El ser de España

Envueltos como estamos en tremendo debate identitario, no puedo evitar dejar en negro sobre blanco mi pequeña contribución. Es humilde, probablemente poco ilustrativa, con total seguridad carente de la contundencia y rigor necesarios para figurar bajo un sintagma -ser de España- de tan rancio recorrido. Sin embargo, mientras más medito la cuestión, más extraño me resulta que gentes tan capaces como los sociólogos, ensayistas de todo pelo, periodistas, tertulianos, literatos, intelectuales y políticos no hayan reparado en la verdad nacional que subyace bajo la cotidiana apariencia del Cola Cao matinal. Disculpo a los tratadistas clásicos de la cuestión, esos Ganivet, Unamuno, Maeztu, Ortega y Gasset (que ambos nos dejaron inigualables páginas sobre la cuestión hispánica), Madariaga, Sánchez Albornoz, Laín Entralgo; pues no podían presumir la llegada en 1945 de un producto tan característico de la hispanidad (o, incluso, de la “hispaneidad”, que siempre es bueno matizar). Pese a todo, el largo recorrido vital de muchos de ellos bien les hubiera posibilitado la revisión de sus obras en función de esta variable nacional que llegó de manos del primer franquismo y explotó con el desarrollismo de los años sesenta. No me negarán que don Pedro Laín Entralgo podría haber dedicado unos párrafos de su España como problema (1949) a la cuestión del cacao soluble como metáfora de un alma española en perpetuo debate; cosa que sin duda le hubiese agradecido don Rafael Calvo Serer al disponer de una cuestión más sobre la que polemizar en España sin problema, ese ensayo anti-Laín aparecido el mismo año.

Ante este vacío mostrado en la bibliografía específica, es hora de tomar cartas en el asunto y abordarlo con valor, sin miedo a los seguros reproches que sin duda recibiré desde posiciones bien diversas. No quisiera tomar el rábano por las hojas y limitarme a los valores patrióticos en que se apoya la publicidad de tan genuino producto: el deseo colonialista que aflora en el “yo soy aquel negrito del África tropical”; el recuerdo del mal sabor de boca de los días del hambre que quieren conjurarse en las referencias a desayunos y meriendas ideales; o el canto a un nuevo imperio de la modernidad que se aspira a construir sobre la contribución física de futbolistas, ciclistas o boxeadores que sustituyen al soldado de los tercios, al sacerdote evangelizador y al arriesgado y contumaz colono. Recurrir a la radical españolidad de la bebida por la estrategia de ventas empleada sería un esfuerzo repetitivo, muchas veces ya tratado por quienes entrevieron en el suave oleaje de un tazón de leche la verdad de su ser.

No obstante, creo que nadie ha reparado en que el poder nacionalizador de la bebida reside en ella misma, en el hecho de ser un producto fallido, como el imperio, como la aventura africana, como la autarquía o el gasógeno. Que no nos engañe el apego a la tierra: el Cola Cao es un fracaso porque pretende ser un cacao soluble que es imposible disolver. Solamente en ciertas condiciones ideales (temperatura, densidad de la leche, presión atmosférica) el preparado en polvo a base de cacao alcanza el punto de disolución total. El resultado habitual, en cambio, es una bebida repleta de grumos imposibles de deshacer, pequeñas bombas que explotan en la cavidad bucal provocando tos y picor de garganta. Pese a tal peculiaridad, la empresa que lo comercializa ha logrado convertir en virtud lo que a todas luces es un defecto: los grumos son seña de identidad, especificidad frente a similares bebidas que ofrecen con total desfachatez una anodina experiencia en la que la leche se tiñe casi instantáneamente sin dejar rastro del sólido original.

Al éxito del preparado ha contribuido no sólo la habilidad de sus fabricantes, sino también las peculiaridades de una nación que quería ser lo que aún no podía ser. En la España de los sucedáneos, el Cola Cao debía tener un no sé qué de modernidad: no era chocolate, no se disolvía; pero se parecía a lo que podía llegar a ser. Al fin y al cabo, la democracia orgánica tampoco era democracia auténtica ni la leche en polvo era verdadera leche ni nada era lo que se esperaba, aunque intentaba parecerse. El Cola Cao era, pues, un desideratum, una apuesta decidida por la modernidad de quienes soñaban y creían firmemente que otro futuro era posible.

En estos tiempos de hierro que vivimos, resulta sorprendente el posible alineamiento con posturas secesionistas del  fabricante de un producto que refleja tan a la perfección ese aspecto del ser de España: el fracaso y el deseo de trascenderlo. Es posible que esta postura se deba a que hemos completado ya un ciclo y debemos pasar al siguiente. Quizás, el Cola Cao -con sus grumitos y sus imperfecciones- deba renunciar a ser la base del desayuno y merienda que dotan de frágil unidad a este país. Si esto sucede, será necesario apostar por algún otro preparado a base de cacao que nos plantee -ahora sí- el reto de una nueva modernidad que vaya aparejada a la ausencia de polvo en suspensión. Necesitaremos, en ese caso, un producto verdaderamente soluble, válido para todos y compartido -¿por qué no?- con ciudadanos de otros rincones; sin reminiscencias del África tropical ni deportistas convertidos en héroes ni recuerdos de unas tardes en que el hambre se olvidaba al oír una canción en la radio.

Anuncios

6 comentarios en “El ser de España

  1. ¿El jeri-cao? Lo digo por el otro invento fallido, el del jeriñac. La macha de la mora (secesionista), con otra verde se quita. Además, ahora que lo pienso, Jerez es un sitio estupendo donde poner una fábrica de productos alimenticios para sustituir a la que tanta urgencia tiene por abandonarnos.

  2. ¡Uf, amigo Juvenal! No quiero que entiendas mi humilde aportación al debate como un canto a un posible boicot. Es sólo que en la imperfección -divina, en cierta época- del producto creo que se advierten signos de algo que ya no es. Fíjate lo que te digo: un Cola Cao “redoaled”, sin grumos y asumido por todos en igualdad podría valer, ¿no te parece? Aunque es cierto que ya la empresa lo ha intentado con la propuesta Cola Cao Turbo; pero claro con un lider regional de apellido “Mas” y un segundo apellido de producto como “Turbo” la cosa se pone ¿tiesa?

    • Para uno de mis inventos, anterior a toda esta polvareda (tanto la mediática, como la que arma el producto cuando cae, así como la que acabas de aludir), rastreé envases antiguos, de cuando se llamaba Phoscao, y resulta que, supersticiones nutricionales de su época, presumía de contener fosfatos. Podemos inventarnos una conspiración para envenenar inocentes charnegos, incluso.

  3. Como modesta contribución a la excelente y bien documentada entrada de mi compañero José María, quiero resaltar que en esta nuestra piel de toro (término que ya creo que es políticamente incorrecto) llamada España, el contrincante del Cola-Cao era otro producto de origen norteamericano llamadado Nesquick. Dicho producto tenía la ventaja de disolverse casi perfectamente. Pero en eso radicaba su principal defecto: la estultucia. Era mucho más aséptico, simple y aburrido que nuestro simpar Cola-Cao. El placer de recoger los grumos de la superficie y disolverlos en la boca, o rebañar el fondo como si fuera chocolate en polvo era mucho más placentero que el beberse en un par de sorbos el líquido elemento norteamericano.
    Y no digamos nada de la mascota del Nesquik: ¡un conejo a lo Bugs Bunny con una N colgada al cuello! Ni punto de comparación. Para más adelante, y cuando se vaya acercando el día de los comicios catalanes, hablaremos del gobierno (a lo Tip y Coll, si puede ser).

  4. De acuerdo contigo, José Manuel, en que las virtudes del competidor comercial son, a su vez, su defecto. Nesquick tiene un punto neoliberal que casi lo anula como referencia de la idea de España, lo hace demasiado “particular” y excesivamente orientado a un grupo de consumo específico. Le falta al producto ese “algo por hacer”, ese reto, esa sugerencia enriquecedora. Pese a todo, algo similar a Nesquick es lo que necesitaríamos para dar nueva forma a nuestros desayunos y meriendas ideales. El problema es si somos capaces de asumir como algo propio lo que ya existe o si volcamos nuestros esfuerzos en producirlo, para que así sea más nuestro, más auténtico. En fin, del dilema surge, precisamente, el estado actual de una cuestión que se ramifica en múltiples aspectos; pero de ellos, como bien dices, tendremos tiempo de hablar más adelante.

  5. En el Corte Inglés, supongo, que ya se pueden encontrar esas máquinas para disolver el Cola Cao en leche fría (la potencia que tienen no es comparable con la Bati Cao,). Y por mi experiencia personal nunca tuve problema para disolver el Cola Cao en leche caliente o tibia, templada (morna en gallego). Y hoy en día estoy muy orgullosa de saber que toda España se tomaba el Cola Cao. No veo la necesidad de cambiar esa costumbre, sobre todo que hoy se puede tomar con cruasanes en vez de galletas María o con tostadas recién salidas del tostador untadas con mermeladas O será que el Cola Cao en realidad es químico y no está compuesto con cacao alguno? No lo creo.Cambiarle el nombre dejándole el apellido? Sí! De acuerdo! .

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s