Tras los pasos de Lázaro de Tormes (III)

¿Pasaron Lázaro y su amo el ciego por la nobílisima ciudad de Ávila? El pícaro no deja constancia de ello en su relato; sin embargo, ¿cómo es posible ir de Salamanca hasta Almorox “por los mejores sitios” sin detenerse en la ciudad de las murallas?

Allá sin duda debió llegar la extraña pareja para darse de bruces con el murallón defensivo, con las viejas cruces de piedra junto al Adaja y las pequeñas ermitas que anticipan la explosión de rigor espiritual de la ciudad.

No me cabe la menor duda de que Ávila es mucho más, aunque el viajero ocasional que llega hasta aquellas tierras no pueda ver más allá de las piedras que circundan la ciudad y el alma. Casi todo se antoja defensivo en la ciudad, el enemigo está ahí fuera, acechante, con el ceño fruncido en espera de encontrar un resquicio en los baluartes que le permita penetrar en la ciudad y arrasar su mayor tesoro: el rigor y la sobriedad. No obstante, la muralla pertinaz y la orgullosa torre de la catedral fortificada se empeñan en resistir un año, dos, un siglo, la eternidad.

Porque Ávila guarda un tesoro que -creámoslo o no- no es de este mundo. Cuando todo se pierde, queda el silencio de una tarde de verano, una espadaña de ladrillos y la imagen de una santa local y universal a un tiempo.

Tras leer páginas y páginas de mística, después de estudiados sesudos ensayos sobre la cuestión y memorizado referencias, caracteres, formalismos; después de todo eso, la mística sólo puede entenderse -creamos o no- bajo el cielo azul de la Castilla profunda, a los pies de un campanario y al susurro de las chicharras.

Si el amor que me tenéis,
Dios mío, es como el que os tengo,
Decidme: ¿en qué me detengo?
O Vos, ¿en qué os detenéis?

– Alma, ¿qué quieres de mí?
-Dios mío, no más que verte.
-Y ¿qué temes más de ti?
-Lo que más temo es perderte.

Un alma en Dios escondida
¿qué tiene que desear,
sino amar y más amar,
y en amor toda escondida
tornarte de nuevo a amar?

Un amor que ocupe os pido,
Dios mío, mi alma os tenga,
para hacer un dulce nido
adonde más la convenga.

Es allí donde da comienzo un viaje cuyo destino es Dios o el sentido de la vida o la paz o lo que sea que estos locos del espíritu que habitaron la España del siglo XVI se empeñaron en expresar a través de sus versos. Teresa de Cepeda, Juan de Yepes, Fray Luis, todos confundidos en uno solo, distintas voces de un mismo pasmo, exploradores del castillo interior que es el alma humana.

Yo no sé si Lázaro anduvo por allí. Si lo hizo, fue unos pocos años antes de que estos locos del alma y la palabra decidieran retorcer la lengua para expresar lo inexpresable; pero la ciudad, la dureza del paisaje, el murallón y la torre vigilante de la iglesia mayor ya presagiaban lo que en pocas décadas habría de suceder. Quizás Lázaro, con sus recuerdos de niño maltratado por el ciego, más pendiente de llenar cada día el estómago, no fue capaz de percibir lo imperceptible. Por eso, muchos años después, no quiso dejar constancia de su paso por Ávila. El suyo era otro viaje bien diferente.

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