Rutina

Un hombre está en coma. Los primeros días el dolor inunda la habitación hasta que el tiempo pasa para convertir en rutina el desasosiego. Las constantes vitales se han estabilizado y las visitas se dilatan. Aunque respira espontáneamente, a veces se entrecorta al percibir cómo su esposa intima con el joven doctor que lo atiende por inercia. Cansada de esperar un desenlace que no llega, una de las hijas se ha casado. La vida sigue. La otra hija -siempre más despegada- está ocupadísima preparando unas oposiciones. El durmiente es trasladado a otra sala, un espacio común donde compartir soledad con otros enfermos. Ninguno necesita cuidados especiales más allá de la limpieza elemental de la mañana, la alimentación que reciben por vía parenteral y la retirada de heces. Allí ya no hay visitas, más por cansancio de los familiares que por prohibición expresa de la dirección médica. Por las noches, cuando todo el hospital es devorado por el silencio y sólo se oyen lejanas conversaciones de los equipos de guardia, los enfermos en coma despiertan, se miran unos a otros y comprenden que nunca recuperarán sus vidas. En la sala oscura y abandonada no hay cariño ni calor humano, aunque sí limpieza, alimento y eficiencia. No es tan mal panorama, después de todo.

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