Las ruinas eternas

foro-romanoDe 1558 data el libro que Joachim Du Bellay dedicara a las ruinas de la antigua Roma. Se trata de un conjunto de poemas mediante los cuales el poeta francés pretendía mostrar el efecto del tiempo sobre el poderío y avisar de sus consecuencias. El primer cuarteto del tercer soneto coloca al lector en suerte:

Viajero que buscas a Roma en Roma,
Y nada de Roma en Roma percibes,
Estos viejos palacios, estos viejos arcos que ves,
Y estos viejos muros, es lo que Roma se llama.

(Traducción de Jerónimo Fernández Cuadrado)

En línea con Du Bellay, la moda de la poesía sobre ruinas se extiende a lo largo y ancho de los siglos XVI y XVII en Francia, en Inglaterra y, por supuesto, en esta España nuestra que en breve tiempo se vio precipitar de la hegemonía y grandeza de los primeros Austria a la decadencia del XVII. Recordemos la optimista -y hasta chulesca perspectiva, si me lo permiten- de un Hernando de Acuña, orgulloso caballero del emperador Carlos:

Ya se acerca, señor, o ya es llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.

Ya tan alto principio, en tal jornada,
os muestra el fin de nuestro santo celo
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un Monarca, un Imperio y una Espada.

Ya el orbe de la tierra siente en parte
y espera en todo vuestra monarquía,
conquistada por vos en justa guerra.

Que a quien ha dado Cristo su estandarte,
dará el segundo más dichoso día
en que, vencido el mar, venza la tierra.

Comparemos el sentimiento que subyace en los versos anteriores con la amargura del arranque del famoso soneto de Quevedo:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

O con los tres primeros versos de la “Oda a las ruinas de Itálica“, de Rodrigo Caro:

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.

Los ideales de progreso burgués que llegaron con la Ilustración, la posterior Revolución Industrial y el triunfo del modelo capitalista relegaron el tema de las ruinas en los siguientes siglos. De cuando en cuando afloraba el horror del tiempo proyectado en el destrozo de las construcciones humanas; pero, a menudo, como símbolo de la ruina moral del individuo en un mundo en avance aparentemente constante. En ciertas ocasiones, las recesiones económicas recurrentes obligaban a los poetas a plantarse de cara a la realidad, como pudo ser el caso del Federico García Lorca de Poeta en Nueva York:

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

packardSin embargo, después de los desastres económicos, sociales o bélicos el mundo occidental se reinventaba gracias a un New Deal o un Plan Marshall que pronto hacían olvidar los rigores del devenir temporal. Nadie se acordaba ya de los poetas que habían cantado la decadencia y la quiebra de las estructuras sociales, que habían avisado -como el Du Bellay del siglo XVI- de la inevitable fractura de la gloria humana.

Ahora que nos vemos inmersos de nuevo en una crisis que amenaza el mundo que con tanto esfuerzo y buenos rendimientos económicos ha construido Occidente, los artistas volverán a dejar constancia de la decadencia. Las ruinas del Foro Romano que impactaron a Du Bellay serán sustituidas en estos tiempos por los polígonos industriales abandonados y los mastodónticos y desiertos edificios de oficinas. Los elocuentes ejemplos de la Roma imperial o la ciudad abandonada de Itálica serán reemplazados por espacios más cercanos, como esa orgullosa Detroit, meca del capitalismo y la industrialización en la década de los sesenta, convertida en ciudad fantasma y pesadilla de la modernidad.

Pero -esperemos- la crisis será superada y, como en tantas ocasiones anteriores, olvidaremos los avisos, nos concentraremos en las bonanzas de los indicadores eocnómicos y nos maravillaremos ante el poderío humano capaz de elevar hasta el mismísimo cielo la creatividad hecha de cristal y acero. Bienvenidos a la fiesta.

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Un comentario en “Las ruinas eternas

  1. Buenas,
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