Procesos inversos

“Es curioso el funcionamiento de los procesos creativos”, pensaba el microcuentista no hace mucho. Un novelista conocido suyo le había discurseado durante varias horas sobre cómo el origen de sus obras residía en un germen diminuto que iba ampliándose y ampliándose por obra y gracia del implacable trabajo posterior: añadir escenarios, crear físicos acordes con el comportamiento o valor asociado al personaje, construir situaciones y diálogos. “De esa manera -pontificaba el amigo- un embrión insignificante, apenas una idea miserable, se convierte en novela y puedo brindar al lector la posibilidad de protagonizar la experiencia contraria, viajar desde el todo a la semilla y habitar así el núcleo primigenio”. Consciente de la humildad de su tarea, el microcuentista no quiso o no pudo hacer partícipe al amigo de que su proceso creativo seguía una orientación inversa. Él percibía la historia en su totalidad de anécdotas y variables, para proceder después a la dolorosa tarea de desnudarla hasta dejarla reducida a expresión breve. Habitualmente, se conformaba con reducir la selva imaginada a los tres momentos indicados por el maestro Lagmanovich: presentar la situación, introducir el elemento perturbador y finalizar con una decisión favorable a alguno de los opuestos o neutralizadora del contraste. Sin embargo, el relatista extremo intuía que el viaje al núcleo podía ir aún más allá; bien eliminando el final por corte seco, bien eludiendo la situación de partida y la posterior oposición. En cualquiera de estos casos, el éxito del relato quedaba siempre en manos de la competencia interpretativa del lector, algo incontrolable de antemano y, por ello, causa de sufrimiento en el autor. Aunque era arriesgado, a veces el escritor aceptaba el reto de lo realmente mínimo y escribía ficciones que abordaban lo que, a su juicio, era el verdadero problema de la tarea microcuentística. “Te odio” o “Fin (tú ya sabes por qué)” habían sido dos de las obras entre las compuestas por él que más se acercaban a su visión radical de la microficción. En una salvaje vuelta de tuerca, hoy ha decidido avanzar en el proceso y dejar la página en blanco. Tiene muy claro que manifestarle una insultante indiferencia es lo que más dolerá a ese lector-cabrón con el que mantiene una tormentosa relación desde hace años.

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