Pueblo sumergido

Bajo el lago hay un pueblo sumergido. Todos los que vivimos en este valle lo sabemos. Los más viejos recuerdan todavía las protestas de los parroquianos al conocer la notificación que llegó de la capital: indignación general, ataques de ira, nostalgia anticipada y llantos. Pero de nada sirvió. Tan sólo un par de meses después se iniciaron las obras hidráulicas para el desvío de los arroyos y torrenteras de la comarca, el dique de contención comenzó a ganar altura y todas las aldeas se poblaron de gentes que iban y venían, gastaban y reían en los bares. En poco tiempo la protestas iniciales se disiparon y la solidaridad nacida de tan brutal decisión se desvaneció. Los habitantes del pueblo elegido parece que asumieron con resignación su papel de víctimas y la comarca volvió a mirarse a sí misma. Tres años después llegó el agua y el olvido definitivo.

En el más de medio siglo que ha transcurrido desde entonces, el pantano ha terminado por convertirse en uno de los centros de interés del valle: sobre sus tranquilas aguas se refleja la silueta de nuestras montañas, los senderos que lo circundan se pueblan cada domingo de caminantes solitarios en busca de las respuestas que se escapan entre calles y bullicio urbano. Incluso han venido gentes arriesgadas que invirtieron en mesones y hospedajes donde descansar al son del rumor del viento entre los álamos. Es de reconocer que el entorno de nuestro lago es hoy de una hermosura sin igual. Sin embargo, son muy pocos los paisanos que se atreven a adentrase en las aguas oscuras del lago. No sucede así con los visitantes ocasionales. A ellos es fácil encontrarlos nadando libres sobre sus aguas o aferrados al mástil de sus tablas de surf. Parecen disfrutar sobremanera de unas aguas que a nosotros, los autóctonos, nos son hurtadas. Aunque la envidia reconcome a las habitantes del valle, nadie se ha atrevido jamás a sumergirse en el lago. Sabemos que bajo la superficie aguarda nuestra culpa, agazapada y paciente, para tomarnos de los pies y llevarnos al fondo, donde esperan los cuerpos de los vecinos que se negaron a abandonar sus hogares. La campana de la iglesia sumergida nos lo recuerda cada madrugada desde hace más de cincuenta años.

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Un comentario en “Pueblo sumergido

  1. Ya desde la primera oración, quedás desestabilizado como lector: “Bajo el lago hay un pueblo sumergido” contado con naturalidad, como si nada. Y es a ese nosotros inclusivo de las últimas hacia donde nos dirige. Buenísimo en cuanto a la técnica. Me gustó mucho. Saludos van, Jose.

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