La ciudad vegetal

Hay quien durante estos días de verano se levanta bien temprano para pasear a la orilla del mar y, acaso, hacer algunas fotos de gaviotas, caminantes playeros, amaneceres cálidos y demás parafernalia habitual. Otros, en cambio, nos levantamos al amanecer para darnos de bruces con la ciudad de cada día o lo que queda de ella. Pese a lo que los huidos pudieran pensar, Sevilla sigue en pie, con vida vegetativa, es verdad, pero vida al fin, y en cuanto se rasca un poco sobre la superficie no es difícil encontrar ciertos signos que lo atestiguan.

Churrería

Churrería

Un cigarrillos fumado casi a escondidas o unas palabras que se cruzan al calor de las sartenes nos demuestran que todavía sigue alguien por aquí, además del fotógrafo. Pero no nos engañemos, son pocos los seres humanos con quienes cruzar una mirada, aunque, precisamente por eso, el caminante puede prestar más atención a los edificios y los objetos. No se explicaría de otra forma el que una torre tan vista, tan familiar, como la de los perdigones se me presentase majestuosa reinando sobre la mañana, imponente y quieta, bajo un sol de justicia que abrasaba los ladrillos que la visten.

Torre de los perdigones

Muy cerca de ella, en dirección al río, espera lo contemporáneo en atuendo de torre de luz y esquina de bloque. También luz y ladrillo, aunque separados por un cielo convertido en blancura por los caprichos de la fotografía.

Simplificando

Sin tener que caminar mucho, apenas unos pasos, la mañana vacía del verano de Sevilla permite seguir disfrutando de perspectivas de la modernidad. La simetría del Puente de la Barqueta me sorprende con quienes caminan, como yo, por sus aceras, quizás pensando también en aquellos otros que a la misma hora pasean por las orillas de la playa, despreocupados.

Barqueta

Son tan escasas las personas que transitan, que quienes por allí están más parece que jugaran a perseguirse, antes que simples viandantes con un claro objetivo marcado.

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Y aunque por allí estamos los últimos seres vivos, lo que termina por imponerse es la línea oblicua del puente, sus ángulos y el recorte de los edificios al fondo.

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La batea del puente nos arroja a un paraje inhóspito y extraño: un cauce seco que conduce a una nave espacial, estructuras metálicas, una mujer que camina con la mirada al frente. ¿Qué sentido tiene todo esto?

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Y tras este otro puentecillo que atraviesa un cauce sin agua más edificios despoblados de cristal y acero nos recuerdan que es verano y que la ciudad es poco más que un ser vegetal en espera de que septiembre le devuelva la vida plena.

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