A Ofelia, marzo de 1916

Ofelia González de la Serra, de soltera Grazspitz, entregó su alma en la pacífica tarde del 23 de junio de 1999. Tenía ciento dos años y, desde que la recuerdo, vivía aferrada a un viejo costurero del que jamás se separaba. Tras un triste entierro al que tan sólo asistimos sus sobrinos, porque pocos más había que hubiesen conocido a la señora, hubimos de acometer la ingrata tarea de empaquetar y disponer de las escasas posesiones que conservaba. Había sido una mujer, sin duda, de costumbres moderadas y tan dadivosa en vida, que a su muerte poco le quedaba por dar. Pese a todo, después de deshacernos de aquello que no tuviera valor material o sentimental alguno, pudimos conformar algunos lotes de objetos, fotografías, viejos papeles, recuerdos. En el que me tocó en suerte figuraba su sempiterno costurero, una vieja caja de madera derrotada por el tiempo y mil veces remendada en su interior. No valía nada, más allá de haber sido la fiel confidente de su propietaria durante décadas. Sin embargo, algo en mi interior me impedía deshacerme de ella. Algunos años después, la vieja caja desportillada se interpuso entre mi perro y su imperiosa necesidad de alcanzar un ratón huido en el desván. Las maderas se separaron con un grito de dolor antiguo para dejar al descubierto un doble fondo donde se marchitaban dos hojas de papel y una fotografía.

Cumières-le-Mort-Homme, 6 de marzo de 1916.

Mi muy amada Ofelia:

Espero que al recibir esta nota te encuentres ya plenamente recuperada de aquellas desagradables molestias que me comentabas en tu anterior carta. Por tus líneas intuyo que has debido pasar por un duro trance y sólo deseo que la recuperación no se convierta en un tedioso ir y venir de acá para allá en busca del remedio para los males que te aquejan. La experiencia propia me dice que, a menudo, la convalecencia posterior no es más que un continuo recordar lo que no deseamos sino olvidar. Pero así nos imaginaron y hemos de asumir nuestra condición sin desfallecer jamás. Sólo la constancia y la perseverancia engendra la verdadera libertad, nos repetía hasta la saciedad aquel viejo profesor de moral de cuando el mundo era más joven.

Aquí, en la trinchera, los anocheceres se hacen interminables sin ti. Ni la camaradería imperante ni los esfuerzos propios de la guerra ni la sorpresa de una primavera presentida inusitadamente seca consiguen que olvide el fulgor de tus ojos. En las estrellas que pueblan estas noches el firmamento me parece ver tu mirada fija en mi, y allá donde deposite la atención no alcanzo sino a recordarte tal y como te dejé hace ya dos años. ¡Ay, Ofelia, Ofelia, cuánto ansío el final de este absurdo en el que nos vemos envueltos! ¡Cómo espero el momento en que nuestras manos tornen a encontrarse, secretamente!

Quienes compartimos esta condena buscamos un acicate, un impulso que nos permita sobrevivir una jornada más y soportar el barro que se cuela hasta lo más profundo del ser. Necesitamos una razón, en definitiva, para ser fuertes, para soportar más allá de lo que las mermadas fuerzas son capaces. Cada cual busca la suya: la grandeza de la patria, quienes llegaron envueltos en idealismo; el pequeño taller que dejaron en manos de algún pariente, los que se vieron empujados a este sin sentido; los hijos pequeños, la esposa, la vieja madre, aquel trozo de tierra que dejaron por roturar. En mi caso es la promesa que habitaba en tu mirar, la frescura de tu cuello, el suave sonar de tus pies desnudos sobre la hierba. Ofelia mía, en ti reside mi constancia, a ti me encomiendo desde esta lejana casamata sepultada en la llanura.

Tuyo hasta el infinito,

Johannes.

Fort Vaux, 8 de junio de 1916.

Estimada señorita:

Con tremendo dolor me veo obligado a escribirle estas escuetas líneas y comunicarle el fallecimiento en el campo de batalla del soldado Johannes Reinhardt. Me cupo el inmenso honor de servir junto a él en las proximidades de Verdún. Allí compartimos alegrías y sinsabores, complicidades y esperanzas, recuerdos que nos mantenían con vida mientras todo a nuestro alrededor no era sino muerte y destrucción. Tenga por seguro que en sus últimos pensamientos la luz que lo alumbraba no era otra que la de sus ojos.

Le envío también una fotografía del camarada Reinhardt y de mi humilde persona. La imagen la tomó un extrafalario fotógrafo itinerante pocos días antes de su deceso. Sé que le hubiera gustado que la conservase.

Suyo afectísimo,

Jakob Schuffler.

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