Aquel junio de 1977

Supongo que haría calor. O quizás no, y el recuerdo cálido se deba más al estado febril en que casi todos pasábamos aquellos días. Yo tenía doce años y la política me había ganado por aquel entonces. Era algo inevitable tras dos años de auténtico delirio: la muerte del dictador, la coronación de Juan Carlos I, el tiro en el pie de las Cortes en forma de Estatuto para la Reforma Política, la legalización del Partido Comunista de España, las voces de unos y de otros llamando traidores a unos y otros, las constantes conversaciones de los mayores y su correspondiente remedo entre los niños. Algunos intentaban hacer política mientras los más pequeños jugábamos y nos repartíamos roles: que si tú eres Torcuato, que tienes las orejas grandes; que si tú Fraga, cabeza buque; que si aquel es Suárez, tan atildado; y el de más allá será Felipe, porque tiene las paletas separadas. Con la boca chica y un hilo de voz, alguno decía ser Santiago, al tiempo que sacaba un cigarrillo arrugado del bolsillo de la camisa. Hubo quien, incluso, deseaba por encima de todas las cosas ser La Pasionaria y miraba extrañado cómo batían nuestras mandíbulas al son de las carcajadas. Cosas de mi entorno, supongo.

Pues una mañana de aquel mes de junio de 1977, después de una primavera de flores a María y caracoles encabritados en alguna tasca trianera, las calles de mi barrio amanecieron repletas de carteles. En los dos años que habían pasado desde la muerte de Franco ya habíamos visto algunos similares; sin embargo, un despliegue como aquel nos era completamente desconocido. No teníamos más salida que dejarnos ganar por la situación y coleccionarlos.

Los había de todo tipo, de partidos conocidos y desconocidos, con rostros enormes que miraban al viandante para mendigar su voto o saturados de tanta información que obligaban a detener el paso para procesarla adecuadamente. Algunos eran muy curiosos, porque no respondían a ninguna sigla y, no obstante, apelaban directamente a la reflexión.

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Una pregunta directa y toda la carga de la responsabilidad sobre el ciudadano. Recuerdo que al arrancar de la pared un cartel como éste me detuve un momento, compuse un gesto solemne y medité sobre qué democracia quería para España. No hallé respuesta y continué mi búsqueda al escuchar un grito de “aquí hay otro de esos”.

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Este segundo era aún peor. Decía que el mañana dependía de las decisiones de hoy, que se debían conocer todas las propuestas para elegir la más adecuada, que había que meditar. ¡Y nosotros que pensábamos que la democracia era el juego de los personajes! Estaba claro que los mayores seguían empeñados en complicarnos los entretenimientos inocentes. Fijaos si la cosa era complicada que se publicitaban instrucciones precisas sobre cómo votar. Al ver uno de esos carteles me di cuenta de que los niños no sabíamos bien de qué iba este juego de la democracia, pero los mayores tampoco debían tenerlo muy claro.

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La propaganda de los partidos era más simple: un rostro, un lema y una orden. Estaba claro que era necesario fiarse de aquellos hombres que se habían dejado fotografiar tan serios para que todo el mundo los viera y pudieran decir: “Mira qué aplomo” o “Pues su mirada da confianza”. De los partidos que se presentaron a aquellas elecciones recuerdo los carteles de UCD, PSOE, AP y PSP. De los tres primeros había muchos por el barrio; en cambio, el tercero sólo pude conseguirlo una tarde en que mi hermana me llevó al cine y pasamos cerca de la Universidad.

UCD_1977 PSOE_1977 AP_1977 PSP_1977

Pero también los partidos se dejaron llevar por lo que me parecían rarezas por aquel entonces. El PSOE tenía uno que parecía un tebeo. Era, como no podía ser de otra manera, de nuestros preferidos, porque daba alegría mirarlo y hacía mucha risa ver en él a gente tan seria dibujada como de broma. Uno de la pandilla decía que en ese cartel estaba toda España, que se lo había oído a un amigo de su hermana, porque había fábricas y campo y un casco y una boina y edificios y sol y nubes y, en el medio de todo, Felipe. Yo escuchaba y comprendía su entusiasmo; pero a mi me gustaba más el del puño y la paloma con la cara de “El viejo profesor”, que era como mi hermana llamaba a Tierno Galván.

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También la UCD de Adolfo Suárez tenía un cartel raro, como de canciones de ciego, que había que leer durante mucho rato. Recuerdo a algunos señores pararse un rato delante de él y mover los labios murmurando sabe Dios qué cosas.

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Los más peligrosos, sin duda, eran los del Partido Comunista. Cuando arrancábamos algunos de la pared teníamos que llevarlos a casa bien disimulados, porque todavía no se había olvidado el Sábado Santo del año anterior. Si los padres veían uno en casa, es seguro que empezarían a hablar de Paracuellos y de cómo ardió la Iglesia de Santa Marina o de San Marcos. Yo no comprendía muy bien estos comentarios, porque pensaba que si un señor tan bien vestido como Suárez había permitido que se les votase en las elecciones es que no eran tan malos. En cualquier caso, sí es verdad que eran carteles extraños, sin la foto del candidato, como todos los demás.

PCE_1977_b PCE_1977_aEn ellos, el protagonismo recaía en gentes desconocidas y la palabra democracia aparecía en todos. Uno estaba a medio colorear, como la España de entonces, un país que, al parecer, debíamos construir entre todos. Ya han pasado treinta y siete años desde aquel junio de 1977. Ha muerto Adolfo Suárez el pasado domingo, cerrando así un capítulo importantísimo de la historia de España, se han celebrado múltiples elecciones, se ha aprobado una constitución y se está discutiendo su idoneidad actual, ha habido un golpe de estado, se ha vencido por el momento la amenaza terrorista y han surgido nuevas amenazas, una crisis económica brutal nos tiene contra las cuerdas mientras los nacionalismos tensan esas mismas cuerdas, ha cambiado el signo político del gobierno en varias ocasiones, se han aprobado leyes, re-leyes y re-contra-leyes y yo me he hecho mayor. A estas alturas de la película, sin embargo, no hago sino recordar que todavía no acabé de dar color a ese cartel que parecía estar sin terminar.

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