Tras los pasos de Lázaro de Tormes (II)

En la entrada anterior dejé al pobre Lázaro en manos del cruel ciego a las puertas de Salamanca. Había recibido su primera calabazada y su primera lección, había aprendido que nada podía esperar de aquél con quien caminaba; pero también que ese mismo ciego brutal era la única tabla de salvación con que contaba:

“Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré.” Y fue así, que después de Dios, éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir.

El niño Lázaro pudo sentir cómo el poemilla de Catulo revivía en sus propias carnes y en su corazón:

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

(Odio y amo. Quizás te preguntes por qué lo hago.
No lo sé, pero lo siento así y sufro.)

Evidentemente, la intención de Catulo y la situación del pícaro están en claves muy diferentes; pero cualquiera que se acerque a la obra no podrá negar que la actitud de Lázaro hacia su primer amo oscila entre el amor y el odio.

El caso es que, una vez sanadas las heridas, amo y criado hubieron de enfrentarse al camino y a los inmensos campos de cereal que rodean Salamanca.

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El destino final del viaje, según figura en la novela, son las tierras de Toledo, donde discurrirán los sucesos de los seis tratados siguientes.

Cuando salimos de Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la gente más rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este refrán: “Más da el duro que el desnudo.” Y venimos a este camino por los mejores lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no, a tercero día hacíamos San Juan.

Pero para llegar hasta Toledo, habían de atravesar llanuras y sierras y buscar cada jornada el alimento y el cobijo necesarios. Pongámonos en la piel del niño que nunca se ha alejado de las faldas de su madre, golpeado, obligado a crecer y a madurar en tan poco tiempo, y contemplemos con sus ojos la perspectiva que se abría ante él:

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En las largas caminatas, Lázaro y el ciego aprendieron a conocerse, sin duda. La novela deja constancia solamente de los golpes y engaños, pero por fuerza debieron ser también muy largas y provechosas las conversaciones. Resulta curioso que en la obra no se incluyan estas charlas que modelaron la personalidad de Lázaro y sí encontremos largas conversaciones entre Lázaro y su tercer amo, el escudero, con quien pasó mucho menos tiempo. Sin embargo no debemos olvidar que el autor es el dueño absoluto de su obra y que el narrador ha construido la suya para justificar la flagrante deshonra familiar del cínico adulto que firma la carta. En este sentido, ha querido mostrarnos con el ciego el “aprendizaje físico”, mientras que con el escudero nos mostrará el “aprendizaje moral”. Es probable que por este motivo no se nos de cuenta de los lugares atravesados entre Salamanca y la tierra toledana, donde está radicada la segunda referencia geográfica de la novela: Almorox.

Esta elipsis obliga al viajero que hoy quiera seguir el rastro de Lázaro a inventar su propio camino, aunque debe guardar siempre una cierta coherencia con los datos de la obra. Al salir de Salamanca camino de Toledo a través del puente viejo, a la pareja se le abrieron dos posibilidades principales: dirigirse hacia Alba de Tormes o hacia Peñaranda de Bracamonte. Fijándome en la referencia de que hicieron el camino por “los mejores lugares”, yo inventé mi propia ruta: Alba de Tormes, Madrigal de las Altas Torres, Medina del Campo, Arévalo y Ávila. No es el camino más recto, pero sí una buena ruta que hubiera llevado a los dos caminantes hasta las puertas de la sierra de Gredos y, tras ella, a Toledo. Además, es una senda contaminada de otras, como ya apunté en la entrada anterior, rica en historia y referencias literarias: la mística, los comuneros, la reina Isabel o Fray Luis siguen viviendo a la vuelta de la esquina de una fachada mudéjar, en las almenas de un castillo o tras las puertas de un convento solitario.

En Alba, Lázaro podría encontrarse de nuevo con el río que le vio nacer, en cuyas aguas se refleja orgullosa la torre del homenaje del que fue castillo de origen de la casa de Alba.

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Hoy solamente queda en pie la torre, y a sus pies una población tranquila en la que todavía resuena el último aliento de Santa Teresa de Jesús. Allí, en Alba, un 4 de octubre de 1582, Santa Teresa dio el paso hacia esa vida por ella tan deseada.

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.
Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

Es tanta la fuerza del personaje que se respira en el lugar, que el viajero pudiera caer en la tentación de abandonar su objetivo y lanzarse en pos del rastro de la santa. Pero debe ser fuerte, pues los pasos de Lázaro volverán a llevarnos al encuentro con Teresa de Jesús.

Vencida la tentación mística, encaminé mis pasos hacia Medina del Campo, buscando, al igual que Lázaro y su amo, “los mejores lugares”. Me parecía lógico que quienes vivían de la caridad y de la venta de oraciones y emplastos se encaminaran hacia la ciudad de las ferias, un rico emporio comercial en medio de la llanura castellana. Sin embargo, lo primero que percibí del lugar no fue el trasiego comercial, sino la gran mole del castillo de la Mota, imponente señor de la llanura.

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Y a sus pies, ahora sí, la ciudad y la plaza y la gente que iba y venía.

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No me cabe duda de que el ciego hubiera decidido ir un poco hacia el norte, aunque eso lo alejase de su objetivo prefijado, para obtener así buenos rendimientos que le permitiera lanzarse ya sin miedo camino del sur.

Medina del Campo es uno de los centros de Castilla; no en lo geográfico, evidentemente, pero sí en lo histórico. Allí murió la reina Isabel, por allí cruzaron los comuneros, y al pisar los suelos empedrados de la población, el eco de lo que fue tienta de nuevo al viajero para abandonar los pasos de Lázaro y dejarse llevar por otras rutas. Cuando se escribió el Lazarillo todavía no estaban completamente apagados lo rescoldos de la revuelta comunera y la sombra de la reina loca encerrada en la cercana Tordesillas debía aún proyectarse sobre Medina. El romance compuesto recientemente por Luis López Álvarez nos habla de ese mundo, de la tristeza de una reina prisionera, de unos nobles que se niegan a olvidar lo que fueron. Los tiempos estaban cambiando irremisiblemente durante la primera mitad del siglo XVI, y Castilla la Vieja estaba, poco a poco, perdiendo su lugar de privilegio. Ahora todo se decidía mucho más al sur, en Toledo, por ejemplo, hacia donde viajaban el ciego y su criado y hacia donde había huido del deshonor el tercer amo de Lázaro.

Al igual que en Alba de Tormes, las tentaciones de olvidar el objetivo de nuestra ruta son muchas en Medina. Hay que seguir siendo fuertes y cerrar, por tanto, este capítulo para abrir el de Madrigal de las Altas Torres.

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¿Qué queda hoy de Madrigal? Casi nada. Ruinas, referencias históricas y el nombre más hermoso de Castilla. En el palacio que Juan II poseía en esta población abulense nació la reina Isabel, bien protegida por las  torres que rodeaban la ciudad y de las que tan sólo quedan en pie veintitrés.

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El discurrir del tiempo provoca curiosas coincidencias, porque en esta misma población murió Fray Luis de León un 23 de agosto de 1591, mientras estaba enfrascado en la redacción de la biografía de Teresa de Jesús. Al igual que la santa abulense encontró en Alba de Tormes el camino definitivo hacia Dios, en Madrigal pudo Fray Luis liberarse de la prisión terrenal de la que tanto se quejaba ante su amigo Felipe Ruiz y acceder al conocimiento absoluto:

¿Cuándo será que pueda
libre de esta prisión volar al cielo,
Felipe, y en la rueda
que huye más del suelo,
contemplar la verdad pura sin velo?

Allí a mi vida junto
en luz resplandeciente convertido,
veré distinto y junto
lo que es y lo que ha sido,
y su principio propio y escondido.

Entonces veré cómo
el divino poder echó el cimiento
tan a nivel y plomo,
do estable eterno asiento
posee el pesadísimo elemento.

Veré las inmortales
columnas do la tierra está fundada,
las lindes y señales
con que a la mar airada
la Providencia tiene aprisionada.

Por qué tiembla la tierra
pro qué las hondas mares se embravecen,
dó sale a mover guerra
el cierzo, y por qué crecen
las aguas del Océano y decrecen.

De dó manan las fuentes;
quién cebe y quién bastece de los ríos
las perpetuas corrientes,
de los helados fríos
veré las causas, y de los estíos.

Las soberanas aguas
del aire en la región quién las sostiene;
de los rayos las fraguas;
dó los tesoros tiene
de nieve Dios, y el trueno dónde viene.

¿No ves cuando acontece
turbarse el aire todo en el verano?
El día se ennegrece
sopla el gállego insano.
y sube hasta el cielo el polvo vano;

y entre las nubes mueve
su carro Dios ligero y reluciente,
horrible son conmueve,
relumbra fuego ardiente,
treme la tierra, humíllase la gente.

La lluvia baña el techo,
envían largos ríos los collados;
su trabajo deshecho,
los campos anegados
miran los labradores espantados.

Y de allí levantado
veré los movimientos celestiales,
así el arrebatado
como los naturales,
las causas de los hados, las señales.

Quién rige las estrellas
veré, y quién las enciende con hermosas
y eficaces centellas;
por qué están las dos osas,
de bañarse en el mar, siempre medrosas.

Veré este fuego eterno
fuente de vida y luz do se mantiene;
y por qué en el invierno
tan presuroso viene,
por qué en las noches largas se detiene.

Veré sin movimiento
en la más alta esfera las moradas
del gozo y del contento,
de oro y luz labradas
de espíritus dichosos habitadas.

En Alba y en Madrigal, Teresa de Jesús y Fray Luis de León cumplieron con sus sueños, aunque desde otras perspectivas pudieran ser tachados como locuras. En cualquier caso, como bien explicaba Antonio Machado, cabe la duda de que el viaje físico y espiritual no alcanzase el final deseado.

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!

Como por arte de magia, una ciudad perdida en medio de Castilla se convierte, por azar, en el punto de reunión de diversos caminos: el de la reina Isabel, el de Fray Luis de León, el de Santa Teresa de Jesús y nuestro camino imaginado de Lázaro de Tormes. Son motivos más que suficientes para detenerse y caminar entre sus calles desiertas,  muros de ladrillos y tapias de conventos.

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Pero la prisa aprieta, y todavía resta una parada antes de poder dejar descansar a Lázaro y su amo a los pies de la Sierra de Gredos.

Porque buscando buenas poblaciones, no me cabe la menor duda de que el ciego hubiera decidido tomar el camino de Arévalo.

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Allí seguro que pararía algunas jornadas, transitaría entre sus plazas y se apostaría bajo los arcos de ladrillo o apoyado en los tapiales para ofrecer sus servicios a la población.

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Además, es Arévalo otra localidad en la que confluyen referencias, pues en esta población pasó su infancia la reina Isabel, protegida por los muros del castillo de los avatares de la corte. Tras esos muros fue educada y preparada para su asalto definitivo al poder.

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Y ya es tiempo de descansar, pues Lázaro y a su amo tienen por delante lo más duro de su viaje: las áridas tierras que circundan Ávila y la fiereza de la Sierra de Gredos. Después, ya vendrán los días de vino en Almorox, la dulce venganza de Escalona, la viva muerte de Maqueda y, por fin, Toledo.

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