Del viaje temporal como actitud

Viajar en el tiempo, como concepto, es guay. El problema llega con el medio. Existen -todos lo sabemos- las máquinas de diferentes pelajes, formas y colores; sin embargo, es inevitable que en algún momento un fallo de diseño o funcionamiento arroje al viajero precisamente a esa época apestosa en la que jamás hubiera puesto los pies de otra manera. Qué duda cabe que pueden escogerse otras posibilidades: los túneles y galerías subterráneas que recorren los siglos, el tiempo plegado, los objetos mágicos que transportan a lugares inverosímiles o el desplazamiento mental, entre otros. Pero todos los sistemas, y digo todos, plantean problemas, encuentros inesperados, sorpresas desagradables, sinsabores. Mi experiencia me dicta que lo más inteligente es aferrarse al presente y no desfallecer, viviendo así en un pasado permanente que cada vez se alejará más de los presentes cambiantes de quienes nos rodean. En sentido estricto, no es un verdadero viaje, aunque a la larga la impresión y el efecto que produce puede llegar a ser equivalente. Por supuesto se debe estar dispuesto a asumir las sonrisas, primero, y la estupefacción, después, que nuestro vestuario causará en las personas con las que convivamos. El envejecimiento ajeno y nuestra eterna juventud también son aspectos a tener en cuenta. Hay quien llama inmortalidad a esta forma de viaje; no obstante, creo que se trata de una confusión lamentablemente muy extendida.

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