Por el Puente de Triana

“Madre, hay en Sevilla
una mitad y otra mitad,
y un papel de plata
que las tiene separás”
Cuarto Menguante

La Sevilla eterna, la de las coplas y los poemas que rezuman miel y nostalgia, se tiñe las mejillas con el azul verdoso del Guadalquivir y el hierro prieto del Puente de Triana. Buen comienzo, a fe mía. Es posible que el viajero se acerque expectante a los aledaños del río esperando ver cruzar por la pasarela alguna cigarrera camino de ninguna parte o una cuadrilla de toreros que encamina sus pasos hacia la Maestranza mientras los chiquillos corretean a su alrededor y siembran de olés la traquila corriente fluvial. Pero no se engañen, no hay instantáneas eternas, que esas -si existieron- duermen el sueño del tiempo en los viejos álbumes. Lo que hoy puede encontrarse una tarde de sábado en las cercanías del puente es simple y pura vida: cafeterías, gentes que pasean sin mirarse o skaters que aprovechan las rampas que dan acceso al paso fluvial.

Desencuentro
SkaterQuizás lo más sorprendente es la cantidad de personas que cruzan de allá para acá y a la inversa. Decenas de pies que discurren lentos o rápidos, a zancadas de gigante o deteniéndose a mitad de camino para contemplar de lejos uno de los decorados más manoseados del tópico sevillano.

One direction, pleaseSi paseamos con tranquilidad podemos hacer como el resto y disfrutar de las vistas, reafirmarnos en la maravilla y llenarnos de orgullo, como si nosotros mismos hubiéramos sido los arquitectos de la belleza contemplada. También, simplemente, podemos atender al puente en sí y descubrir los mensajes de modernidad que atesora y niegan, en parte, el tópico.

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Como muchos otros puentes, el nuestro no ha podido evitar ser soporte de las modas y en sus volutas de metal han quedado enlazados mensajes de amor, pese a los esfuerzos de la autoridad -siempre tan limitadora- por evitarlo. Hay quien censura el hecho; sin embargo, a mí me parece un detalle tierno que habla de vida y de que el puente sigue siendo útil, más allá de unir la ciudad y su antiguo arrabal.

Pero hay más sorpresas a la espera. ¿Por qué no una sesión fotográfica con moto incluida? Cuerpos delgados enfudados en lycra negra que se recortan contra las barandas: esto no parece Sevilla, al menos no la de siempre, la de las postales con coches de caballos y gitanitos que tocan palmas a compás. Aunque, en el fondo, quizás no sea tan diferente.

Dame una moto, que lo demás viene rodado (IV)

Dame una moto, que lo demás viene rodado (I)

Este puente ya no es mi puente, dirán algunos entre sollozos mientras otros aplaudirán los nuevos usos y costumbres. Lo cierto es que sobre la batea del Puente de Triana conviven todos los tiempos, aunque pueda pasar desapercibida esta simbiosis al ojo no atento. Quizás se trate de un encuadre, de un comentario susurrado al paso o puede ser una figura que delata una forma de ver el mundo y de ser que sólo es posible en Triana y, por ello, en Sevilla. Más allá de los tópicos. Más allá de su río.

Triana

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