Halterofilia

En la prisión estatal de Folsom, California, hace ya años que se celebran competiciones entre los reclusos coincidiendo con los Juegos Olímpicos. Dice el alcaide que de esta manera los convictos refuerzan esos lazos invisibles con el exterior tan necesarios para facilitar en un futuro la reinserción social. Hasta el año 2000 las pruebas eran exclusivamente atléticas; pero el nuevo responsable a la institución, un mormón rubicundo de Salt Lake City, ha promovido la inclusión de algunos eventos de orden moral. Sin ir más lejos, esta tarde se celebrará la prueba individual de carga de conciencia, en la que parte como favorito el tricampéon Louis Laffitte, un herrero de Des Moines, Iowa, condenado por el asesinato de las gemelas Granger. Pese al imponente tamaño del recluso, el peso de la culpa le tiene hundido casi por completo, aunque no vencido: apenas sale de la celda lo necesario, no suele cruzar palabra alguna con otros convictos y en las obligadas estancias en el patio se limita a contemplar el cielo mientras murmura una salmodia incomprensible. En Folsom son muchos los que cargan brutales asesinatos; pero el juez del torneo, el pastor Peebles, nunca ha albergado dudas sobre el ganador de la prueba, pues valora en Laffitte la dignidad con que sobrelleva la memoria de sus actos.

En la edición de este año, sin embargo, existe cierta incertidumbre. En enero pasado ingresó un hombrecillo procedente de Detroit y responsable de la quiebra de uno de los más importantes bancos de Illinois. Muchos ahorradores particulares perdieron dinero con sus manejos y se le ha considerado también responsable directo del cierre de un buen número de empresas subsidiarias del sector automovilístico. El desastre económico que supuso el hundimiento del banco provocó una espiral de tensión laboral, violencia callejera, suicidios, miseria y despoblación de la que la orgullosa capital del motor norteamericano tardará décadas en salir, si es que lo consigue. A pesar del volumen de su responsabilidad, el economista se muestra ajeno a todo, bromea con unos y con otros, juega al ajedrez y solicita constantemente libros en la biblioteca de la institución. A día de hoy, el pastor Peebles cree que ningún otro interno de Folsom carga con la culpa de una manera más elegante.

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