Dies irae

Dies iræ, dies illa,
Solvet sæclum in favilla,
Teste David cum Sibylla!
Tomás de Celano

Ya está otra vez espiándome a través de la ventana, con sus ridículas calzas verdes y ese sombrerito que le pone cara de amanita phalloides, aunque sin la incertidumbre que el micorrizógeno atesora. A su lado chisporrotea como siempre la lucecita que es su eterna compinche, tan enervante y presuntuosa. Sé que están deseando que les deje el camino franco, porque fuera hiela y la niebla envuelve el edificio como en las peores noches del invierno, y que si lo hago me contarán alguna historia delirante sobre la sombra o las fieras que habitan al oeste de la isla. Pero no voy a hacerlo, esta vez no. No comprendo qué les pasa a estos dos. Al regreso de la última aventura fui lo suficientemente clara: “No estoy dispuesta a ser segundo plato de nadie”, le dije con la intención de que no gritase más “¡Bangueran!” y borrase de una vez su estúpida sonrisa de la cara. No me queda otra alternativa, así que desde este momento dejo de creer en las hadas y que se vayan al infierno el cocodrilo, los niños perdidos, Smee, Garfio, los indios, el Jolly Roger y, sobre todo, los insufribles Peter y Campanilla. Ni una lágrima pienso derramar por ellos. ¡Uf, cómo me duele el vientre! ¡Menos mal que sólo es así el primer día del ciclo!

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