El viento

A media mañana se levantó el viento. Las primeras rachas ya fueron devastadoras: secaron el ambiente, sembraron viejas dudas y permitieron el nacimiento de nuevas certezas. Por la tarde, aunque la intensidad del vendaval se redujo, el mal recién nacido había quedado firmemente asentado. Podía combatirse heroicamente, sí, pero sabiendo que la victoria era poco menos que imposible. ¿Cómo enfrentarse a lo que nos supera en cien veces? ¿Cómo vencer a quien no tiene cuerpo? El hombre, mal que bien, aguantó los embites uno tras otro; sin embargo, toda resistencia tiene su límite y sucumbió con la última gota de sus fuerzas. Nadie le oyó una queja, tan humilde y prudente era.

El gancho que sostenía la lámpara se adecuaba a sus propósitos. Al mudarse, él mismo lo había colocado ante las bromas de la mujer. “Tan sólo debe sujetar unas luces, no a ti”. Recordaba la contestación envuelta en una sonrisa que lanzó desde la escalera: “Nunca se sabe, nunca se sabe”. Hubiera preferido utilizar una cuerda; pero el alambre, sin duda, resultaba más práctico. Sucio y desagradable, quizás; aunque terriblemente efectivo.

El viento desapareció en la madrugada. Había dejado a su paso un rastro de hojas y suciedad. También un trabajo bien hecho.

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