Sevilla, 1845: una radiografía de la ciudad (II)

En una entrada anterior se dio cuenta de las principales transformaciones que la ciudad de Sevilla vivió en la primera mitad del siglo XIX y cómo éstas configuraron la fisonomía de la ciudad que recibió a la familia González-Serna en una fecha próxima a 1845. El Plano Sartorius que incluíamos en dicha entrada ofrece una visión bastante completa de la urbe; pero si se desea profundizar algo más en ella se hace necesaria la consulta de otros materiales complementarios.

En 1845, José María Moreno y Gálvez acometió una tarea titánica: dejar constancia de la estructura urbana y del nombre de la totalidad de las calles de la ciudad y sus arrabales. También quiso incluir en su obra alguna información más que juzgaba de interés para el objeto de su trabajo, como era la de dar cuenta de las principales construcciones e instituciones de la ciudad. El resultado —aunque por fuerza parcial y, quizás, algo impreciso— fue el Callejero de Sevilla y sus arrabales (Sevilla, Imprenta de J. M. Geofrin, 1845), una obra cuya consulta resulta hoy atractiva para quienes se sientan atraídos por la ciudad del ochocientos. En el prólogo a su obra, Moreno y Gálvez se ve en la obligación de justificar su trabajo, aludiendo a la importancia histórica de la ciudad, al elevado número de visitantes, a lo intrincado de su trazado urbano y al volumen de transformaciones sufridas en los últimos años. Por estas razones, a juicio del autor

«se hace indispensable una guía, de que hasta ahora se ha carecido, que dé a conocer al viajero, y aun al vecino mismo, los infinitos objetos de curiosidad que Sevilla posee, el grande terreno que circunda sus antiguas y derretidas murallas, el número de sus arrabales, el de sus más célebres edificios y establecimientos públicos; y sobre todo, que pueda conducirlos por medio de sus innumerables calles y plazas, de entre las que cual intrincado laberinto no es fácil salir al que no sea muy práctico en ellas».

Aunque la finalidad de la obra es eminentemente práctica, Moreno y Gálvez no puede evitar que una somera crítica aflore entre sus palabras. De esta manera, alude a unas «derretidas murallas», como se ha leído con anterioridad, y un poco más adelante lanza una crítica directa hacia la actuación de las últimas corporaciones municipales, empeñadas en transformar la imagen de Sevilla desde la propia nomenclatura de las calles:

«Y esta necesidad es hoy tanto más imperiosa, cuanto el Excelentísimo Ayuntamiento, por causas que nos son desconocidas, acaba de hacer una variación notable en muchos de los nombres de las calles y plazas, con la que se ha aumentado la confusión».

Bien es verdad que uno de los aspectos que más sorprende tras la lectura del Callejero es el cambio radical operado sobre los nombres de calles y plazas. En algunos casos, el cambio de nombre se debe a la simple transformación del lugar, como por ejemplo la conversión en plaza de lo que un día fue calle o a la inversa; en otras ocasiones puede explicarse por la necesidad de rendir homenaje a personalidades o acontecimientos más actuales y acordes con los nuevos tiempos que se viven; algunos espacios alteran su denominación por el cambio de actividad que se ha producido en ellos o porque dicho nombre aludía a algo perdido ya en la memoria de la ciudadanía. Otras transformaciones, en cambio, responden a motivos que podríamos calificar de índole moral. Así sucede, por ejemplo, con un viejo callejón de la collación de San Gil denominado «Medio culo» cuyo nombre es sustituido por el de «San Sebastián», mucho más acorde con la mentalidad burguesa imperante, o también la unión de la Calle del Diablo, que desaparece como tal y queda unida a la Calle del Sol, dentro de la collación de Santa Catalina.

Sea por estas u otras razones, lo cierto es que los hermanos González-Serna, esos «montañeses» que sirven de guía y excusa a estas páginas, habitaron una ciudad constreñida aún por unas murallas medievales que atesoraban un laberinto cambiante de calles, plazas, ensanches, callejones y barreduelas que recibían nombres diversos según quien se refiriese a ellas. Un pequeño caos que aumentaba a medida que nuevos habitantes procedentes de la campiña, vega y sierra sevillanas, de Extremadura, de la montaña cantábrica o de la lejana Galicia se establecían en ella.

Según deja constancia el Callejero de Moreno y Gálvez, la ciudad se dividía desde el punto de vista administrativo en veinticinco parroquias principales y cinco ayudas en torno a las cuales se organizaba la vida de los habitantes de la ciudad y de sus nueve arrabales. Vinculadas a las distintas parroquias se encontraban también las puertas que permitían el acceso de personas y mercancías a la urbe. Veámoslo en una pequeña tabla.

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En definitiva, la estructura de la Sevilla de 1845 estaba dividida en treinta parroquias. De ellas dependían los nueve arrabales de origen medieval que estaban cobrando nueva vida a medida que nuevos habitantes, industrias y negocios se establecían en la ciudad. El acceso a través de las viejas murallas estaba garantizado por quince puertas principales, a las que habría que sumar diversos huecos y aberturas de menor importancia. Moreno y Gálvez, en su afán simplificador y práctico, ofrece un croquis de la ciudad que resulta esclarecedor.

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La visión del autor del Callejero hace bascular la vida urbana sobre la moderna Plaza de la Encarnación (no debe olvidarse que su apertura data el bienio francés, 1810-1812), que con su mercado central y el dédalo de calles dedicadas al comercio que lo rodeaba se había convertido en uno de los espacios más dinámicos de la ciudad. La consulta de los censos y padrones municipales desde 1865 (el primero realizado de una manera sistemática) nos informa de la abundancia de «montañeses» en esa zona, casi todos identificados como propietarios o trabajadores de negocios de «especias y frutos coloniales». Y es ahí, en los números 24 y 33 de la Plaza de la Encarnación o en el número 12 de la muy cercana calle de Aranjuez (en realidad la calle trasera de la plaza por aquel entonces) donde José Simón González-Serna aparece como vecino y propietario de un floreciente negocio de comestibles. Además de sus hijos (José, Pilar, Trinidad, Salud y Nieves), habitan dicho domicilio el padre de José Simón, Andrés, su hermano Vicente, dos sirvientas procedentes de pueblos sevillanos y un joven de dieciséis años (Andrés Herrera Serna) nacido en Polanco, Santander, que realiza tareas de ayuda en el negocio como probablemente las realizó en su día —allá por 1835— José Simón al llegar a Sevilla. Los otros dos hermanos de José Simón —Manuel y Fernando—no los he localizado en ese primer censo de población, aunque sin duda se encontraban ya en la ciudad, pues el primer hijo de Fernando nace en 1867 y el matrimonio de Manuel está documentado en 1869. Al igual que el mayor de los hermanos, Manuel y Fernando habitarán durante todas sus vidas en las inmediaciones de la Encarnación.

Pero no debemos alejarnos tanto ni del año 1845 ni del Callejero de Moreno y Gálvez, porque la radiografía de la ciudad que ofrece la obra aún presenta información de interés para comprender cómo era Sevilla en el ochocientos. Dejemos por el momento esa profundización para una mejor ocasión.


Sevilla, 1845 (primera parte) — Sevilla, 1845 (tercera parte) 

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2 comentarios en “Sevilla, 1845: una radiografía de la ciudad (II)

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