Tras los pasos de Lázaro de Tormes (I)

Hablaban los ilustrados del “viajar con utilidad”, una actividad que trascendiese el mero entretenimiento para convertirse en un proceso de aprendizaje. Como asumo que cojeo del pie de la pedantería -mea culpa!- este verano me he lanzado a un viaje al fondo del Lazarillo de Tormes, ese libro que tantos hemos leído, desde diferentes presupuestos, pero que no creo que pueda comprenderse en su totalidad sin pisar las tierras, sin seguir las huellas, de su protagonista. Solamente plantándose ante la mole de las ciudades de Salamanca y Toledo, o ante la inmensidad de los campos de pan castellanos puede el lector hacerse una idea cabal del sufrimiento e incertidumbre del niño ingenuo, primero, y del cinismo pragmático que habita en el narrador adulto que da cuenta de su situación. Entre un momento y otro media un viaje vital, temporal y también espacial. A lo largo de seis jornadas he querido revivirlo en primera persona, siguiendo las referencias geográficas sobre las que descansa la novela y completando los huecos que la narración deja para que sea el destinatario del relato quien trace su propio camino. Al hilo de este viaje personal, los pasos de Lázaro de Tormes se me han mezclado con otros pasos: los de Fray Luis; los de Santa Teresa de Jesús y San Juan de de la Cruz; los de Isabel de Trastamara; los pasos comuneros de Bravo, Padilla y Maldonado; los de la monarquía borbónica que huye de un Madrid infernal para perderse entre jardines y bosques durante las primaveras y los veranos. La ruta se complicó, en definitiva, y no podía ser de otra manera para un “Vuestra Merced” del siglo XXI que sigue pidiendo explicaciones al pobre hombre de Tejares al tiempo que es incapaz de separar lo leído de lo vivido. Todo se termina por confundir, y el humilde objetivo de recorrer un camino narrado en 1554 resultó al fin un baño de historia literaria confuso, pero útil y esclarecedor.

“Pues sepa vuestra merced ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca.”

¿Dónde está esa aldea de Tejares en la que nacieron los padres y el propio Lázaro? Hoy no existe. No la busquen en el mapa. Peso a todo, sí podemos ubicar más o menos el lugar, pues en la orilla sur del río Tormes a su paso por Salamanca existe un barrio llamado Tejares. ¿Será ese el lugar? La novela nos dice que el padre de Lázaro tenía a su cargo un molino del río y que en ese río es donde nació el protagonista.

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“Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una  aceña, que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí: de manera que con verdad puedo decir nacido en el río.”

En este entorno bucólico, entre árboles y agua, con la imponente Salamanca al fondo, pasó Lázaro sus primeros años de vida, aunque de ellos nada nos cuenta la novela. Es en este lugar, tan al principio de la ruta del Lazarillo, donde se produce el primer cortocircuito lector. La escasez de datos que ofrece la obra sobre la primera infancia del protagonista me obliga a conectar con otro personaje vinculado a Salamanca. Y entonces aparece Fray Luis de León, que por los años en que se escribió la novela vivía, estudiaba y escribía ya en Salamanca. No sé si el paisaje de Tejares fue una referencia para el poeta, pero, visto hoy día, se encuentran en las orillas del Tormes algunas de las claves de su oda “Vida retirada”.

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.

Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrazando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.

El contento y la paz que rezuman los versos de Fray Luis se le rompen al pobre Lázaro con tan sólo ocho años. Las sisas del padre, la condena y la muerte posterior de Tomé González obligan a la madre de Lázaro a tomar una decisión capital: abandonar Tejares para “arrimarse a los buenos” en la ciudad.

“Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas.”

Una mujer heroica esta Antonia Pérez que toma a su hijo de la mano y atraviesa el puente romano que conduce a una nueva vida. Ahora diríamos que la mujer se “reinventó” para sobrevivir.

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Y allí, entre estudiantes y criados de nobles, pasó Lázaro los siguientes años de su infancia. No es de extrañar que sus juegos infantiles y los recados le llevaran por las fachadas de la universidad o por los aledaños de la catedral.

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La vida en Salamanca era, sin duda, muy diferente de la que llevaba en Tejares, y aunque en la novela sólo se nos hable del negro Zaide y del “hermanico”, ¿por qué no pensar que Lázaro pudo cruzar sus pasos con Fray Luis o con el músico Salinas o con don Pedro Portocarrero o con Felipe Ruiz? Yo quiero creer que, llevado por algún encargo de la madre, Lázaro se dirigió en algún momento a la puerta de la universidad y allí pudo oír el eco del órgano de Salinas y, al igual que Fray Luis, se vio transportado más allá de su propia realidad de caballerizas, golpes, necesidades y miseria. Ya sé que las fechas no coinciden, que Salinas no llegó a Salamanca hasta 1561, que el Lazarillo de Tormes se había publicado siete años antes y que la oda de Fray Luis suele fecharse en 1577; pero en el universo de las letras, en esa frontera difusa entre la realidad y la ficción, a menudo la exactitud temporal pierde importancia si es para conseguir un fin mayor.

El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música estremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora,
la belleza caduca, engañadora.

Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entrambas a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
estraño y peregrino oye o siente.

¡Oh, desmayo dichoso!
¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!
¡Durase en tu reposo,
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos a quien amo
sobre todo tesoro;
que todo lo visible es triste lloro.

¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos!

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Sin embargo, la vida de nuestro personaje habría de dar aún otro cambio radical. Ya era buen mozo y la madre creyó que debía convertirse en dueño de su propia existencia. Le encomendó al ciego para que aprendiese con él las lecciones de vida necesarias para subsistir. Es lógico pensar que los primeros días pasados con el ciego, Lázaro debió recorrer mil veces la Plaza Mayor, centro de la urbe y lugar de reunión de la población.

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Tras unos días pasados en Salamanca, el ciego tomó la decisión de abandonar la ciudad para buscar mejores ganancias.

Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí, y  cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos  llorando, me dio su bendición y dijo: “Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto: Válete por tí.”

Lázaro se preparó para abandonar su vida anterior con miedo, es de suponer, pero también con una cierta esperanza en un futuro mejor. De nuevo, las palabras de Fray Luis se me presentan al pensar en lo que debió sentir el niño ingenuo.

No pudo ser vencida,
ni la será jamás, ni la llaneza
ni la inocente vida
ni la fe sin error ni la pureza,
por más que la fiereza
del Tigre ciña un lado,
y el otro el Basilisco emponzoñado;

por más que se conjuren
el odio y el poder y el falso engaño,
y ciegos de ira apuren
lo propio y lo diverso, ajeno, estraño,
jamás le harán daño;
antes, cual fino oro,
recobra del crisol nuevo tesoro.

Pero la fe en la bondad humana por fuerza hubo de durar muy poco tiempo. A la entrada del puente de piedra que cruza el Tormes camino del sur, Lázaro comprendió que le esperaba un aprendizaje de dolor, en el que la brutalidad y el cariño convivían.

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Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo: “Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro dél.”

Yo simplemente llegué, creyendo ser así; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres dias me duró el dolor de la cornada, y dijome: “Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo”.

En un instante las esperanzas de Lázaro se hicieron pedazos. Las palabras de su madre debieron resonar entonces en su memoria: estaba solo y debía valerse por sí mismo. Del ciego solamente podía esperar un aprendizaje brutal que le enseñase a sobrevivir en un mundo de lobos.

“Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré.” DSC_0028.jpg

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7 comentarios en “Tras los pasos de Lázaro de Tormes (I)

  1. me ha gustado mucho tu interpretación de los lugares por lo que pasó el Lazarillo… yo conozco esas tierras y son impresionantes. Solo habiéndolas visto alguna vez puedes entender mejor esa magnífica obra tan llena de humor y realidad. Un saludo.

    • Gracias, María. Estoy completamente de acuerdo contigo: hay obras que no basta con leerlas, sino que es necesario vivirlas de alguna manera. Una de ellas es viajar por sus lugares.

  2. Desde luego. Si al rebufo de “Sexo en Nueva York”, se organizan tours por los lugares más glamurosos de Manhattan, con más motivos explorar la geografía castellana del Lazarillo. Pregunta: La foto de la cúpula gallonada es de Plasencia o de Zamora?

    • Es la cúpula de la catedral vieja de Salamanca, que está contigua a la nueva. Gracias por pasar por aquí, Carolina.

  3. Magnífico el artículo, debe ser un placer participar de tus clases. Me ha gustado. mucho la foto de la Clerecía y la Casa de las Conchas.

    • Gracias, Pepe. ¡Ya quisiera yo tener alumnos tan agradecido! Pero hay que conformarse con lo que se tiene y no pedir la luna.

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