De vuelta al viejo barrio

Las ciudades son -o debieran ser- lo que se ha vivido, no lo que otros afirman haber habitado. Habitualmente, la segunda opción se impone y terminamos por hacer nuestra un conjunto de imágenes y de experiencias solamente disfrutadas con la vista. Supongo que esa es la razón por la que buena parte de los sevillanos nos identificamos con una “Sevilla eterna” en la que imperan la Giralda, la fachada de la parroquia del Salvador o las callejuelas de ese parque temático que es el barrio de Santa Cruz. Esa es nuestra Sevilla, aunque la vida nos haya arrojado sobre las avenidas asfaltadas del extrarradio o los núcleos de viviendas que contemplan desde la lejanía la torre más hermosa.

Pero nuestra ciudad real también existe y merece un espacio digno en la memoria. Es esa ciudad de cada día -y, sobre todo, las gentes que la pueblan- la que nos ha forjado al ritmo de los años. A ella es a la que volvemos siempre, incluso después de los baños estacionales de sevillanía -borrachos de azahar y de experiencias sensoriales, ahítos de tópicos- para ser acogidos sin reproches. La ciudad cotidiana o de la memoria es una Ítaca paciente que espera el regreso de su morador para ofrecerle de nuevo un trono que ha permanecido vacío desde nuestra marcha. Es probable que no haya en ella monumentos deslumbrantes ni riadas de turistas boquiabiertos; tan sólo vida, nuestra vida.

En mi caso, la ciudad cotidiana está construída sobre dos ejes que recorren Sevilla de norte a sur y de oeste a este, y que se cruzan en el corazón urbano sin llegar a aposentarse. Rascando en la memoria, los primeros recuerdos de la infancia giran en torno a la zona portuaria. Allí, mientras el mundo al parecer se hundía, yo era feliz.

DSC_0073.jpgHoy, el barrio -si puede llamársele así- ha cambiado. Hasta el nombre de su principal arteria ha sufrido una transformación sutil: de la Avenida de la Raza a la actual Avenida de las Razas, un inocente paso del singular al plural que lo dice casi todo. Junto al cambio de denominación, otras transformaciones aparentes: un par de nuevos bloques de oficinas, algún que otro negocio, viejos edificios convertidos en sedes de organismos oficiales.

DSC_0074.jpgNo se parece en nada al espacio de la niñez. Todo es más limpio y ordenado, el trasiego de gente por las aceras resulta sorprendente: ¿dónde irán, si aquí no había nada que hacer? No obstante, tras la sorpresa inicial el ojo se acostumbra y percibe que, en su esencia, todo sigue más o menos igual: el reloj de la comandancia de marina, por ejemplo, permanece anclado en la misma hora desde hace casi cuarenta años y la palmera continúa compitiendo con la torre blanca dejada por la Exposición de 1929 bajo la colcha azul del cielo.

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DSC_0123.jpgY hay más, sí: las bellísimas naves de puertas coronadas por azulejos florales que dotan de humanidad la actividad diaria: “¿Por qué ya no hay decoración en los edificios industriales?”, pienso al tiempo que oprimo el disparador. Recuerdo que en una de estas naves fue detenido El Lute después de una de sus fugas de la cárcel: “Niños, a casa, no se vaya a escapar un tiro”, nos dijeron mientras los mayores se encaminaban hacia el cerco policial. Allí siguen para que yo pueda recordar.

DSC_0084.jpgEra el barrio una zona industrial en la que algunas familias vivíamos al calor de los oficios: gentes de astilleros, los de la aduana, los marinos de la comandancia y nosotros, los de correos y telégrafos. Lo laboral se imponía a lo lúdico, sin lugar a dudas. El relieve de la sede del sindicato vertical, delante del cual pasaba cada día camino del colegio, bien que lo demostraba.

DSC_0100.jpgEn mi barrio teníamos, además, río. No era el Guadalquivir de paserase, sino uno más complicado, al que era difícil llegar, aunque siempre nos las ingeniábamos para colarnos entre las rejas y acercarnos hasta la orilla, jugar en los embarcaderos, escondernos tras la inmensa grúa, potrear entre las montañas de cereal y perseguir ratas. Todo sigue allí; pero no queda nadie en ese espacio desolador.

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DSC_0044-Editar.jpgLas pintadas en los muros hablan de una vida nueva y extraña que se esconde a la luz del día. Mucho me temo que mi viejo puerto, el lugar donde fui feliz mientras otros no lo eran, ya nada puede ofrecerme salvo un puñado de recuerdos inconexos. Lo cierto es que no me importa, porque, aunque los restos de lo que fue desapareciesen por completo, las aventuras vividas entre sus callejones permanecerán mientras yo sea capaz de evocarlas.

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5 comentarios en “De vuelta al viejo barrio

  1. Bonita y melancólica descripción mientras paseas por la tierra de tu infancia-que es la única que importa al fin y al cabo- Lástima que no sé porqué no puedo ver las fotos con las que ilustras tan magníficas evocaciones. Saludos cordiales desde UY

  2. Sin duda una sensación dificil de explicar y que todos tenemos alguna vez.
    Ya sabe usted tengo la extraña manía de relacionarlo todo con canciones. Esta entrada me recuerda a esta canción http://www.youtube.com/watch?v=1chqZ_O9QfM
    Volver a Murcia y ver que todo a cambiado, poco más que como un “inmigrante” se siente Carlos Tarque en ciudad natal.
    Bonita entrada. ¡Un saludo!

    • Pues la relación está muy bien traída. Lo cierto es que a medida que nos hacemos mayores parece imposible no sentir a menudo esa sensación de “inmigrante”, si nos ponemos melancólicos, o de explorador, si es que nos da por ser positivos.
      Gracias por pasarte por aquí.

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