Hoy toca

Hoy toca escribir algo, que ya son muchos los días de vagancia. Por eso, porque soy hombre decidido y un pelín cuadriculado, me he dicho esta mañana: “en la sobremesa me siento a escribir sobre lo primero que encuentre al encender el ordenador”. Así, con dos narices.

Ni corto ni perezoso, ha llegado el momento, he abierto el correo y el primer mensaje traía adjunto el anteproyecto ese de la LOMCE.

– ¿La LOMqué?

– La LOMCE, chico, la LOMCE, que no estás en lo que hay que estar.

– Vaya, visto lo que corre por ahí creí que por fin ibas a tomar posición sobre el federalismo, el confederalismo, el autonomismo, el centralismo o el surrealismo.

– Pues no, no me manifiesto. Hoy toca LOMCE, porque es lo primero que he visto al encender el ordenador.

El caso es que he abierto el documento y al leer la primera frase se me han quitado las ganas de seguir. Copio:

“La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país.”

Casi al instante he recordado la viñeta de Manuel Fontdevila aparecida el 30 de marzo de 2011 (eso es tener buena memoria, no me negaréis):

Manuel Fontdevilla (Público, 30-03-2011)

Y es que últimamente me he vuelto bastante susceptible y hasta un poco conspiranoico.

Pero vamos a lo que vamos, al anteproyecto de la enésima reforma educativa. La primera frase, que es lo que he leído, consta de veinte palabras. La duodécima de ellas es -¿cómo no?- el sustantivo ‘economía’. Ocupa un lugar tan central en la oración (tres sustantivos antes y tres después) que desde el punto de vista de la distribución espacial de la frase se convierte en su centro neurálgico, el punto de equilibrio sobre el que descansa el arranque del documento. Y ahí reside el problema, pienso yo.

Es evidente que no me voy a presentar ante el osado lector negando la importancia de la educación en el desarrollo económico del país. Sería una completa estupidez, ya que en la escuela nos dedicamos a formar a las próximas generaciones productivas, esa carne de cañón que deberá pagar nuestras pensiones. Sin embargo, me duele que el legislador no disimule un poco. Estos preámbulos de las leyes educativas siempre han estado repletos de buenos deseos, grandes palabras que nadie leía, altas aspiraciones a las que, al menos, debiera entregárseles el protagonismo del arranque de los textos. Nadie las lee; pero sabemos que están ahí, vigilantes, como un farero que en estos tiempos de GPS siguiera pendiente de la luz para servir de guía cuando todo falle, cuando algún malhadado virus informático acabe con la seguridad virtual de los circuitos electrónicos. La primera frase del anteproyecto no cumple esa función, sino que arroja al futuro legislado contra el muro de la realidad: educación, competitividad, economía… Nos parece decir el documento que sólo interesamos por nuestra capacidad para producir; nos parece decir que lo importante, lo único importante, es la competencia, saber más que otros, llegar el primero o no llegar, triunfar o desaparecer.

Es seguro que no soy más que un pobre profesor trasnochado. Lo sé. Pero decidí dedicarme a la enseñanza porque creía que podía aportar algo al desarrollo de las personas. Siempre he pensado que en los institutos y escuelas no nos limitamos a instruir a los futuros trabajadores, sino a personas que ocuparán nuestros puestos, que convivirán entre ellas, trabajarán, se amarán, tendrán hijos, votarán a sus representantes, contribuirán al progreso de su patria y de la humanidad en todas las dimensiones posibles, no sólo en la económica. Probablemente no habré tenido excesivo éxito en la tarea, pero sigo en la brecha. Yo tengo fe en el poder de la educación, aunque el legislador se empeñe en que sólo importen la competencia, los mercados, el éxito económico. La primera frase, esa que casi nadie lee, no me hace esperar gran cosa. Con ella ya se me ha quebrado el marco de referencia que en toda ley educativa debiera existir. Lo único que pido a los responssables políticos es un poco de disimulo, como el que reclamaba el protagonista de Johnny Guitar: “Aunque sea mentira, dime que me sigues amando”.

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