Sevilla, 1845: una radiografía de la ciudad (I)

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José Simón González de la Serna y Grijuela había nacido en 1819 en la localidad de Cudón, actual provincia de Santander. Era el mayor de una familia numerosa, de hidalgos antiguos que habían protagonizado la pequeña historia de su comarca, pero que, presumiblemente, malvivía de lo poco que la tierra y el ganado les ofrecía. Con tan sólo dieciséis años, hizo su petate y se encaminó hacia el sur. Es posible que su idea fuese dar el salto hacia América, como ya lo hicieron en el pasado algunos de esos antepasados que extendieron el apellido por tierras mexicanas y caribeñas. Sin embargo —por unas razones o por otras—, José Simón se estableció en Sevilla en una fecha próxima a 1835, probablemente alojado en la casa de algún otro pariente o vecino «montañés» de esos que estaban llegando a la ciudad para dedicarse al comercio y que solían vivir en el entorno del mercado de la Encarnación. La primera noticia documentada que se tiene de él es la de su matrimonio en 1850 con Florentina de Celis, también descendiente de una familia santanderina. En años sucesivos, otros hermanos de José Simón (Vicente, Manuel y Fernando) viajarán hasta Sevilla para establecerse al calor de su negocio; después llegarán los hijos de sus hermanas y hasta el propio padre, al quedar viudo. Mediada la década de los setenta, el número de González-Serna que habitaban en la ciudad era bastante elevado y los miembros de la familia estaban ya plenamente integrados en la sociedad sevillana.

La Sevilla que recibió a los González-Serna a mediados del siglo XIX estaba en proceso de cambio. Las glorias pasadas quedaban ya muy lejanas y la ciudad había perdido tiempo atrás el antiguo esplendor. Se hacía necesario acometer la modernización económica de la urbe, reestructurar su fisonomía para adaptarla a los nuevos tiempos, abrir nuevas expectativas. Después del brutal descenso demográfico que supuso la epidemia de fiebre amarilla de 1800 y 1801, Sevilla había comenzado poco a poco a recuperar población. En la época en que el primer González-Serna se estableció a orillas del Guadalquivir la población superaba apenas las cien mil personas; pero a medida que avanzaba el siglo el número de habitantes se incrementaba. El siguiente gráfico muestra la evolución de la población sevillana desde 1842 hasta la actualidad.

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Fuente: I. N. E. (vía Wikipedia)

Como puede observarse, el crecimiento demográfico no es espectacular, sobre todo si se compara con el protagonizado por otras ciudades españolas; aunque sí lo suficientemente significativo como para que los mandatarios de la época vieran la necesidad de introducir transformaciones de calado en la estructura urbanística que permitiesen alcanzar dos objetivos primordiales: hacer la vida algo más cómoda y permitir el potencial crecimiento futuro de la urbe. Ese doble objetivo impulsó transformaciones tan importantes como las llevadas a cabo en tiempos de la dominación francesa (1810-1812) y que supusieron la apertura de tres grandes plazas en torno a las cuales podría articularse la vida ciudadana: Santa Cruz, Magdalena y, sobre todo, Encarnación. Pero será entre 1825 y 1835 —los años del asistente José Manuel Arjona—, cuando Sevilla ve lavada su cara de manera radical. En esa década se sanea el barrio de san Bartolomé, se abre la Plaza de san Pedro, se siembran jardines y se construyen los grandes paseos a la orilla del Guadalquivir. Restarán aún algunas obras determinantes para la ciudad que se llevarán a cabo en la segunda mitad del siglo: la construcción del Puente de Triana (1852), la demolición de las murallas (1869) que abría la posibilidad del ensanche de la ciudad, el abovedamiento del arroyo Tagarete, la apertura de la Plaza Nueva y la construcción de las estaciones del ferrocarril. La fisonomía de Sevilla en los años en que se establece la familia González-Serna queda perfectamente reflejada en el plano que en 1848 impulsó Luis Sartorius.

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Unos años antes, en 1845, el Callejero de Sevilla y sus arrabales, de José María Moreno y Gálvez, ofrecía una imagen más detallada de la ciudad que complementa a la perfección la información del plano. Pero esa cuestión ha de quedar pendiente para otro día.


Sevilla, 1845 (segunda parte) — Sevilla, 1845 (tercera parte)

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