(Sobre) vivir en la Red

Allá por el año 2007 decidí «cartografiarme» un poco con la intención de poner orden en mi vida web. El resultado fue un mapa confuso, sin puntos de partida ni de llegada, sin rutas de navegación, sin sentido más allá de un simple «vivir en Internet». No había proyecto.

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Había mantenido hasta aquel momento cuatro identidades diferentes, más de quince blogs —activos y puntuales, personales y de aula, generalistas y temáticos—, un sitio web, un par de plataformas Moodle y alguna Dokeos, perfiles en cuantos servicios web nacían. Una auténtica locura ingobernable, fruto del deseo de conocer y estar a la última más que de verdadera necesidad. Así no podía seguir. Necesitaba simplificar un poco —y a ello me he dedicado en este último año—, renunciar a cosas para seguir teniendo presencia. Sobrevivir. Creo que este proceso no me es exclusivo, pues muchos navegantes de los primeros tiempos han seguido un camino similar y han terminado por hacerse fuertes en unos pocos «lugares» —pienso en Cabanillas o en Larequi, por ejemplo— desde los que siguen impartiendo su magisterio.

A día de hoy, puedo afirmar con satisfacción que el «mapa de mí mismo» se ha reducido de manera clara. Vean y comparen.

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En estos nuevos tiempos en que hay quien pretende unir enseñanza y productividad, no he podido resistir la tentación de representar mi presencia en Internet con una alegoría mercantil, una especie de entramado comercial orientado a «vender» mis humildes aportaciones. Aunque de un primer vistazo el panorama pueda seguir pareciendo complejo, no creo que sea muy diferente del que cualquier profesor que haga uso de la Red ofrecería: fábricas donde generar materiales online (Prezi o Slid.es, por ejemplo), almacenes privados en los que alojar documentos (Google Drive, OneDrive, Dropbox, Iussu, Scribd), tiendas en las que exponer los productos (los blogs) y ágoras en las que participar.

Seguramente, lo que pueda resultar más útil de esta entrada no sean los mapas en sí, sino las tendencias simplificadoras que han llevado de uno a otro, ya que el camino que he recorrido es posible que otros muchos lo estén recorriendo ahora mismo o se vean obligados a hacerlo en un futuro próximo. Intentaré sintetizar esas tendencias-consejos en una rápida enumeración:

  • Eliminar identidades múltiples y asumir lo publicado con el propio nombre, porque siempre hemos de responsabilizarnos de lo que lanzamos a la Red.
  • Centralizar los contenidos en unos pocos lugares —un blog, un sitio web, quizás— para simplificar así la tarea de actualización. En mi caso, por comodidad y un cierto orden mental, he decidido mantener cinco lugares, aunque es posible que una de ellas —Aula de Letras— acabe desapareciendo en un futuro próximo en favor de las «tiendas temáticas».
  • No acometer proyectos mastodónticos que exijan una dedicación constante (revistas digitales, plataformas Moodle, etcétera). Estas iniciativas debieran siempre realizarse en equipos de trabajo para no agotarse con el esfuerzo.
  • No abrir un blog por cada ocurrencia. Es mejor probar un tiempo en la «tienda de diario» antes de lanzarse ciegamente a una nueva bitácora temática.
  • No utilizar nuevos servicios web que no aporten algo sustancial a otros empleados con anterioridad. Esto es básico.
  • Evitar la vinculación del trabajo personal con el centro o puesto de trabajo que actualmente se ocupa. De esta manera, los materiales desarrollados siempre estarán bajo el control del autor y podrán ser reutilizados y convenientemente reciclados en un futuro, aunque se haya cambiado de situación laboral. Por esta razón hace tiempo que abandoné las webs y Moodle del instituto y abrí una cuenta en Edmodo y blogs temáticos de algunas asignaturas. Esté donde esté, mis «productos» vienen conmigo y no me veo obligado a subirlos una y otra vez a distintos lugares.
  • Reflexionar y evaluar periódicamente la rentabilidad del «esfuerzo» realizado. Cerrar lugares o abandonar su uso, porque soldado que huye sirve para otra guerra, no nos engañemos.
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3 comentarios en “(Sobre) vivir en la Red

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