Nuevas luces en torno a la imitatio: el caso Camoes-Quevedo

El 10 de junio de 1580 moría en Lisboa el poeta Luis Vaz de Camoes. Sus esfuerzos nos dejaron una azarosa vida, una buena colección de versos líricos, la imprescindible narración Os Lusíadas y un misterio. Su existencia ha sido glosada por eminentes biógrafos y su obra analizada con detenimiento por especialistas procedentes de los cuatro puntos cardinales. Sabemos de las dificultades de sus últimos años y del estado de penuria en que vivía en el tiempo en que vio la luz su eterno relato de la hazaña lusitana. La obra lírica del poeta le fue robada en vida y solamente después de su muerte pudieron ver la luz los encendidos versos amatorios que escribiera en noches sin sueño.

Son, precisamente, estos versos los que encierran el mayor misterio que acompaña al poeta portugués. En uno de ellos, Camoes acomete la difícil y tópica tarea de definir la pasión amorosa. No encuentra mejor medio que recurrir al contraste y convertir la técnica en leit motiv que cohesiona el cerrado y escueto molde del soneto.

Amor é fogo que arde sem se ver;
É ferida que dói e não se sente;
É um contentamento descontente
É dor que desatina sem doer;

É um não querer mais que bem querer;
É solitário andar por entre a gente;
É nunca contentar-se de contente;
É cuidar que se ganha em se perder;

É querer estar preso por vontade;
É servir a quem vence, o vencedor;
É ter com quem nos mata lealdade.

Mas como causar pode seu favor
Nos corações humanos amizade,
Se tão contrário a si é o mesmo amor?

Huye Camoes de la sencillez renacentista para iniciar un camino artístico que profundiza en la palabra, en los matices derivados de la yuxtaposición de términos vinculados semántica y morfológicamente. El poeta que había escrito estos versos, sin lugar a dudas había ya abandonado el ideal expresado por Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua. Recordemos la posición del humanista castellano:

El estilo que tengo me es natural y sin afectación ninguna. Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación.

Camoes, ya bien avanzada la segunda mitad del siglo XVI, piensa de manera muy diferente. Para reflejar lo que desea expresar no bastan ya las palabras que le son naturales. Él necesita retorcerlas, aunque sin llegar aún al extremo que la gran poesía del siguiente siglo nos mostrará.

Pero volvamos al contenido del soneto citado, pues en él se esconde la razón de ser de este breve comentario y la clave sobre la que se sustenta el enigma de la imitatio. Decíamos que el lusitano había dedicado el alma de su composición a la definición de lo indefinible, al establecimiento de la verdad del amor. Unos años después, y no lejos de la tierra portuguesa, el madrileño Francisco de Quevedo escribe otra composición que persigue idéntico fin. Recordémosla.

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado;

es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado;

es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

El tema y la intención son los mismos; la redacción de algunos versos, idéntica. Se hace evidente que el poeta español redactó su poema para homenajear al gran Camoes. Sin embargo, al reparar en las fechas vitales de ambos autores puede advertirse un no sé qué que los conecta más allá de lo que la razón afirma.

Decíamos al principio de estas líneas que Camoes murió el 10 de junio de 1580. Tan sólo un par de meses después, el 14 de septiembre, nacía en la villa de Madrid Francisco de Quevedo. Sesenta y cuatro días separan la muerte y el nacimiento de dos de las plumas más preclaras de la vieja Iberia. Nada tienen en común, ni sus intereses ni sus posiciones estéticas o vitales ni sus meras apariencias físicas. Solamente unos versos los conectan, como diría el leguleyo, más allá de la duda razonable. Para pacificar nuestros miedos, la historiografía literaria al uso justifica casos como el reseñado recurriendo al concepto de imitación, de influencia, de homenaje, de plagio, en su posición más extrema. No obstante, yo prefiero pensar que hay algo más allá.

Es muy posible que el lector que haya alcanzado estas líneas se niegue a aceptar la posibilidad que comienzo a sugerir. Sin embargo, ¿por qué no pensar que el Quevedo autor de tan famoso poema no es más que la proyección en el tiempo de un Camoes inmortal? Quevedo, desde este presupuesto alternativo, no sería más que una segunda oportunidad en el continuo vital del escritor lusitano; una vida completamente diferente en la que el poeta maltratado por su propio tiempo intenta disfrutar lo que no pudo vivir. En ese intento por vivir “de otra manera”, acaso resonaran recuerdos de la vida pasada en forma de endecasílabos que renacían a la luz de una lengua diferente -É ferida que dói e não se sente- y de otro tiempo. Yo -perdónenme el atrevimiento y el desvarío- prefiero creer que el Camoes cuyo cuerpo jamás fue encontrado renació dos meses después de su muerte para hacerse Quevedo y seguir componiendo versos divinos. Quizás aún sigue entre nosotros tras una larguísima existencia creadora. Quizás, en estos momentos, en algún rincón del ancho mundo, está sentado ante su ordenador intentando definir una vez más que sea eso del amor.

Anuncios

4 comentarios en “Nuevas luces en torno a la imitatio: el caso Camoes-Quevedo

    • Tanto como sangrante… no sé. Aunque se ha usado a veces con hipocresía, la copia como homenaje ha sido moneda corriente en otras épocas. Algo así como, todavía antes, la pseudoatribución. Recuerdo un soneto de Sor Juana Inés de la Cruz que refreía el final del “Mientras por competir con tu cabello” de Góngora. Originalidad le sobraba a Quevedo, como a veces demuestran ejemplos que traspasan la raya del buen gusto, y en este caso se ciñe tanto a la fuente que hace un esfuerzo. Pero, ya digo, no sé.

  1. Pero antes, Jorge Manrique había escrito en ‘Diciendo qué cosa es amor’ (aunque mejor es leer todo el poema):

    Es placer en c’hay dolores,
    dolores en c’hay alegría,
    un pesar en c’hay dulçores,
    un esfuerço en c’hay temores,
    temor en c’hay osadía;
    un placer en c’hay enojos,
    una gloria en c’hay pasión,
    una fe en c’hay antojos,
    fuerça que hacen los ojos
    al seso y al coraçón.

    y si vamos más atrás…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s