El arte de las musas

Comenzaba con Sol y después lo que el cuerpo le fuera pidiendo: a veces un Re que le había costado semanas ejecutar con suficiencia; otras se lanzaba hacia el Do Mayor o iniciaba otro compás en Sol. En la melodía resultante solía intercalar Mi y La Menor, y adornaba la pieza con múltiples variaciones de orden y rasgueo sobre el escueto conjunto de acordes. De cuando en cuando, incluso se atrevía con un solo que vagamente armonizaba en el conjunto. El vecino, un hombre por lo general comedido y de sonrisa bonachona, se acercó al poyete del patio interior donde practicaba cada noche. Vestía chancletas, calzonas deportivas y camiseta de canalé con tirantas, un atuendo informal muy apropiado para esas noches de verano en que la comunidad comparte con alborozo las intimidades a través de las ventanas abiertas de par en par. “Tócala otra vez, Sam”, le susurró al oído mientras aplastaba sus dedos con los alicates, “Tócala otra vez, si tienes huevos”.

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