A Delio, otra vez

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Te mentí, mi querido Delio.

Hace ya siglos que te escribí avisándote de la certeza de la muerte y de la necesidad de huir de los extremos. ¿Recuerdas las palabras con que daba comienzo a mi carta?

Acuérdate de conservar una mente tranquila
en la adversidad, y en la buena fortuna
abstente de una alegría ostentosa,
Delio, pues tienes que morir,
y ello aunque hayas vivido triste en todo momento
o aunque, tumbado en retirada hierba,
los días de fiesta, hayas disfrutado
de las mejores cosechas de Falerno.

Ahora, tanto tiempo después, he de reconocerte que nunca desaparecemos del todo, sino que dejamos tras nuestros pasos un rastro imborrable. El sobrio Manrique, aquel castellano frío, ya me hizo dudar con el dudoso consuelo de la memoria; pero mi gran error fue no atender a la clarividencia del divino Ronsard al hablarle a Helena como sólo él era capaz de hacerlo:

Cuando seas anciana, de noche, junto a la vela
hilando y devanando, sentada junto al fuego,
dirás maravillada, mientras cantas mis versos:
«Ronsard me celebraba, cuando yo era hermosa».

¿Por qué no comprendí entonces que somos esclavos de nuestras palabras, que éstas nos hacen eternos? ¿Por qué no entendí que escribir es pactar con el diablo de la eternidad? ¡Ay, Delio, perdona a quien quiso aconsejarte vivir una existencia moderada para alcanzar así una muerte digna! No hay muerte, amigo mío, para quienes cometimos el error de empeñar nuestros esfuerzos en la palabra escrita. Es verdad que, en ocasiones, nos convertimos en sombra y ceniza, nuestros nombres se olvidan y el eco de nuestros versos se diluye en el viento; sin embargo, por mor de no sé qué maldición perversa, una coyuntura diabólica nos hace renacer del lodo, cual ave fénix, para arrojarnos una y otra vez contra el horror obsceno del uso ignorante de nuestras palabras.

Delio, tu miserable amigo Horacio sufre hoy cruel muerte en vida o vida en muerte, según lo mires. En los albores de este nuevo siglo me veo resucitado y mancillado y convertido en bandera que enarbolan salvajes huestes. Legiones de individuos acometen estúpidas, maléficas o inanes acciones mientras sus labios expulsan el brutal grito de YOLO. You only live once, dicen creyendo comprenderme.

Salve atque valete.

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