La función

Había ensayado el truco mil veces: la suave música in crescendo resaltaría la intensidad del momento, al tiempo que los contoneos de su partenaire indicarían a las miradas la dirección que habían de seguir. Esa noche, el silencio del auditorio presagiaba que algo importante podía al fin suceder: aislado del entorno, seguro de sí mismo, el prestidigitador introdujo la mano en la chistera. Tocó pelo y asió con fuerza, porque sabía que estas criaturas, por muy habituadas que estuvieran al contacto humano, solían estremecerse -quién sabe si por sorpresa, miedo o, simplemente, por naturaleza- y no quería verla escapar, con la consabida rechifla y potencial riesgo de extravío. Cuando estuvo seguro de haber hecho presa, extrajo la mano del sombrero y se mostró al público componiendo una bien estudiada figura.

En las primeras filas del patio de butacas, un chiquillo de pelo crespo y cara rabiosa se levantó empujado por un resorte: “Mira, mamá: el conejo está desnudo”. Los asistentes explotaron en un estruendo de carcajadas que dieron fin a la tensión tan trabajosamente labrada. Las manos, enloquecidas, se metamorfoseaban alternativamente en flechas acusadoras, mordazas bucales o velos que protegían del sonrojo a unos espectadores incapaces ya de controlarlas. El mago hubo de renunciar al gag final, consciente de que nadie prestaba la suficiente atención. El homúnculo que había adquirido en una tienducha de Singapur tendría que aguardar mejor ocasión para triunfar en el mundo del espectáculo.

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