Ya está aquí el primer nazareno

Como todo sevillano que no pueda evitar ejercer de tal, yo también llevo dentro un pregonero. Ya faltan pocas horas para que la primera hermandad ponga sus pasos en la calle y, al lento caminar de los nazarenos, se dispare la locura en la ciudad: gentes que van y vienen, atavíos disparatados, miradas que censuran y otras que adulan, contrastes, niños, adultos y viejos, la calle. Está usted en Sevilla, caballero, pero debe elegir qué Sevilla, si la del rigor o la del exceso, la de negro o la de color —aunque no olvide nunca que también el negro lo es—, la de la capa o el esparto, la de un lado u otro del Guadalquivir. Es rancia la ciudad en Semana Santa, en ocasiones ridícula, a veces crispante; sin embargo, por no sé qué arte de magia, cada año por estas fechas noto un bullir de entrañas y un rechinar de recuerdos que terminan por explotar la mañana del Domingo de Ramos. Es inútil luchar, así que lo mejor será asumir lo que se es y dejarse llevar, comportarse como lo hacen los pregoneros, tan serios y concentrados, con el sentimiento a punto de derramarse por las comisuras de sus labios. Para ello hay que escuchar la música adecuada que pone en situación y aguardar el momento oportuno para comenzar.

Sí, también sirve la música de Silvio Fernández, que no siempre van a sonar los acordes de Font de Anta. Esos valen para los pregones oficiales, los que se pronuncian en un teatro abarrotado y expectante; pero no para esta líneas que de pregón sólo tienen el anuncio y la declaración de intenciones: se acercan los días en que con la cámara fotográfica al cuello me lanzaré a la calle para intentar retratar, una vez más, la Semana Santa que me hace disfrutar. En ella, paradójicamente, cada año hay menos imágenes y pasos y más gente que, como yo mismo, se echa a la calle. Allí, en la calle, esas gentes y yo mismo encontraremos contrastes, miradas, sorpresas que serán distintas para, a la vez, ser iguales. Es curioso cómo ha cambiado la ciudad para seguir siendo igual que siempre, cómo han cambiado los actores de un espectáculo repetido desde hace siglos. En última instancia, lo nuevo y lo moderno terminan siempre coincidiendo en una esquina, en una bulla o en un balcón.

Y aunque me siga pareciendo mentira, seguro que también este año volveré a descubrir el negro de los ropajes abrazando las risas de los niños y convirtiendo lo penitencial en fiesta al son de la música y los aplausos.

Ya la estoy viendo y oliendo. Una nube de incienso lo envuelve todo para embotar el sentido común —ese que es el menos común de los sentidos— y anunciar que es Semana Santa en Sevilla, esa ciudad que subsiste entre la razón y la sinrazón de los excesos.

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Un comentario en “Ya está aquí el primer nazareno

  1. Me temo que vd. es casi el último sevillano que queda en la ciudad. Capaz de ver los contrastes e integrarlos, Ese sevillano que está a la vez dentro y fuera, que no separa lo “bueno” de lo “malo”, Apolo de Dionisos. Ni presumiendo de conocimientos o conocidos (impagable aquel pedante de hace unos años cotilleando a lo capillita en mitad del un silencio de Viernes Santo), ni condenando a los partidarios de poner puertas al campo ni loco por los que encargan una imagen y montan un palio en un cocherón para sacarla cuando sea, posible, a la espera interminable de una hora en el palquillo de La Campana.

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