroquias en que se organizaba la ciudad (Santa Cruz, San Román, Santa Lucía, San Marcos, Santiago, San Nicolás, San Julián y La O). De hecho, esta concentración es aún mayor si se atiende a la importancia de los edificios de «poder». Parece evidente que la vida de la ciudad estaba regida desde la zona del Sagrario (y sus ayudas de San Bernardo y San Roque) y La Magdalena, donde se sitúan los centros administrativos, las grandes industrias y el poder militar. Resulta sorprendente, no obstante, que las nobleza tradicional no figure en esas zonas —donde Moreno y Gálvez tan sólo hace referencia a los condes de Cantillana y Altamira— y sea el cinturón de collaciones que rodea por el norte la Plaza de la Encarnación (San Vicente, San Lorenzo, San Miguel, San Andrés, San Juan de la Palma) la zona de la ciudad en la que existe una mayor concentración de casas nobles. Se diría que los nobles sevillanos «huyen» de la modernidad representada por industrias y centros del poder liberal o, más atinadamente, que estos últimos pretenden alejarse de la alargada sombra del poder nobiliario. En cualquier caso, lo nuevo y lo viejo no parece mezclar bien en la distribución espacial de la Sevilla de la época.

La economía sevillana de 1845 se sustenta sobre dos actividades principales. Una de ellas es el comercio, representado en el Callejero en las plazas de abastos, los almacenes y despachos de grano y sal, el matadero, la lonja, la Aduana y la Compañía del Guadalquivir, que por estos años intentaba materializar el sueño de hacer navegable el río hasta Córdoba. Pero junto a estos edificios de comercio más o menos tradicional, destaca ya la presencia de grandes industrias, como la Fábrica de Tabacos, la de fusiles y artillería, azogues o la de salitre. Este incipiente tejido industrial impulsado mayoritariamente por el estado (al que habría que sumar otras empresas que no figuran en la obra de Moreno y Gálvez) estaba situado fuera de los muros de la ciudad, ocupando el arco sur de la ciudad que discurría entre el arrabal de los Humeros y la puerta de Carmona. A medida que transcurra el siglo XIX, la pujanza de algunas de estas industrias explicarán el aumento de población de arrabales como San Bernardo o La Calzada, una vez se derriben las murallas de la ciudad.

Pero antes de que llegue la demolición del recinto amurallado, al margen de esta lucha entre nuevos y viejos «poderes» —si así puede llamársele— quedarían las collaciones del norte de la ciudad y las más cercanas a la muralla del este, además de los arrabales extramuros. En ellas se acumularía la población trabajadora, los empleados y artesanos, para quienes, en el mejor de los casos, se ha habilitado algún teatro para su esparcimiento (el que existe en el antiguo palacio del marqués de la Algaba en Omnium Sanctorum o el abierto en el trianero convento de San Jacinto) o se mantienen determinados centros asistenciales, como el Hospicio de Santa Marina o el Hospital de las Cinco Llagas, en la collación de San Gil. La vida en estas parroquias, a la vista del Callejero de Moreno y Gálvez, debía girar en torno a las plazas de abastos (en Triana y Omnium Sanctorum) y mercados, como el de granos que existía en Santa Catalina.

Para terminar con esta radiografía urgente de Sevilla en 1845, nada mejor que recuperar el croquis de la ciudad que Moreno y Gálvez introduce al final de su obra y dejar constancia sobre él del equilibrio —o tensión— de «poderes» ciudadanos.

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Sevilla, 1845 (primera parte)Sevilla, 1845 (segunda parte)


 

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