El negro Juan

penitentes

De las Historias fingidas,
obra original en prosa escrita por el agente de aduanas
José Simón González de la Serra y Villa
en la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla.

El negro Juan, por filiación completa Felipe Juan Nepomuceno Carabias y Guevara, era hombre de comunión diaria, servicial y devoto de la Virgen, Nuestra Señora. A la muerte de su amo, quien lo trajo de la plantación cubana en la que había nacido, recibió el beneficio de la libertad bajo la condición de emplear durante el resto de su vida al menos una jornada en el cuidado de la capilla de la cofradía de los negros situada extramuros de la ciudad. Hombre de palabra, pese a su origen servil, no faltó a su obligación ni un sólo día de su vida. Allá podríais verlo todos los jueves cambiando la candelería del retablo, repasando con paño húmedo el marco de las pinturas, perfilando con pincel los vericuetos de los bordados y atendiendo en el minúsculo despacho los requerimientos de quienes se acercasen a la capilla para la entrega de ofrendas, encargos píos, demanda de trabajo, comida o simple consuelo. Entretenía el resto de los días en acercarse a las atarazanas, donde siempre recibía algún encargo de traslado de fardos, y en frecuentar las puertas del convento de San Agustín, pues los frailes solían contar con sus servicios para el mantenimiento de la huerta interior y el trasiego de productos a los mercados y talabarteros que en aquellos tiempos cosían las esquinas de la ciudad con sus pregones acerados, sus requiebros a las dueñas jóvenes y sus chismes. Pese a su condición de liberto, lo cierto es que el negro Juan era por aquel entonces hombre respetado y conocido, tanto por la piedad de sus actos y bonhomía como por no recordársele negativa alguna ante los ruegos de quienes con él pretendiesen contar. Precisamente por el carácter popular y entrante del personaje sorprende su protagonismo en los hechos que tuvieron lugar en la noche del Jueves Santo del año del Señor de 1604.

Era costumbre antigua que en los días señalados de la Semana Mayor las cofradías de disciplinantes tomaran las calles de la ciudad para hacer acto penitencial público que sirviera de purga de los propios pecados y expiación colectiva. Las motivaciones que llevaban a los disciplinantes a sacarse la piel la tiras ante los gritos de asombro, admiración y repugnancia de quienes transitaban plazas y callejones sería prolijo consignar en estas páginas. Para ello, los archivos documentales sevillanos ofrecen múltiples obras, sermones y documentos de toda índole en los que se describen y analizan con detalle. Sí ha de tenerse en cuenta que no era una costumbre plenamente aceptada por la jerarquía eclesiástica, que ya en el sínodo del mismo año 1604 se había manifestado en la línea de un mayor control de tales explosiones de fervor penitencial por no considerarlas fruto de la piedad, sino de otras pasiones humanas de todo punto censurables. Así queda de manifiesto en una carta inserta en la Regla de la Cofradía de la Sanctíssima Vera Cruz, en la cual se alude al “desorden que ai en este Arçobispado, i principalmente en esta ciudad de Sevilla”.

Desde la perspectiva que dan los años, se nos antoja que el artificio del acto penitencial público pudo estar en el origen de los acontecimientos que implican al negro Juan y que tantos pliegos de reflexión llenaron en los años sucesivos. Aunque tampoco pueden desestimarse las peculiaridades de una sociedad que sólo competía en condiciones de equidad en los días en que se conmemora la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, pues, como se sabe, ante el Pastor Supremo todas las ovejas nos presentamos adornadas con las mismas cualidades.

Es el caso que en la susodicha jornada confluyeron a la misma hora en la plaza del Divino Salvador los cofrades de la Hermandad de Nuestra Señora de la Antigua y los negros de la de los Ángeles. Los primeros, amparándose en su condición hidalga, forzaron la preeminencia de sus insignias y adelantaron el paso, encontrándose con la negativa de los negros a ceder un privilegio que ostentaban desde tiempo atrás. La disputa, según refieren algunos testigos, elevó el tono. El mayordomo de los negros, al parecer, adujo a grandes voces la falta de piedad de los de la Antigua, en quienes dijo no encontrar “ninguno de los hermanos, sino alquilados y disciplinantes de comercio”. Suponemos que el tal mayordomo habría de referirse a la extendida costumbre nobiliaria de enviar penitentes que ocupasen sus puestos en el cortejo, como se enuncia en los Fastos geniales, obra redactada en 1605 por viajero portugués Tomé Pinheiro en referencia a costumbres vallisoletanas que serían perfectamente equiparables a las sevillanas:

“Los cofrades de sangre están obligados a disciplinarse, y cuando no pueden dan un criado, o amigo, o persona alquilada, y no faltan infinitos de estos Simones Cirineos por ocho reales.”

Como suele ser habitual en esta ciudad, el conflicto discurrió durante buen tiempo en el terreno de las palabras y los amagos, no pareciendo que en ningún momento pudiese llegar a más. Sin embargo, para sorpresa de propios y extraños, Felipe Juan Nepomuceno Carabias y Guevara, portador de bastón de abedul con el que venía sajándose los lomos desde las afueras de la muralla este de la ciudad, se descubrió el rostro cubierto con el antifaz blanco virginal de la Señora de los Ángeles y arremetió contra el fiscal de disciplinantes de la Hermandad de la Antigua. Al ser hombre de cualidades religiosas conocidas por casi todos los presentes, la violencia de su acto fue entendida como un aldabonazo justificatorio y los hermanos de una y otra congregación asumieron que el momento de las palabras había tocado a su fin. A los pies de las sagradas imágenes, décadas de renuncias e indignidades, de artificios e hipocresías, de falso cristianismo exterior se sumaron para convertir la plaza en campo de batalla. Así lo muestra el testimonio incluido en el Pleito posterior que mantuvieron ambas cofradías:

“Y con bastones que llevaban en las manos dieron muchos achaços, quemando con las dichas achas los rostros, mantos y capas, de que resultó aver muchos eridos y grave daño en las ropas y cuerpos de muchas personas, y llegó a tanto el atrevimiento que con las propias disciplinas davan y hacían mal a todos los que encontravan.”

Según parece, la reyerta se extendió más allá de los miembros de las dos hermandades y de los límites de la propia plaza, convirtiendo esa madrugada de Jueves Santo en un concurso de carreras, ayes, improperios, persecuciones y golpes. No hemos podido saber más de las actuaciones del negro Juan en la noche de autos y fechas subsiguientes. Sin embargo, en una nota anónima depositada en la sede arzobispal y fechada en 1658 se alude a una figura espectral, ataviada con disciplinas y hábito de los negros, que cada noche de Jueves Santo aguarda en el Divino Salvador la llegada de las hermandades que allí confluyen para conceder el paso franco a las cofradías y evitar así todo conflicto irreverente.

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