Renta antigua

Renta_antigua

Casi todos piensan que los inquilinos de renta antigua somos unos privilegiados. Es verdad que, a menudo, el paso de los años y la perseverancia nos han permitido habitar en inmuebles céntricos —y, en algunos casos, emblemáticos—, mientras que los propietarios se han visto obligados a pasar sus existencias en cómodas viviendas que, por otra parte, adolecen de esa pátina del tiempo que las convierta en especiales. Sin embargo, pocos de los que arremeten contra nosotros se detienen a meditar sobre el triste destino de quienes permanecemos como almas en pena en estos edificios abandonados por la mano de Dios, tan sólo llevados por el deseo de no perder el derecho que la ley nos concede. Por comodidad o pudor, muchos nos vemos arrojados a un tránsito sin sentido por escaleras, lavaderos y otras zonas comunes, al tiempo que observamos a esas parejas y familias jóvenes ocupando las que por tanto tiempo fueron nuestras habitaciones. En raras ocasiones, los inquilinos recientes creen sentir una presencia palpitante o una especie de temblor al entrar en sus domicilios; pero pronto olvidan la sensación al sumergirse en su nuevo mundo de dispositivos electrónicos. Ni siquiera es posible ya el recurso del miedo compartido para paliar nuestra insoportable soledad.

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