Argimiro

La vida escolar fue un auténtico infierno: “Argimiro, cara de papiro”, “Argimiro, inventor del autogiro”, “Argimiro, me las piro”, “Argimiro, pío, pío, pío”. Mientras, el padre, severo y de rostro adusto, le sermoneaba sobre el orgullo, la dignidad, el saber estar y aguantar. Nunca llegó a comprender por qué un hombre tan racional se mostraba incapaz de asumir su error y decirle que sí, que se había dejado llevar por un mal pronto o por un instinto jocoso latente en lo profundo del ser. En ocasiones, incluso creía poder asimilar que el padre le espetase: “Jódete, es tu nombre. Te lo puse porque eres mi creación y punto. Sé un hombre y aguanta, Argimiro”.

Pero las antiguas elucubraciones han perdido buena parte de su sentido. Ahora, adulto ya, bien desarrollada su capacidad argumentativa, el padre no puede encajar el aluvión de imprecaciones que Argimiro ha atesorado con dedicación artesana durante años. La imposibilidad de enfrentarse al causante de su rabia multiplica su odio. Ante la lápida, como cada 28 de junio, Argimiro se muerde los labios mientras deposita el ramo de flores.

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